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jueves 24 de julio de 2008 
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Tocar el cielo con las manos


Por Sebastián Musso*
sebastianmusso@cielosur.com


Imagen: El autor de la nota y al fondo, el complejo de La Silla.

Desde hace algunas décadas todo parece diversificarse exponencialmente, no solo el conocimiento encuentra nuevas aristas para desarrollarse y explorar, nuestra vida cotidiana cada día tiene más ofertas entre las que elegir a todo nivel. El turismo parece que no escapa a esta máxima de la posmodernidad. Nunca hubiera imaginado unos años atrás el leer en una página de Internet un publicitado “turismo astronómico” o una “ruta de las estrellas”. Desde luego parece más ciencia ficción que realidad y en una primera aproximación imaginamos que esto debe tener que ver con excéntricos millonarios que pagan sumas de dinero inimaginables para viajar al espacio pero es mucho más cercano y posible. La ruta de las estrellas es el nombre con que se promociona la zona alrededor de la ciudad chilena de La Serena donde se encuentran instalados unos de los complejos más importantes de la astronomía óptica mundial.

En marzo de este año 2005 decidí ser uno más de aquellos soñadores que recorren cientos y miles de kilómetros para acercarse a esas maravillas de la ingeniería, puestos al servicio de explorar el universo, de ver quizás por primera vez lo que científicos teóricos se atrevieron a imaginar años atrás solo en sus especulaciones más arriesgadas.

Salí el 2 de marzo rumbo a Buenos Aires, de Mar del Plata no tenía ningún micro directo a Mendoza pues los pasajes estaban agotados por el tema de la Vendimia (es una fiesta muy grande aquí en Argentina para celebrar la cosecha de la vid). Primeramente el viaje estaba programado para unas 10 personas que saldríamos con una combi contratada pero a último momento una deserción masiva hizo, primero peligrar el viaje, después peligrar mi salud mental (que no es muy estable por cierto) y luego movilizarme a hacer la travesía “sea como sea”. Fuimos Lilia Camino, vicepresidente del CEA y mamá de Néstor Camino, astrónomo de Esquel, mi papá y yo. Al llegar a Mendoza no tardamos en encontrar un pequeño bus que nos cruzó a Chile por paso de los Libertadores y desde unos 40 kilómetros al norte de Santiago en la ruta nos tomamos otro micro a La Serena llegando a las 11 de la noche del día 03 de marzo. En el camino mucho túnel, como los de Víctor Sueyro pero negros, una versión más cercana a quienes se han portado mal en esta vida, igualmente, dado las características de nuestro viaje, todavía no sabíamos si ese túnel nos llevaba a un paraíso terrenal o al infierno de Dante.

Por suerte un amable señor que se sentaba del otro lado del pasillo de nuestro micro nos acompañó a esa hora a un hotelito donde pasamos esa noche y las siguientes, ya acomodados, al otro día, nos esperaba la difícil tarea de encontrar una agencia que nos acercara hasta los observatorios. El primer objetivo era el Observatorio La Silla donde teníamos turno de visita para el día siguiente. Luego de visitar varias agencias dimos con una de muy buen trato y precio más económico que las anteriores. Ramón, nuestro guía, nos llevaría esa misma noche a un aperitivo interesante: el Observatorio Comunal Colowara, en Andacollo, a unos 60 kilómetros de La Serena.

Este observatorio se inauguró en septiembre pasado. Sus instalaciones son imponentes, una estructura central rodeada de tres arcos que son en realidad las terrazas desde donde se puede hacer observación con telescopios de 8”, 10” y un dobsoniano de 16”. El cielo parece caerse aunque algunos detalles faltaban para que la visita sea perfecta. Mucha luz, la guía me confesó que la luz roja sería mejor pero “a ella le resultaba más cómoda la blanca”, según la misma guía “el aumento no tenía nada que ver con el ocular que estuviera puesto” y los anillos de Saturno “se habían formado por el choque de dos lunas hoy inexistentes con un cometa”. La política del lugar es que las guías sean personas del pueblo, las que aún han tenido muy poca instrucción astronómica pero todos coinciden en que esto se solucionará en un breve tiempo. De todas maneras, el observatorio era muy bonito, la observación fue buena y yo aprendí que el Starry Night me podía servir perfectamente para desarrollar animaciones que harían las veces de una efectiva presentación Power Point para las charlas del curso del CEA.

