Por: Fernando Rodríguez y Alberto Martos
Oposición del planeta Marte
Toponimia
Los canales de Lowell (pdf)
¿De dónde provienen estos nombres tan extraños?
He aquí la pregunta que no puede menos que hacerse cualquier observador de Marte que se tome la molestia de identificar en un mapa actual los vagos rasgos que atisba con su telescopio sobre el destellante disco de este planeta, tan imprecisos que le obligan a emplear filtros de colores para alcanzar a distinguirlos contra el fulgor del fondo anaranjado de la superficie planetaria que le deslumbra y confunde. ¿Quién fue el autor de tales topónimos, cuáles fueron las fuentes en que se inspiró y de qué criterio se valió para asignárselos a los inciertos trazos marcianos?
La historia de la toponimia marciana corre paralela a la de la toponimia lunar, por lo que no es casual que los primeros areógrafos fueran también los primeros selenógrafos. Nombres como los Beer y Mädler, William Rutter Dawes, Richard Anthony Proctor, Frederik Kaiser, Angelo Secchi y otros, figuran en ambas listas de primeros cartógrafos planetarios. Y como autores que vivieron en distintos países y diferentes épocas, no es de extrañar que los criterios que siguieron al asignar nombres a los accidentes marcianos fueran dispares. Desde las letras y los números elegidos por Beer y Mädler, hasta los nombres mitológicos que prefirieron la mayoría de los restantes, pasando por otros nombres con los que rindieron pleitesía a sus mecenas no pocos, se dio toda una pléyade toponímica que no pudo menos que llevar al caos el intercambio de información entre los especialistas planetarios. En el Cuadro II hemos resumido las actividades principales de los observadores marcianos hasta finales del siglo XIX, en que surge la figura del unificador, Giovanni Virginio Schiaparelli. Y en la Tabla III hemos resumido los principales adelantos conseguidos desde la época de Galileo (o sea, mediante observación telescópica), aprovechando la ocasión de las oposiciones perihélicas.
En 1867 Proctor lleva a cabo el primer intento de unificación de la toponimia marciana con un mapa de Marte, basado en el mejor de Dawes, que publicó en 1870 en un libro titulado Other Worlds than Ours. El criterio que guía a este divulgador de la astronomía es rendir homenaje exclusivamente a los especialistas que dedicaron buena parte de sus esfuerzos al conocimiento del planeta Marte, estudiando sus particularidades físicas. Y como todo ello lo hace bajo la convicción, por otra parte muy común entre los especialistas de su época, de que el planeta Marte es un hermano menor de la Tierra, cree que las manchas obscuras son mares y la superficie rojiza, desiertos de arena, lo que da lugar a la aparición de diversas categorías toponímicas, como mares, tierras, continentes, lagos, etc. Así, en su mapa figuran el Mar de Lockyer y la Tierra de Lockyer, el Continente de Herschel I (William) y el Estrecho de Herschel II (John), el Continente de Dawes y el Mar de Dawes, el Mar de Tycho, la Tierra de Kepler, el Estuario de Bessel, el Continente de Secchi, la Tierra de Laplace, etc.
No obstante la ventaja de la unificación, este proyecto no consiguió el éxito apetecido porque tal nomenclatura no cuajó entre los observadores siguientes, quizá porque la mayoría de los autores agasajados, a menudo repetitivamente, era británica, o quizá porque era demasiado llana y el planeta de los misterios merecía una más clásica y hermética. Tal fue el criterio que guió al siguiente compilador de una toponimia unificada, el astrónomo italiano Giovanni Virginio Schiaparelli, director del Observatorio de Brera (Milán, Italia) y poseedor de una extensa cultura clásica. Provisto de un cannocchiale (telescopio refractor) de 22 cm de diámetro, Schiaparelli observó Marte a partir de la gran oposición de 1877, levantando el mapa más detallado (figura 5) conocido hasta ese momento, al objeto de presentarlo ante la Comisión Planetaria de la BAA para homologación de la toponimia marciana. Este trabajo le convirtió en la máxima autoridad mundial en topografía marciana durante veinte años.
CUADRO II: CRONOLOGÍA (previa a Schiaparelli)
TABLA III: OPOSICIONES PERIHÉLICAS DE MARTE (desde Galileo)
FIGURA 5

Imagen superior: Foto de NASA.
FIGURA 6

Imagen superior: Tomado de la página web del Observatorio “G. V. Schiaparelli”. (Para ampliar la imagen cliquear sobre la misma).
Schiaparelli cerró su séptimo ciclo de observaciones de Marte con la oposición de 1890 (en la cual descubrió apenado que empezaba a fallarle la vista). En las tres últimas oposiciones dispuso de un telescopio refractor de 50 cm de diámetro que compensó el menor tamaño del disco marciano con su óptica potente que le permitió emplear hasta 500 aumentos en las mejores condiciones de visibilidad, incluso cuando la elevación del planeta sobre el horizonte de Brera no rebasaba los 22 grados. El Diario de las observaciones de Marte a lo largo de las siete oposiciones y los croquis que levantó este astrónomo se pueden consultar en la página web titulada Le Mani Su Marte (“Las Manos sobre Marte”), cuya dirección es:
http://www.merate.mi.astro.it/docM/OAB/MARTE/index_marte.html
La preparación humanística de nuestro observador viene refrendada por sus trabajos sobre la historia de la astronomía, el primero de los cuales vio la luz en 1875 con el título de Le sfere omocentriche di Eudosso, di Callippo e di Aristotele (“Las esferas homocéntricas de Eudoxos, de Calippos y de Aristóteles”), aunque el más notable haya podido ser su L'Astronomia nell' antico Testamento (“La astronomía en el Antiguo Testamento”) publicado en 1903, que en 1945 ha sido traducido al español por Ricardo Resta y editado por Espasa Calpe (Madrid, Buenos Aires y México), col. Austral, vol. 526. En ambos ensayos se ponen de manifiesto sus conocimientos de las lenguas clásicas, como el griego y el hebreo.
Antes de comentar la toponimia que ideó Schiaparelli para denominar los accidentes topográficos marcianos, es obligado advertir que utilizó las designaciones Terra, Mare, Fretum (Estrecho), Lacus (Lago), Palus (Pantano), etc., a sabiendas de que tales nombres no invocaban correspondencia alguna con los accidentes geográficos terrestres de la misma categoría y que probablemente su naturaleza fuera muy diferente, pero que siendo ésta desconocida y siguiendo las pautas que dictaba la cartografía lunar, en donde ya se sabía que los maria son llanuras y no mares, parecía conveniente respetar esta misma convención artificiosa y aplicar a los rasgos marcianos una denominación que recordara claramente su aspecto, por analogía con el tipo de accidente geográfico correspondiente en la Tierra, independientemente de cualquier otra apreciación.
