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lunes 25 de septiembre de 2017 
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"LA CONEXIÓN MARCIANA"

Imagen superior: Mangala Valles, zona de Marte cercana al ecuador muestra evidencias de pasos de agua. Foto gentileza NASA.

Por Mariano Ribas*

 


La vida en la Tierra puede ser el legado de un mundo hermano, cercano, y especialmente atractivo. Un lugar actualmente desolado e inhóspito, seco, cubierto de rocas y polvo anaranjado, y azotado por fuertes vientos que corren por llanuras desérticas y heladas. Pero, también, un lugar que evidentemente no fue lo que es: Marte muestra signos de un pasado muy diferente, donde el agua fluyó en abundancia bajo una atmósfera robusta, que permitía temperaturas razonables. Los científicos piensan que en aquellos tiempos remotísimos, hace unos cuatro mil millones de años, el planeta rojo tenía todas las condiciones necesarias para encender la chispa de la vida. Y por lo que hoy se sabe, los primeros organismos terrestres aparecieron mas o menos en la misma época. Ahora bien: distintos indicios sugieren que, por entonces, Marte era un lugar más probable para la vida que la Tierra. Y mucho más importante: hay buenas razones para pensar que todos los seres vivos de este planeta podrían descender de lejanísimos antepasados marcianos, formas primigenias y elementales que llegaron casi por casualidad, envasadas -y protegidas- en pedazos de rocas.

Tiempos violentos

La infancia del Sistema Solar no fue precisamente tranquila. En realidad, fue un caos infernal de materia (gas y polvo), en forma de disco, que giraba alocadamente en torno a una estrella recién nacida y que todavía no tenía nombre. De esto hace unos 4600 millones de años. Poco a poco, esos materiales fueron organizándose (es sólo una forma de decir) y aglutinándose a los golpes: los más pesados (como el hierro y el silicio) permanecieron más cerca del centro, y fueron la materia prima que -gravedad mediante- diera origen a Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Y los más volátiles (como el hidrógeno y el helio), se condensaron bastante más allá, formando gradualmente gigantescos globos gaseosos con pequeños núcleos sólidos: los planetas gigantes, con papá Júpiter a la cabeza. Pero eso no fue todo. Durante todo el proceso hubo serias desprolijidades (no hay que olvidarse que esto fue un proceso natural, y no un prolijo esquemita de manual), montones de escoria cósmica, de toda calaña, que quedaron desparramados por aquí y por allá. Hoy se los llama cometas, asteroides y meteoritos.
Lentamente, los jóvenes planetas fueron enfriándose y tomando forma. Pero fue una época muy desdichada para la Tierra y sus vecinos: durante cientos de millones de años, sus flamantes superficies rocosas fueron bombardeadas sin piedad por enormes objetos que andaban a la deriva (las huellas de esos terribles choques todavía pueden verse en la Luna y en Mercurio). Un escenario semejante dejaría en ridículo a películas como "Armageddon" o "Impacto Profundo".

El aporte de los cometas


Imagen cometa 2001A2, por Víctor A. Busso©, Santa Fe, Rosario, Argentina.

Paradójicamente, el bombardeo pudo haber sido imprescindible para la aparición de los primeros organismos vivos. El agua líquida y la materia orgánica son los ladrillos básicos de la vida, pero por distintas razones, muchos científicos están convencidos de que esas sustancias no existían originalmente en la Tierra primigenia. Y sin embargo, es obvio que existieron, porque este planeta reboza de vida, y su superficie esta cubierta de agua en sus tres cuartas partes. La salida a este dilema parece estar en los cometas, cuerpos pequeños que se formaron en zonas algo más alejadas del Sistema Solar, y cuya materia prima fue, precisamente, el agua y las moléculas orgánicas (de hecho, los cometas fueron y son "bolas de nieve sucias", tal como las describe una clásica teoría de la astronomía).

Y si, parece ser que en sus principios la Tierra recibió el impacto de muchísimos cometas que la fueron abasteciendo de agua y de moléculas formadas de carbono, oxígeno, nitrógeno e hidrogeno. Esos fueron los componentes para la gran sopa de la vida.
Pero claro, es sumamente improbable que los cometas se las hayan agarrado sólo con la Tierra. También deben haberse estrellado contra otros cuerpos cercanos, regándolos con agua y materiales orgánicos. El problema es que los choques tuvieron sus ventajas y sus desventajas: por un lado, los cometas venían cargados de materia prima para la vida, pero por el otro, las tremendas colisiones habrían arrojado por el aire a esos mismos materiales. Y si el planeta (o satélite) impactado no eran los suficientemente grandes, su gravedad no les habría alcanzado para retenerlos: la Luna no pudo, Mercurio, tampoco. La Tierra si pudo. Y Marte, al menos al principio, también.