A la vuelta, Ramón paró el auto en la ruta y ya sin luces nos tomamos un buen rato para observar el cielo a simple vista y con binoculares que habíamos llevado.

A las 10 de la mañana del día 05 Ramón estaba en nuestro hotel junto a un alemán, Carl, que nos había acompañado a Colowara la noche anterior y que invité a conocer La Silla ya que me sobraban permisos de visita. En la ruta aprendimos de la vegetación del lugar y de sus riquezas mineras gracias a los conocimientos de nuestro guía que se confesaba también un aficionado a la astronomía contándonos historias de los primeros años de los observatorios. Bajamos como es debido en una desviación a sacarnos una foto frente al cartel que mostraba la ruta de acceso al observatorio y nos comimos unos sandwichitos en una mesa cerca del control de acceso al complejo, unos 20 kilómetros antes y debajo de los telescopios.

Imágenes de La Silla. Para ver las fotos de mayor tamaño cliquear en las mismas.

Una vez que arrancamos a las 13.00 las cúpulas se dibujaban en cada vuelta del coche y uno podía adivinar que en los otros autos que minutos antes esperaban junto al nuestro las caras de asombro y alegría se repetirían de igual forma. Ya 2.300 metros sobre el nivel del mar bajamos de los autos, todos, apurados para sacar fotografías, filmar y abrir bien los ojos ante un paisaje por mucho tiempo soñado. Estábamos en el edificio de conferencias del complejo de ESO (Observatorios Europeos del Sur en sus siglas en inglés) y de allí nos llevaron al telescopio de 3,6 metros. Subimos por el ascensor con luces rojas (esta vez sí) y llegamos a una fría cúpula donde el instrumento se erguía majestuoso. Nos contaron que el control se hallaba 200 metros hacia abajo en la montaña y nos hablaron de los proyectos que se estaban realizando en esos días, de la cantidad de astrónomos de planta del lugar y de la forma en que profesionales de los países del consorcio accedían a tiempo de observación. También el guía nos comentó que Chile tenía tan solo 20 astrónomos profesionales y que estimaban que necesitarían unos 150 para aprovechar el 10% de tiempo por telescopio que les correspondía por estar emplazados estos en Chile, a nosotros se nos seguía haciendo agua a la boca.

No se aún como nos arrancaron de allí, previo paseíto por las terrazas de la cúpula nos hicieron acercar al telescopio NTT, Telescopio de Nueva Tecnología, unos centímetros más chico que el anterior pero muy superior en cuanto a su operatividad. Mucha de la tecnología que allí se encontraba se había probado para Paranal (este observatorio ubicado cerca de la ciudad de Antofagasta es la estrella de ESO y de la astronomía óptica mundial). No pude dejar de filmar el espejo principal, ya se, muy grande para pulir con los esmeriles pero soñar en ese momento no costaba nada.

De lejos se veía el radiotelescopio mientras se nos contaba que muy probablemente el complejo se cerraría. La Silla tiene un costo aproximado de 10.000 dólares por noche y esto no se justificaba teniendo Paranal terminado en poco tiempo. Era un elefante blanco difícil de mantener, mientras estábamos allí nos cruzó el avión del consorcio que llegaba desde Santiago, todo parecía estar hecho a lo grande, incluso los gastos. No lo podíamos creer, lo que a todos nos parecía una maravilla puesta al servicio de la investigación científica a sus dueños les resultaba un vejestorio que solo deberían aguantar hasta que terminaran un nuevo chiche para contentarse. Nos fuimos de allí y de camino, pedí a Ramón que detuviera el coche mientras las cúpulas todavía se divisaban para filmarlas una vez más y para verlas unos minutos esperando que no pasara demasiado tiempo antes del reencuentro.