Siguiendo este proceder, Schiaparelli denominó mare a cada una de las grandes superficies obscuras que parecían tener identidad propia, terra a cualquiera de las zonas brillantes en general y regio a las zonas brillantes rodeadas por manchas obscuras. Como en la cartografía lunar, denominó sinus a las manchas alargadas que sobresalen de los mares y lacus a las manchas obscuras aisladas de menor extensión. Y como rasgo único de Marte, denominó canali a ciertas líneas obscuras que parecían extenderse desde algunos rasgos, aunque principalmente en el hemisferio Norte. Y esta palabra, que en italiano no tenía el matiz de “artificial” que ha adquirido después, ya que se podría traducir por “surcos”, dará lugar a la mayor polémica que sobre la superficie de planeta alguno se haya producido jamás.
Las ideas que pudo albergar Schiaparelli a la hora de establecer la toponimia marciana fueron recogidas en su día por Thomas Logie MacDonald, director a la sazón de la Sección Lunar de la BAA, en un ensayo sobre la cartografía de este planeta. Posteriormente, este ensayo ha sido rescatado por el astrónomo argentino José Luis Sérsic y comentado en el capítulo segundo de su excelente libro de divulgación titulado “La Exploración de Marte” (publicado en 1976 por la Editorial Labor, col. Labor 200), en el que expone los resultados científicos de la exploración del planeta Marte que llevaron a cabo las sondas interplanetarias Mariner VI, Mariner VII y Mariner IX. Nosotros hemos tomado este ensayo como guía y lo hemos completado con algunas explicaciones extraídas de nuestro propio acervo.
La figura 6 muestra el mapa elaborado por Schiaparelli en 1890, al término de su campaña de trece años de observación. Nótese que tanto este mapa como los hemisferios que muestra la figura 5, emplean criterios cartográficos astronómicos y no astronáuticos. Es decir que presentan el Sur hacia arriba (como se ve en un telescopio emplazado en el hemisferio Norte terrestre) y denominan horizonte Este al que queda a la derecha del lector (aquél por donde se pone el Sol en el planeta, pero que se corresponde especularmente con el horizonte Este terrestre), mientras que los mapas actuales siguen el dictamen astronáutico, con el Norte en la parte superior y el horizonte Este a la derecha, por donde vería salir el Sol un astronauta desembarcado en el planeta en cuestión.
Al intentar despersonalizar la nomenclatura marciana, tratando de evitar los motivos probables del rechazo que sufrió la propuesta por Proctor, Schiaparelli optó por asimilar el aspecto de los rasgos marcianos con los terrestres, de acuerdo con la geografía clásica, o sea, grecolatina, una materia en la que él era un gran experto. Quizá esta decisión le viniera sugerida por la visión de una mancha alargada que guardaba semejanza con la forma de la península italiana, o por el nombre “Canale Atlantico” asignado por el jesuita Secchi (bajo influencia de la reciente inauguración del Canal de Suez) a la famosa mancha triangular que parecía separar las tierras marcianas, que Huygens denominara Horologium (“El Reloj de Arena”) y Flammarión aceptara traduciendo el nombre al francés, como “l’Horloge Sablier”.
Ya en la oposición de 1877 Schiaparelli había determinado la inclinación del eje de rotación del planeta por la ubicación del casquete polar Sur, el único visible durante una oposición perihélica, y reconocido la posición del ecuador marciano. Así pudo corroborar que el hemisferio Boreal del planeta (que el telescopio le muestra en la parte inferior del disco) está dominado por los desiertos y el Austral (que ve en la parte superior) por los mares. Pero la disposición de la mancha identificable con Italia se aviene mejor a plasmar el mapa del Mundo Clásico (ver Mapa de la figura 7), o sea, el de los países que rodean al Mare Nostrum de los romanos (el Mediterráneo), invertido con respecto a como está en la Tierra: es decir, con Europa al Sur (de modo que se la ve “encima” del Mediterráneo) y África al Norte (porque se la ve “debajo” del Mediterráneo). Nosotros en adelante, para evitar ambigüedades, omitiremos las alusiones cardinales y citaremos los topónimos mediante las notas “arriba”, “abajo”, “a la derecha” y “a la izquierda”, en referencia a los mapas de las figuras 5 y 6.
En este Mediterráneo marciano, el centro del Mundo Clásico sólo puede coincidir con el rasgo más prominente y mejor reconocible de la superficie planetaria, el Horologium. Quince años antes, este accidente había sido el punto de ataque del padre Secchi a la hipótesis marina de las manchas obscuras, aduciendo con el apoyo de Flammarion, que las variaciones de aspecto que mostraba eran difíciles de explicar si se lo consideraba un mar. Pero algunos partidarios de la analogía morfológica entre las topografías terrestre y marciana, habían justificado tales variaciones argumentando que podía tratarse de una zona somera, sometida a fenómenos de evaporación y licuefacción estacionales que producirían los cambios de forma.
Schiaparelli creyó pues conveniente asignar a este rasgo el nombre del bajío más célebre de la antigüedad, por los naufragios que su escasa profundidad había causado a la navegación de cabotaje: la Gran Sirte, o golfo de Sidra, o de Sirte (en Cirenaica, Libia), en latín Syrtis Major. Además, esta asignación estaba avalada por la existencia de una segunda mancha también triangular, situada 30 grados a la izquierda de la misma, que pasaría a ser la Pequeña Sirte, o golfo de Gabes (Tunicia), en latín Syrtis Parva o Syrtis Minor. Estas dos sirtes eran bien conocidas por los marinos de todos los tiempos que recorrían el Mediterráneo, porque constituían un obstáculo temible para las rutas comerciales que cruzaban este mar desde tiempos salomónicos llevando mercaderías entre Tartessos (España) y Fenicia (Líbano).
FIGURA 7

Imagen superior: Mapa del Mundo Clásico. Cliquear en la imagen para verla de mayor tamaño. (Imagen Alberto Martos).
Lógicamente entre ambas sirtes debía estar situada Libia (Libya en latín, aunque en realidad en tiempos helénicos este topónimo designaba a toda África). Así lo estableció Schiaparelli al situar su Libya en la zona brillante (desierto) comprendida entre las dos manchas triangulares. No obstante esta aparente correspondencia con la topografía terrestre, creemos conveniente advertir que el paralelismo geográfico con la Tierra no iba más allá de la nomenclatura, puesto que la Libya marciana está cruzada por el ecuador y la distancia entre las dos sirtes que la delimitan es allí de 30 grados, mientras que entre las terrestres es de sólo la tercera parte. Más adelante encontraremos otras “infidelidades” geográficas obligadas.