Bombardeo a la vida

Todavía hace unos 3800 millones de años, montones de meteoros, cometas y asteroides continuaban lloviendo sobre la Tierra, a un ritmo ya bastante menor, pero aún con consecuencias aterradoras. Para muestra, alcanza un botón: el impacto de un asteroide de unos 100 kilómetros -a una velocidad de más de 100.000 km/hora- generaría un cráter que borraría del mapa a toda la Argentina, en un instante. Semejante bombazo, no sólo volaría buena parte de la atmósfera del planeta, sino que también, originaría un colosal y ardiente nube de rocas vaporizadas que cubriría a la Tierra, convirtiéndola en un horno a miles de grados. En esas condiciones, los océanos se evaporarían y la superficie quedaría devastada e inhabitable. Y sin embargo, a pesar de todo, parece que la vida amaneció en la Tierra en esa época, tal como lo indican algunas evidencias: recientemente se han encontrado indicios de vida en las rocas que tendrían unos 3850 millones de años de antigüedad.

Hipótesis para la supervivencia

De alguna forma, aquellos primeros organismos elementales debieron ser capaces de sobrevivir a la hecatombe. Pero ¿cómo?. Aquí se abre un gran abanico de posibilidades. Es posible que los primeros seres vivos no sólo hayan habitado la superficie, sino que tambien hayan colonizado áreas subterráneas. No es una locura: se han encontrado microorganismos que hoy en día viven lo mas campantes a varios kilómetros de profundidad. dentro de la corteza terrestre (o incluso, otros que viven en el piso oceánico y por debajo de él). Pero también es posible que, directamente, la vida haya comenzado bajo tierra. En ambos casos, muchos de aquellos primeros terrestres pudieron estar bastante a salvo de los impactos, protegidos dentro de la corteza terrestre a varios cientos o miles de metros de profundidad. Y entonces, pasada la época de los bombardeos, restablecidas el agua y las tierras, la vida pudo haberse aventurado hacia la superficie.
Hay otra hipótesis igualmente válida: algunas formas de vida pudieron ser lanzadas al espacio envasadas -y protegidas- dentro de pedazos de rocas. Una vez allí, las esporas de los hipotéticos microbios podrían sobrevivir durante muchísimo tiempo, congeladas y protegidas de la radiación cósmica. Y luego, pudieron haber vuelto a caer a la Tierra, re-colonizándola. (Hace tres años, un estudio realizado en la Universidad de Arizona demostró que con cada impacto grande, una buena cantidad de rocas pudieron haber sido arrojadas al espacio sin sufrir demasiadas alteraciones, lo cual hubiese permitido la supervivencia de sus ocasionales pasajeros). Pero también, algunas de esas piedras portadoras de vida pudieron andar vagando por el espacio hasta caer en algún otro sitio. ¿Y si en Marte hubiese ocurrido algo parecido?. La hipótesis marciana está a la vuelta de la esquina.

La conexión marciana

La imagen de las rocas terrestres disparadas hacia el espacio y cargadas de microorganismos es razonable: el continuo bombardeo debe haberle arrancado a la Tierra montones de pedazos de corteza. Y muchos de ellos pudieron estar habitados por primitivas formas de vida. Distintas investigaciones han revelado que un alto porcentaje de la materia eyectada al espacio debió haber vuelto a caer sobre nuestro planeta, pero también, que una fracción mucho menor -aunque todavía considerable- habría ido a parar, tarde o temprano, a los mundos cercanos. El asunto es que esos lugares fuesen acogedores para la vida. Y todo indica que en aquellos tiempos violentos el único sitio amistoso era Marte: hasta hace 3600 millones de años, el planeta rojo era un lugar cálido, húmedo y cubierto por una respetable atmósfera. Incluso, muchos científicos piensan que, por entonces, era un mejor lugar para la vida que la propia Tierra.
Si realmente hubo microorganismos terrestres que llegaron hasta allí en aquel pasado lejanísimo, es probable que hayan podido adaptarse a su nuevo hogar. Los astrobiólogos piensan que eso pudo haber ocurrido. Pero también, y considerando el mismo esquema total hasta aquí descripto, apuestan confiados a otro escenario, exactamente inverso, y sin duda mucho más inquietante: los marcianos pudieron haber colonizado a la Tierra. Y quizás, podríamos ser sus descendientes.