El siguiente punto importante a situar sería el origen de coordenadas areográficas. Aceptando como hito topográfico el punto “a” sobre el ecuador del mapa de Beer y Mädler, punto al que Proctor había convertido en Bay of Dawes, por haberse descubierto que la mancha redonda tiene en realidad forma de horca y que el meridiano cero de su célebre mapa pasaba por en medio. Schiaparelli aceptó la posición del meridiano central, pero optó por la coherencia para apodar a la bahía: a la derecha de Cirenaica únicamente pueden estar Egipto (Aeria) y Arabia, por tanto tal bahía, situada al Sur de ambas tierras, solamente podía estar en el Mar Rojo. Y precisamente al Sur de este mar es donde la geografía mítica situaba el Reino de Saba, una de cuyas reinas, Makeda, visitó al Rey Salomón. En consecuencia, asignó a esta bahía el nombre de Sinus Sabaeus, un apelativo que poco más tarde sería substituido por el de Sinus Meridiani a propuesta de Flammarion, en clara alusión a su cometido topográfico.
De todos modos Sinus Sabaeus no desapareció, sino que se replegó hacia el vasto mar central, dando denominación a la estrecha lengua obscura que la conecta con el puntilloso Sinus Meridiani. Ahora bien, tras la oposición de 1890, este topónimo recibió su merecido y perdió el interés de los astrónomos, cuando Schiaparelli, deseando determinar con mejor exactitud la posición del meridiano cero marciano, afinó su estudio de la zona y lo situó en la intersección de las dos puntas que componen la horca (y aún perdería más prestancia en la Era Espacial, en la que el marcador del meridiano 0 será el diminuto cráter Airy-0). ¿Cómo denominar a este nuevo Greenwich marciano? En la figura 5 se observa que Sinus Meridiani se encuentra exactamente en el centro del hemisferio oriental que dibujó Schiaparelli y esta circunstancia le facilitó la clave. El mundo clásico conoció varios “centros” cartográficos, de acuerdo con la civilización en boga: Delphoi (Delfos) para los grecorromanos, Yerushalayim (Jerusalén) para los judíos y Ayrin (Azin o Ujjain, India) para los musulmanes medievales. Schiaparelli se inclinó por este último lugar, creído el techo del mundo, para representar el centro del hemisferio marciano: Fastigium Ayrin (literalmente, el “Vierteaguas de Ayrin”).
La gran mancha obscura que ocupa la casi totalidad del hemisferio Austral y que representaría al mar Mediterráneo, fue desglosada en varios mares menores, al gusto de la geografía clásica, bien que con algunas “infidelidades”. Comencemos por el MareTyrrhenum (mar Tirreno) o mar rodeado de tierras: arriba Ausonia (la bota italiana), nombre debido a los ausonios, invasores sicilianos expulsados de su isla por los Yápiges; abajo Libya, ya aludida anteriormente; a la izquierda Hesperia, país de Occidente (Hésperos en griego) atribuido a Italia por los griegos y a España por los romanos. Más tarde añadiría Trinacria (Sicilia) por la derecha, llamada así por los griegos, por los tres extremos montuosos (treis ákrá) que posee.
Le sigue el “infiel” Mare Cimmerium (el mar Negro), o mar de los cimerios, un pueblo nómada que según Heródotos habitaba entre el Cáucaso y dicho mar y según la Biblia hebrea era descendiente de Gómer, el primogénito de Jafet y nieto del patriarca Noé. Por esta razón no es de extrañar que posteriormente Schiaparelli introdujera Sinus Gomer (Bahía de Gómer), una tenue mancha obscura que limita por abajo al Mare Cimmerium.
El último mar por la izquierda es el Mare Sirenum (Mar de las Sirenas), en los confines del mundo (longitud 150º), zona en la que Schiaparelli recurre a los topónimos de la geografía mítica o poética, más bien que a los de la clásica. En efecto, éste es el mítico mar por el que navegaron Ulises y los Argonautas, pero que aquí constituye otra gran “infidelidad” al suponerlo separado del Mediterráneo, de donde sin duda, nunca salieron uno ni otros. Pues en efecto, la descripción que da Homero de dicho mar hace pensar que debía hallarse en la bahía de Nápoles.
La condición mítica incluye la presencia de las tierras que lo rodean:
Atlantis (la Atlántida) descrita por Platón como un país con modelo de gobierno;
Memnonia, la tierra de donde era oriundo Memnon, un caudillo procedente del Oriente que vino a ayudar a Príamo en la defensa de Troya y que fue muerto por Aquiles;
Icaria, tierra donde se estrelló Ícaro, hijo de Dédalo, el arquitecto constructor del Laberinto de Creta (a quien astrónomos posteriores le adjudicarían una parcela, Daedalia), cuando, por volar demasiado alto para escapar del Laberinto, se le derritió la cera con que llevaba pegadas las alas a los brazos;
Phaetontis (Tierra de Faetón), el hijo desobediente del Sol que quiso conducir la cuadriga de su padre y que, tras achicharrar la Tierra cuando se le desbocaron los caballos y con ello ennegrecer a los etíopes, hubo de ser derribado por un rayo de Zeús para caer al río Eridanus (el Po), donde se ahogó.
Las lágrimas de sus hermanas, las Helíades, se convirtieron en ámbar (élektron en griego), circunstancia que aprovechó Schiaparelli para bautizar a la región vecina, Electris.
Volviendo a la derecha de Syrtis Major, encontramos en su debido orden, varios topónimos algunos de los cuales han sido añadidos con posterioridad:
El Mare Ionium (el Mar Jónico) que separa Italia de Grecia;
El Mare Hadriaticum (el Mar Adriático) que separa Italia de Croacia;
Iapigia (Yapigia, en Apulia) el país de los yápiges, pueblo que expulsó a los Ausones de Sicilia;
Y el Hellespontus (el Mar de Mármara), llamado así (Mar de Hele) porque en él se ahogo Hele, cuando volando junto con su hermano Frixo sobre el carnero poseedor del vellocino de oro, cayó a este mar.
Por último, sobre el Sinus Meridiani se encuentra el Mare Erythraeum (el Mar Rojo) que lleva este nombre por haberse ahogado en él Erythreo (“Rojo”), hijo de Perseo y Andrómeda.
Este mar aparece rodeado por otros topónimos no siempre “fieles”. Tales son, por la parte superior y con todos los derechos, Bosporos (el Bósforo), en griego Bos Poros (“Paso para un Buey”, porque por allí huyó de Hera la joven Io convertida en vaca blanca) estrecho que separa el Mar Mediterráneo del Mar de Mármara.
Y por la parte inferior, sin derecho alguno: Sinus Margaritifer (Bahía de las Perlas), golfo asiático en el que se encuentran Cantón, Hong Kong y Macao; y Sinus Aurorae (Bahía de la Aurora, o sea de Oriente), tomado directamente de la geografía mítica.
Al final de estos topónimos situados más allá del Mare Erythraeum, o sea, ya en la Asia marciana, Schiaparelli puso la Cherso Aurea (abreviatura de Chersonesus Aureo, “Península Dorada”), nombre dado por Ptolomeo a la península de Malaca, creída en tiempos clásicos uno de los posibles orígenes de las riquezas del Rey Salomón.
Seguidamente asignó un nombre mítico, Lacus Solis (Lago del Sol), a un rasgo muy prominente que era (y es) conocido popularmente entre los observadores como el “Ojo de Marte”. Se trata de una mancha obscura (la pupila) rodeada por una aureola brillante (el iris) que la separa de las zonas vecinas, obscuras y claras. En esta corona brillante situó nuestro astrónomo una tierra especial, la Thaumasia Felix (“Maravilla Feliz”), llamada así en honor de Thaumas (“Maravilloso”, en griego), padre de Iris, la mensajera de los dioses, cuyo nombre también designa en griego el iris del ojo.
Bordeando esa aureola de la felicidad colocó Schiaparelli otros dos lagos míticos:
Lacus Tithonius, en honor de Titonio, un malogrado rey de Troya que se enamoró de la Aurora (Eos en griego) y ésta, condenada por Afrodita a jamás conservar un amor, si bien le consiguió de Zeus la vida eterna para compartirla con ella, se olvidó de reclamar también la juventud eterna y así su amor fue imposible con el cada vez más acartonado rey;
Y el Lacus Phoenicis (Lago del Fénix) en alusión a la mítica ave que renace de sus cenizas y que para los egipcios representaba al Sol que nace y muere cada día.
En este punto abandonamos la zona de las grandes manchas obscuras y nos concentramos en la que ocupa el casquete polar Sur durante el invierno marciano. Como Schiaparelli veía esta región en la parte superior del disco planetario, situó en ella a Europa. Así tenemos tres zonas brillantes situadas sobre los mares Tyrrhenum y Hadriaticum: Eridania (la región del Po), Ausonia (Italia) y Hellas (Grecia), esta última junto a Chersonesus (la Chersonesus Thracica latina, o sea la península de Gallípoli).
Al considerar regiones menos conocidas por los clásicos, es decir, las situadas allende el Mar Rojo, mar que la geografía clásica ampliaba hasta cubrir la parte occidental del Océano Índico, Schiaparelli vuelve a recurrir a los topónimos míticos y así coloca sobre dicho Mare Erythraeum las regiones:
Noachis (Tierra de Noé), el Monte Ararat, donde se suponía que se había posado el Arca tras el diluvio;
y Argyre I, (“Argentina”, del griego Árgyros, “plata”), quizá la capital de Sumatra (la “Isla del Mijo” de Ptolomeo), llamada Argyre en griego y Argentea en latín.
Y más arriba de la zona que corresponde a las remotas regiones del Norte de Europa, casi desconocidas de los clásicos, extrae nuevos nombres fantásticos:
Thyle (Tüle) la isla perdida que visitó el nauta Píteas de Marsella y que puede corresponder a Islandia, a Groenlandia o a las islas Feroe, razón por la que acaso Schiaparelli insertó una Thyle II.y una Novissima Thyle.
Y Argyre II, otra región fabulosa por su riqueza en la que en 1924 situará Antoniadi el Mons Argenteus, que según Heródotos es donde nace el río Nilo.
Las tierras situadas por encima del ecuador marciano y cercanas a la Terra Noachis (la “Tierra de Noé”) recibieron nombres relacionados lógicamente con el diluvio. Así, entre el Mare Erythraeum y el Sinus Meridiani, Schiaparelli situó la Regio Deucalionis (la “Región de Deucalión”), el Noé griego que prefirió fondear su arca sobre el vecino Monte Parnaso mejor que sobre el ignoto Ararat, separada por Fretum Pandorae (el “Estrecho de Pandora”), la tía y suegra (en una pieza) de Deucalión que tuvo la mala idea de destapar el ánfora de los males.
Y no muy lejos de allí, sobre el Sinus Margaritifer, supuso la Regio Pyrrhae (la “Región de Pirra”) dedicada a la pelirroja esposa de Deucalión.
Sin embargo, los motivos onomásticos de que se valió Schiaparelli para designar a los topónimos de la zona cercana al insólito Lacus Solis, son también lógicamente, poéticos.
Tal es con sus preguntas sobre el futuro;
la Regio Protei, (la “Región de Proteo”), en honor de un simpático adivino afincado en la Isla de Faro (Egipto), que tenía la interesante capacidad de metamorfosearse cuando alguien le fastidiaba Regio Ogigia, realmente la laguna Ogigia, donde moraba la ninfa Calipso, especialista en el acoso sexual de náufragos ilustres. Otra tierra es Ofir, el país mítico (¿el Punt?) al que iban a comerciar los barcos de la reina egipcia Hatshepsut y quizá, el mismo de donde es más probable que procedieran las riquezas atesoradas por el Rey Salomón para adornar el templo de Jerusalén;
Promontorium Osiridis (“Cabo de Osiris”) en honor del dios de la vegetación egipcio, despedazado por su hermano Set y recompuesto por su hermana Isis. Isidis Regio (“Región de Isis”) la aludida hermana y consorte de Osiris que consiguió recomponer “casi” todo el cuerpo de su hermano y marido;
Y Nodus Gordii (el “Nudo Gordiano”) enredo que, al demostrar Alejandro Magno que era fácil desatar “de un solo tajo” de su espada, le valió la corona del país frigio de ese nombre.
Antes de abandonar el hemisferio Sur marciano (que Schiaparelli veía “arriba”) debemos mencionar que se vio obligado a aceptar algunas enormes incoherencias, al conservar el nombre de Mare Australe dado por observadores anteriores a la sombra obscura visible en esta zona de topónimos boreales, pero situada en el hemisferio Sur marciano.
Y lo mismo ocurrirá en hemisferio opuesto con el Mare Boreum (“Mar Septentrional”) y Baltia (los países bálticos), situados entre los topónimos australes.
Pasemos ahora a explorar la nomenclatura aplicada por Schiaparelli al hemisferio Norte, que como ya sabemos, carece de manchas grandes (mares), con una única excepción sobre la longitud del Sinus Margaritifer. Este rasgo, observable en su totalidad sólo durante la oposición afélica, cuando el verano Boreal contrae el casquete polar Norte, fue bautizado por Schiaparelli al principio como Fons Acidalia, la “Fuente de Afrodita Acidalia”, un epíteto de esta diosa relacionado con una fuente de Beocia donde se bañaban ella y las Cárites (las Gracias). Pero a medida que se fueron retirando los hielos, el tamaño de esta zona obscura se fue haciendo mayor, de modo nuestro astrónomo hubo de ir encuadrándola en categorías superiores, primeramente entre las bahías (Sinus Acidalium), para acabar reconociendo su condición marina con la que figura actualmente: Mare Acidalium.