Ventajas del Marte primitivo

La química y la mecánica de la vida también pudieron funcionar en el Marte primitivo. Incluso, con claras ventajas por sobre la Tierra: como es bastante mas chico, el planeta rojo se enfrió más rápido, y por lo tanto, estuvo listo para la vida mucho antes que el nuestro. Así, hace 4 mil millones de años, su superficie ya podía pisarse, mientras que la de la Tierra todavía ardía al rojo vivo. Y no solo eso: por ser menor, Marte debió haber recibido muchos menos golpes de meteoros y otras yerbas. Es sólo una cuestión de probabilidades: a un blanco mayor, más impactos, y a uno menor, menos. Además, su menor gravedad habría causado colisiones a velocidades mas bajas, por la tanto, no tan violentas y destructivas como los que sufrió su hermana azul.
También esa misma gravedad, más débil que la terrestre, hubiese permitido un mucho mayor éxodo hacia el espacio de rocas portadoras de vida. A propósito de las rocas marcianas: no hay que olvidarse que los científicos ya han encontrado unas cuantas en distintas partes del mundo, incluyendo a la famosa y polémica ALH 840001, sobre la que todavía se esta discutiendo acerca de sus presuntas evidencias de formas de vida. O sea: llegar, llegan. En síntesis: son muy buenas razones como para darle crédito a la hipótesis de la conexión marciana.

¿Herederos del planeta rojo?

Muy lejos de ser una mera especulación, la idea de que la Tierra fue colonizada por microorganismos provenientes de Marte, parece científicamente aceptable. Y de hecho, explicaría por qué la vida asomo su nariz tan temprano en este planeta, cuando las condiciones eran sumamente desfavorables y peligrosas. ¿Por qué Marte y no Venus o Mercurio? Simple, por que en esos lugares siempre reinaron temperaturas infernales, que harían fracasar cualquier intento de la biología. ¿Por qué no la Luna? Porque nunca tuvo una atmósfera, y en ella el agua líquida -clave para la vida- jamás pudo asentarse, salvo, quizás, en algunos oscuros cráteres polares, y en forma de hielo.

Esta imagen de la infancia del Sistema Solar, con mundos en formación, colisiones y pedazos de rocas que van y vienen (algunas de ellas llevando la preciosa carga de la vida), es sumamente fascinante. Pero sería tonto quedarse sólo con una o dos variantes: tal vez, la vida surgió tanto en la Tierra como en Marte. Tal vez, sólo surgió en la Tierra, para después viajar en rocas hasta Marte, y luego volver nuevamente a la Tierra en piedras marcianas disparadas por impactos. Tal vez, hubo colonizaciones mutuas. O tal vez, la vida comenzó exclusivamente en Marte, un mundo que hoy, aparentemente, está muerto. En tiempos en que el hombre está preparando el gran salto hacia el planeta rojo, es bueno reflexionar sobre todo esto. A lo mejor, las futuras generaciones que pisen el suelo de Marte sentirán que no están en un mundo del todo nuevo. Quizás dentro de algunos cientos de años ya no se hable de la conquista de Marte, sino del regreso a casa: es posible que las raíces más profundas de nuestra existencia estén allí.

**Lic. Mariano Ribas es Coordinador del Area de Astronomía del Planetario de la Ciudad de Buenos Aires Galileo Galilei. Licenciado en Ciencias de la Comunicación (Universidad de Buenos Aires). Astrónomo amateur desde 1985. Dueño de 3 telescopios y "fanático" de los cometas. Periodista científico. Ha publicado decenas de articulos en revistas locales, y desde hace 5 años es redactor de artículos científicos (mayormente de astronomía) en el diario Página 12. Hasta la fecha lleva publicados 146 artículos en este diario. Ha dictado cursos en diversas instituciones locales y actualmente da "Curso de Astronomia General" en el Planetario Galileo Galilei, con una asistencia de 160 personas.

comentarios o consultas dirigirse a: manoribas@yahoo.com

 

 
 
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