No existiendo otras zonas obscuras prominentes en el hemisferio Boreal marciano, continuaremos examinando los nombres que dio Schiaparelli a las tierras brillantes situadas a la derecha de Syrtis Major, donde ya hemos citado a Aeria (“País Brumoso”, de aér, aire en griego) nombre dado a Egipto en los versos de Píndaro y Arabia.
Más allá de Arabia comienzan topónimos bíblicos:
Edom, país situado ente Jordania e Israel y habitado por los descendientes del pelirrojo Esaú (llamado también Edom, “el rojo”), tan comilón que no vaciló en cambiarle sus derechos de primogenitura a su hermano, el espabilado Jacob, por un plato de lentejas;
Eden (“Edén”), o el Paraíso Terrenal, supuesto en Mesopotamia, o sea entre los ríos Éufrates y Tigris;
Y dos pequeñas manchas obscuras que vinieron a ser el Lacus Ismenius (“Lago de Apolo Ismenio”), siendo Ismenio un epíteto que hace referencia a un río beocio, o sea, nada bíblico, y la Fons Dirce, una fuente de Beocia citada por Eurípides en “Las Bacantes”.
La vecindad de Arabia conviene para continuar asignando nombres exóticos, como Thymiamata (la “Ciudad del Perfume”), probablemente la antigua Adén, situada en la ruta de la India, de donde procedían los perfumes de moreras;
Chryse (“la Isla del Oro”), otro nombre dado por Ptolomeo a la fabulosa Malaca;
Tharsis, la isla de Tarso según el historiador romano Flavio Josefo, pero la legendaria Tartesos según el arqueólogo Adolph Schulten;
Tempe, hoy Tempi, una bucólica garganta junto a Delfos, célebre por su belleza paisajística;
Amazonis (Amazonia) un pueblo de mujeres belicosas situado a orillas del Mar Negro;
E incluso a costa de incurrir en un desatino geográfico, situar mucho más abajo el nombre de Cydonia, ciudad de Creta (hoy La Canea), célebre por su membrillo (kydónion en griego).
A la izquierda de Syrtis Major y Libya encontramos una gran región brillante que Schiaparelli bautizó con el nombre de Elysium (el Elíseo, o los Campos Elíseos), o sea, el lugar a donde iban las almas de los hombres virtuosos y de los guerreros heroicos.
Y alrededor de la misma, dos manchas obscuras de tamaño pequeño con las que guarda relación: Trivium Charontis (“la Encrucijada de Caronte”) el barquero que transbordaba las almas a la otra orilla del río Aqueronte, desde la encrucijada de tres caminos que introdujo Dante en su Divina Comedia, uno de los cuales llevaba al Elyseum (a los buenos), otro a los Campos Asfódelos (a los regulares) y el tercero al Hades (a los malos);
Y Lacus Hecates (Lago de Hécate), la funesta diosa a la que estaba consagrado el Trivium.
Otras manchas menores esparcidas por el hemisferio Norte marciano son:
Propontis (“el Mar de Mármara”) que se comunica con el Mar Mediterráneo a través del estrecho de los Dardanelos (el Hellesponto) y con el Mar Negro, a través del paso del Bósforo;
Nodus Alcyonius (“el Nudo de Alcioneo”) uno de los tres cabecillas de los gigantes que se rebelaron contra Zeus y que fueron vencidos por Atenea, Hércules y las Moiras (las Parcas) en la llanura de Flegra (Phlegra);
Lacus Sithonius, nombre dado por Plinio a un lago cercano a la ciudad de Abdera (Tracia);
Y Lacus Cyllenius que constituye una discrepancia topográfica, ya que lleva el nombre del monte donde nació Hermes.
* * *
Seguidamente debemos ocuparnos de los controvertidos canali que Schiaparelli anunciara haber visto en este planeta formando una sutil estructura reticular rectilínea. Pero creemos que la exposición de estos rasgos requiere un tratamiento diferente del que hemos seguido hasta aquí, por cuanto el conocimiento actual de que los canali marcianos no tienen existencia real, puede desvirtuar la opinión que el lector vaya a adquirir de este eminente astrónomo, que nunca trató de exaltar la naturaleza artificial de dichos rasgos rectilíneos, antes bien, mantuvo una posición de circunspección sobre el asunto, como probaremos al final. Por esta causa, nosotros vamos a trazar una semblanza imaginaria del proceso que pudo dar lugar al “descubrimiento” de los canali, basada en nuestra propia experiencia como observadores de Marte con un telescopio refractor de 15 cm, bastante más pequeño que el menor que utilizó el astrónomo italiano, sin pretender que los acontecimientos que vamos a exponer reflejen los acontecimientos que vivió Schiaparelli. Situamos al lector en los últimos días de Agosto de 1877, año de la Gran Oposición Perihélica.
En el mapa trazado por Schiaparelli hasta el momento, el hemisferio Sur marciano ha ido quedando poblado con los nombres de los accidentes visibles, mientras que en el hemisferio Norte aparecían solamente dos rasgos importantes: Syrtis Major y el Mare Acidalium. Curioso este planeta que parece tener un hemisferio húmedo y otro desértico en el que no se distingue detalle alguno. Habrá que probar lo que el telescopio es capaz de dar de sí utilizando óptica de alto poder de ampliación: 250 aumentos (el telescopio Merz de 22 cm de que dispone el observatorio de Brera no permite pasar de 220 sin deteriorar la imagen, aunque el cerebro humano tiene la capacidad de recomponerla y permitir duplicar este dato).
En realidad, la labor no es fácil. En primer lugar, la declinación austral que presenta Marte en las oposiciones perihélicas hace que su elevación sobre el horizonte del observatorio de Brera nunca rebase los 33 grados. En segundo lugar, las altas temperaturas de finales de verano originan corrientes de convección en la atmósfera terrestre, cuyo efecto en la imagen del planeta, dado que la altura del observatorio sobre el nivel del mar es de sólo 146 m, produce desdibujamientos de los detalles finos e ilusiones ópticas. Va a precisar toda su experiencia de observador planetario (años antes había conseguido medir que los períodos de rotación de Mercurio y Venus, los planetas peor visibles, son sincrónicos con el de translación y había descubierto el asteroide Hesperia) para robarle algún detalle al rojizo disco marciano que brilla con todo el esplendor de sus 24 segundos de arco (tamaño que se agrandará hasta 24,8 segundos de arco a principios de Septiembre).
Ante los instrumentos de Brera, Marte muestra su superficie parecida a la corteza de una naranja, cuyos bordes parecen hervir y sobre la que se atisban sombras fantasmagóricas. Schiaparelli comprueba que es preciso un gran entrenamiento para distinguir los detalles verdaderos de las ilusiones ópticas, pues en un momento determinado aparece una mancha tenue sobre la brillante superficie, pero cuando se aparta la vista de ella para situarla en el mapa, ya no se la vuelve a ver. El trabajo es agotador, con los rasgos apareciendo con cierta claridad, emborronándose al mirarlos fijamente y esfumándose al apartar la vista de ellos.
Quizá Schiaparelli deseara en aquellos momentos que el observatorio de Brera hubiera estado situado en los cercanos Alpes, a un millar de metros sobre el nivel del mar, donde la atmósfera hubiera estado estratificada y la visibilidad hubiera sido mil veces mejor. Su agudo ojo escudriña la engañosa superficie una y otra vez, cuando de repente, ... no, no puede ser cierto lo que le ha parecido percibir. ¿A ver? ¡Santo cielo! durante un corto lapso de tiempo Schiaparelli, atónito, vislumbra una trama de líneas rectas, obscuras y entrecruzadas que se extienden sobre la desnuda superficie de Marte. Inmediatamente después desaparecen.
¿Cómo vio Schiaparelli los canali? Sus memorias, recogidas en el libro “on-line” The Planet Mars: A History of Observation and Discovery, de William Sheehan, publicado por la University of Arizona y consultable en:
http://www.uapress.arizona.edu/onlinebks/mars/contents.htm
nos ofrecen una impresión de primera mano que merece la pena exponer (para lo que hemos solicitado el correspondiente permiso a esa Universidad):
“La mayoría de las veces la existencia de una canal se manifiesta primeramente de una forma muy vaga e imprecisa, como un ligero ensombrecimiento que se extiende por la superficie. Este estado de las cosas es difícil de describir, ya que nos estamos moviendo en el límite entre lo visible y lo invisible. A veces parece que estos ennegrecimientos son un mero refuerzo de la coloración rojiza que predomina en los continentes, refuerzo que al principio es muy débil. ... Otras veces se manifiesta más como una banda de sombra gris.”
Con la mayor sorpresa del mundo, Schiaparelli busca y rebusca las fantásticas líneas. No aparecen. ¿Habría sufrido una alucinación? ¡No, allí están otra vez! Ahora las ve muy claramente. Una de ellas, la más prominente, arranca del vértice de Syrtis Major, dirigiéndose hacia el Noroeste. ¡Y hay muchas más! El nombre que le asigna constituye otra de sus “infidelidades” geográficas, pues no existiendo en Libia accidente topográfico alguno con el que pudiera guardar semejanza, nuestro astrónomo tiene que recurrir al río Nilo, como el mejor caracterizado. De este modo Syrtis Major viene a ser algo así como la desembocadura del Nilo marciano, que por tal razón recibe el nombre compuesto de Nilosyrtis. Más tarde se le añadiría el célebre delta en forma de bahía, a la que se le daría el nombre de Sinus Deltoton.
Durante las noches siguientes Schiaparelli busca febril las extraordinarias líneas rectas que surcan el hemisferio Norte marciano. Nunca es fácil verlas al primer golpe de vista, pero casi siempre acaba por descubrirlas, aunque su visión no suele durar más de unos segundos. Algunos días después del primer avistamiento se familiariza con ellas y a partir de entonces le es mucho más fácil encontrarlas. Así logra descubrir un entramado rectangular formado con cuatro canali alrededor del Eden. En esta posición solamente podía aplicársele los nombres de los cuatro ríos que la Biblia sitúa en el paraíso Terrenal: Éuphrates, Phison, Gehon y Hiddekel. Otro rasgo que corre de Este a Oeste será el Orontes, río de Siria.
Shiaparelli se percata de que en los puntos donde confluyen los canali suele haber un ensanchamiento que en varias ocasiones coincide con los lagos y fuentes que ha identificado en ocasiones anteriores. Así ocurre con el Lacus Ismenius, con el Lacus Phoenicis y con la Fons Dirce. En alguna ocasión este ensanchamiento es verdaderamente extenso, como es el caso del Trivium Charontis, o de la Propontis.
En la zona de Aeria (Egipto) aparecen nuevos canali que, por tanto, han de llevar nombres relacionados con la taumaturgia egipcia:
Typhon (Tifón) nombre griego del brutal dios Set, hermano y asesino de Osiris;
Y Amenthes (Amen-Ti) el punto de partida para la otra vida de las almas egipcias.
También descubre que el canal que representa el Nilo es mucho más largo de como lo vio la primera vez y atraviesa el Lacus Ismenius. Schiaparelli decide denominar Protonilus (“Primer Nilo”) a este brazo y Deuteronilius (“Segundo Nilo”) al que continúa hasta la Fons Dirce.
En una ocasión de buena visibilidad descubre que el vasto Mare Acidalium está escindido por un estrecho puente de tierras que denomina Pons Achillis (“Puente de Aquiles”), aludiendo a una barra de arena que en tiempos clásicos cruzaba el río Borysthenes (el Dniéper).
El pedazo de mar segregado recibe el nombre de Lacus Niliacus (“Lago del Nilo”), actualmente el lago Victoria, porque también está atravesado por este larguísimo río. Así, continúa con Nilokeras (“El Cuerno del Nilo”), hoy mejor llamado “la Herradura del Nilo”, o sea, el meandro que produce al acercarse a Luxor.
El último tramo de este río se lo asigna a un canal que parte de un ensanchamiento menos marcado, al que designa como Lacus Lunae (“Lago de la Luna”), en alusión al descubrimiento geográfico de las fuentes del Nilo Blanco, hecho en esta época, que las localizó en los lagos de las Montañas de la Luna (Kenia).
Otros canali que parten del Lacus Niliacus reciben los nombres de ríos hindúes:
Indus (el Indo), el principal río que da nombre a toda la península, o Indostán;
Jamuna, un afluente sagrado del también sagrado Brahmaputra, cuya personificación era la diosa Yami, hija de Surya (el Sol); Hydaspes (hoy Jhelum), río del Punjab donde Alejandro Magno derrotó al Rey Poros espantando con flechas incendiarias a los elefantes que componían su caballería pesada (que, asustados, arrollaron a la infantería ligera),
E Hydraotes (Iravati en sánscrito, hoy Ravi), río de Pakistán que hubo de cruzar Alejandro para apoderarse del reino hindú.
Cuando concluye la oposición y la Tierra se aleja de Marte, Schiaparelli se pregunta una y otra vez, antes de presentar su mapa a la Comisión Planetaria de la BAA, si no habrá sido engañado por ilusiones ópticas. ¿Habrá visto los canali algún otro astrónomo? Para corroborar su descubrimiento decide consultar los mapas que habían levantado observadores anteriores, ¿sería posible que nadie las hubiera visto antes que él? Su sorpresa es mayúscula cuando comprueba que Schrötter había dibujado en su mapa trazos rectilíneos que, si no eran análogos a los que él había cartografiado, se les parecían mucho. Pero es que también Dawes, el autor del mejor mapa de Marte realizado hasta ese momento, ¡había trazado las mismas líneas! Luego, ¡¡no eran alucinaciones!! El mapa de Schiaparelli y su toponimia son publicados por la BAA y astrónomos como Pickering y Flammarion acogen su descubrimiento con entusiasmo.
La siguiente oposición, que ocurre el 12 de Noviembre de 1879, no es ya perihélica, pero aún así el tamaño de Marte rebasa los 19 segundos de arco y, lo mejor es que, como su declinación es ahora fuertemente positiva (18 grados), la altura sobre el horizonte de Brera alcanza los 60 grados. Schiaparelli, consciente de que ahora hay más astrónomos buscando su hallazgo, se prepara para escrutar la superficie marciana y corroborar la posición de los canali descubiertos 2 años antes. Cuando a finales de Septiembre el tamaño del disco marciano rebasa los 15 segundos de arco, nuestro astrónomo los busca agitadísimo noche tras noche. Cuando consigue verlos su excitación está al borde del paroxismo al comprobar que los que marcó en 1877 ¡están allí! Aprovechando la mejor visibilidad, procede a señalar los ya conocidos y a cartografiar los que escaparon a su labor la vez anterior.
Del vértice inferior del Sinus Margaritifer ve partir un larguísimo canal que cruza la Fons Dirce. Le da el nombre de Oxus, río de Asia Central (hoy Amu Daria), que separaba la Sogdiana (llamada por ello Transoxiana), patria de la princesa Roxana, esposa de Alejandro Magno, de Partia (Irán). Pero después decide cambiar el nombre del brazo inferior (el boreal) por el de Xenius (?) que desemboca en una mancha obscura a la que había bautizado como Lacus Arethusa (“Lago Aretusa”), el nombre de la hija de Nereo (una Nereida), a quien Ártemis (Diana) convirtió en fuente tratando de esconderla (infructuosamente) de su ardiente y pertinaz perseguidor, el río Alpheus (Alfeo), al que sitúa, junto con otro río personificado del Peloponeso, Peneus (Peneo), padre de Dafne, atravesando la brillante zona de Hellas.
Cuando Marte presenta su cara más desértica, en el centro de la cual está situada Tharsis, Schiaparelli comprueba que el Lacus Solis (el Ojo de Marte) ha cambiado totalmente de forma. En 1877 era perfectamente redondo y estaba unido al Mare Australe por medio de un tenue canal, Bathys, nombre de una ciudad portuaria de Lidia (Bathys Limen, hoy Batum, capital de la República de Adjaria, Georgia), que cruza la Thaumasia Felix y que se prolonga hacia abajo (el Norte), dando a esta mancha un curioso aspecto simétrico, al que Schiaparelli denomina Geryon (Gerión), nombre del gigante tricorpóreo a quien mató Hércules con una flecha envenenada para robarle sus vacas rojas, en cumplimiento de su décimo trabajo.
Pero ahora, en 1879, el aspecto del Lacus Solis es mucho más amorfo, dando la razón al Padre Secchi en su disputa sobre la variación de las manchas, y no hay dos, sino cuatro canali cruzándolo. Decide denominar a los dos nuevos Nectar y Ambrosia, la bebida y la comida respectivamente, de los dioses helénicos.
Más tarde añadirá un quinto canal, Eosphoros (“el Portador de la Aurora”), el Lucifer griego y bautizará a los que corren por la periferia circular del “iris”, Agathodaemon (“el Espíritu Bueno” de Platón) y Phasis (Fasis), el río que riega la Cólquide, a donde fueron Jasón y los argonautas en busca del vellocino de oro, y que desemboca en el Sinus Aonius, un gentilicio Tebas, ciudad de Beocia.
A primeros de Noviembre, cuando el disco marciano alcanza su máximo tamaño (19,4 segundos de arco), la región desértica de Tharsis se muestra en todo su esplendor rojizo al ojo incansable de Schiaparelli, ya desde la primera hora de la noche. Éste nota que es allí, particularmente en la zona del Trivium Charontis, donde se ve mejor la estructura reticular de los canali y comienza la caza y captura poniendo en práctica técnicas de observación dictadas por la experiencia: para evitar la fatiga ocular limita el tiempo de observación al estrictamente necesario para obtener una buena visión. Y para disminuir los efectos del contraste del disco, recurre a iluminar el campo que ve con el telescopio y a utilizar un filtro amarillo. Apoyado en estos recursos consigue establecer 114 medidas micrométricas sobre el disco marciano que utilizará como otros tantos hitos selenodésicos para elaborar su mapa de 1879.
Al tratarse de una región escatológica, todas las designaciones tienen resonancias fúnebres:
Hades, nombre latinizado del inframundo heleno (Haides), comunica el Trivium Charontis con la Propontis y continúa hasta confluir con Hebrus, río de Tracia; Eumenides (las Furias, en latín) y Orcus (el Orco, otro nombre del Hades) lo conectan con el Lacus Phoenicis;
Cerberus, el perro tricéfalo guardián del Hades, lo une con el Mare Cimmerium; Erebus (Érebo) dios de las sombras y de la obscuridad que reinan en el Hades, confluye con el río Acheron (Aqueronte), el que atraviesa con su barca el barquero Caronte transportando las almas-cliente;
Tartarus (Tártaro), nombre de un barranco insondable del Hades, conduce al Mare Sirenum;
Styx (Estigia) nombre unas veces de un río y otras de una laguna, que separaba el Hades del mundo de los vivos, corre hacia abajo (hacia el Norte).
Otros topónimos lúgubres son:
Plutus (Plutón) el opulento dios del infierno que lleva la cornucopia (el cuerno de la abundancia) a cuestas;
Hephaestus (latinización de Hephaistos), Vulcano, dios del fuego en cuya fragua, situada en el centro de la Tierra, fabricaba los rayos que lanzaba Zeus durante las tormentas;
Avernus (Averno), nombre de un cráter tomado por Virgilio como la entrada al infierno, donde una inscripción terrorífica (Lasciate ogni speranze voi che entrate) advierte a los condenados de la imposibilidad de redención;
Boreas, el frío viento del Norte (Aquilo en latín), que traía el invierno;
Phlegethon y Pyriphlegethon, nombres del río de fuego que corre por el Hades, afluente del Acheron.
Y Lethe (Leteo), nombre de otro río del Hades cuyas aguas provocaban amnesia a quienes las bebían.
El resto de la toponimia que aplica Schiaparelli a esta región marciana está relacionado con los personajes legendarios:
Gigas (singular de Gigantes) alusión a los hijos indeseados de Urano y la Tierra (Gea), concebidos durante la ceremonia de emasculación de éste por Zeus, en la que se rebelaron contra los dioses y entre los que Homero distingue tres etnias, feacios, cíclopes y lestrigones;
Cyclops (latinización de Kýklops) el parlanchín cíclope Polýphemos (Polifemo) de la Odisea, de quien escapó Ulises engañándole, embriagándole y cegándole;
Laestrygon (Lestrigón) uno de los gigantes que habitaban en Sicilia y que aniquilaron la flota de Ulises, de modo que sólo éste pudo escapar en su nave.
Triton (Tritón), deidad marina hija de Poseidón y Anfitrite, que moraba en Libia, en el lago homónimo, a donde fueron a buscarle los Argonautas en busca de consejo;
Gorgo (Gorgona) el monstruo femenino decapitado por Perseo, cuya horrible cabeza petrificaba a quien la miraba.
Titan (Titán), singular de Titanes, los doce dioses que según Hesíodo gobernaron la Tierra durante la Edad de Oro y que fueron encerrados en el Tartaros por los dioses olímpicos, cuando Cronos derrocó a Urano.
Aesacus (Esaco) el funesto augur que le vaticinó a Hécuba que uno de sus hijos causaría la destrucción de Troya.
Y Pactolus, río que baña Sardes, capital de Lidia (donde vivía el Rey Creso), cuyas agua se trocaron en oro cuando se lavó las manos en ellas el rey Midas, aconsejado por Dionisio, para poder llevarse algo de comer a la boca.
Cuando termina la oposición, hacia Febrero de 1880, Schiaparelli se pregunta se alguien más habría visto los canali en esta ocasión. Solamente los “incondicionales” de este fenómeno responden afirmativamente, pero la mayoría lo niega y ello atiza la disputa entre unos y otros. En medio de la vorágine discrepante llega una noticia notable procedente de Dublín: el astrónomo Charles Edward Burton dice haber visto nubes amarillas en la atmósfera de Marte. Han de pasar muchos años para que se conozca que se trata de tormentas de polvo.
La tercera oposición de este fructífero grupo iniciado en 1877, va ser la ocurrida el 17 de Diciembre de 1881. Aunque ésta va a ser mucho menos favorable que las dos oposiciones anteriores, pues el tamaño del disco marciano apenas rebasará los 16 segundos de arco (15,2) y su declinación de 06º 30’ dará una elevación máxima de 27 grados sobre el horizonte de Brera, Schiaparelli ha adquirido gran experiencia en la detección de los esquivos detalles de la superficie y así, pronto consigue hacer un descubrimiento sensacional: el canal Nilosyrtis, que parte del vértice de Syrtis Major, ¡está desdoblado!, es decir que consiste en dos surcos obscuros paralelos, un fenómeno al que denomina “geminación”. Poco más tarde advierte que la geminación afecta a muchos otros canali, como Proteronilus o Jordanis.
Durante la cuarta oposición, que tiene lugar el 2 de Febrero de 1884, el mal tiempo impide a Schiaparelli desarrollar su labor areográfica, lo que es una lástima porque la elevación máxima es de 67 grados. En las dieciséis observaciones que las nubes le permiten utilizar su telescopio sobre el disco marciano, cuyo tamaño máximo es de 14 segundos de arco y puede comprobar con gran asombro, que ¡también algunos lagos y fuentes están geminados! Tales son los casos del Lacus Ismenius, del Lacus Ascraeus y de la Fons Dirce.
Para la quinta oposición, que ocurre el 6 de Marzo de 1886, dispone de un gran telescopio refractor Merz-Repsold de 49 cm de diámetro, conseguido por donación real para el observatorio, exclusivamente para la observación del planeta Marte, cuya altura máxima sobre el horizonte de Brera excede de 53 grados. A pesar de que el tamaño máximo del disco es de 14 segundos de arco y de que el cromatismo del gran objetivo de este telescopio no está tan bien corregido como el del telescopio de 22 cm, Schiaparelli alcanza a descubrir que la geminación es un fenómeno ubicuo, es decir que ¡casi todos los canali se desdoblan en dos trazos paralelos! La idea de que pudiera tratarse de estructuras artificiales, que hasta ahora había contemplado como rodaba la bola, comienza a abrirse paso en su mente, cuando escribe:
“... su aspecto singular y su trazado efectuado con perfección geométrica, como si se hubiesen hecho con regla y compás, ha inducido a muchos a ver en ellos una obra de seres inteligentes, habitantes del planeta. Me abstengo prudentemente de rebatir tal suposición que nada imposible encierra. No obstante, la naturaleza ofrece con frecuencia casos de simetría en los que no interviene la inteligencia, como son los cristales, las conchas marinas espiraliformes, el anillo de Saturno, los perfectos esferoides de los cuerpos celestes, etc.”
¿Veían los canali otros astrónomos? Posponiendo el caso de Percival Lowell, de quien nos ocuparemos después por ser más político que astrónomo, tenemos que mencionar al astrónomo francés, Perrotin y a su ayudante Thollon, quienes utilizando el gran telescopio de 73,7 cm (29 pulgadas) del Observatorio de Niza, lograron ver los canali el 15 de Abril, tras una temporada de mal tiempo que obstaculizó su trabajo.
La sexta oposición tiene lugar el 11 de Abril de 1888 y Marte presenta un tamaño máximo de 15,3 segundos de arco. Pero su altura máxima visto desde Brera es de sólo 38 grados y Schiaparelli no disfruta de buena visibilidad debido a la turbulencia que propia del final de la primavera.
En la séptima y última oposición, que tiene lugar el 28 de Mayo de 1890, el disco de Marte vuelve a superar los 19 segundos de arco, pero su elevación es escasa, ya que no alcanza los 22 grados. Schiaparelli percibe que le falla la vista y decide dar por terminadas sus observaciones visuales y dar paso a la observación fotográfica. Se jubilará diez años después.
En este punto damos por terminada nuestra búsqueda del significado de los topónimos marcianos, conscientes de que son muchos los que hemos dejado sin indagar. Por ello referimos al lector que se sienta interesado por alguno de los que hemos pasado por alto a buscarlo en alguna de las dos siguientes páginas web.
Lista general de nomenclatura marciana, con coordenadas y descripción somera:
http://nssdcftp.gsfc.nasa.gov/miscellaneous/planetary/viking/mars_gazetteer.txt
Lista de topónimos aplicados exclusivamente a los canales y sin coordenadas:
http://en.wikipedia.org/wiki/List_of_Martian_canals
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