Al otro día a las 11.00 Ramón tenía su coche estacionado en el hotel y con él un regalo, un video que años atrás había grabado de la televisión donde mostraban cómo se había construido el Complejo La Silla. Desde la construcción de la óptica en un taller de Milán (Italia), su viaje en barco, hasta su llegada en camión a su actual emplazamiento en un lento viaje a 4 kilómetros por hora para resguardar “el ojo maravilloso” que nos mostrará un universo totalmente renovado.

Nuestro objetivo este domingo era otro. Gracias a la amabilidad del personal del ente comunal de turismo de La Serena nos estaban esperando en el Observatorio Las Campanas dependiente del Carnegie Institute, un complejo no abierto a las visitas, sin dudas, éramos muy afortunados. Cuando llegamos nos dijeron que quien haría la vista estaba ocupado de momento y que los primeros sitios los veríamos junto al paramédico del complejo. Javier, así se llama, resultó ser desde chico aficionado a la astronomía y confesaba que trabajar allí para él era un sueño. Nos llevó al telescopio solar.

También visitamos el Henrietta Swope de 1.0m Telescope y el Telescopio Irenee du Pont de 2.5m. En este último tuve la fantástica idea de pedir ver el espejo y lo rotaron de tal forma que nos “apuntó directamente” para verlo en su máximo esplendor. Allí llegó Oscar Duhalde quien siguió la charla, es un técnico del complejo y también es, para nuestro asombro, uno de los descubridores de 1987A. Nos contó que esa noche él estaba en el telescopio y bajó a hacerse un café, salió afuera con el café y miró hacia el sector de la Gran Nube de Magallanes. Siempre utilizaba a delta del Dorado para calibrar el instrumento y fijándose en ese sector notó que allí había algo distinto. Cuando entró exaltado y se fijó el telescopio hacia allí la historia es por todos conocida y la importancia que esto tuvo para nuestro entendimiento de la evolución estelar y la física de partículas casi no me dejaba caer en la cuenta que yo estaba parado frente al mismísimo protagonista.

Oscar nos contó que estaba haciendo unas máscaras para el telescopio Magallanes para esa misma noche. Son unos círculos de aluminio perforados en el lugar de los objetos de interés para el astrónomo que no dejan ver la enorme cantidad de objetos que se encuentran en el mismo campo y que dificultarían el trabajo. Nos llevó a ver la máquina que las hacía y hasta puso una nueva plancha en nuestra presencia para que viéramos todo el proceso. Debo confesar que estaba un poco nervioso, este hombre se extendía en explicaciones y anécdotas, respondía con creces cada pregunta y la hora pasaba poniendo en peligro lo más jugoso de la visita. Si se hacía tarde, pensaba, y se empieza a trabajar en los Magallanes, no podremos entrar a los telescopios más importantes de esta región. Por suerte tomamos el coche y estacionamos justo frente a ellos.

Magellan Baade & Clay 6.5m Telescopes, así se llaman, son gemelos de altísima tecnología. La sala de control parecía sacada de una película de ciencia ficción y Oscar Duhalde nos mostraba como cada computadora manejaba cada cosa, los motorcitos de aire que regulan la curva del espejo, y hasta la que controla las condiciones del aceite en el que se deslizan las placas de aluminio de toda la montura. “El telescopio flota en ese líquido” nos explicaba entusiasmado, “sin roce, ya no necesitamos al mejor relojero del mundo” como había sido contratado para Monte Wilson años atrás por el mismo grupo, esto era lo último y las 250 toneladas podían ser movidas si algún equipo fallaba o los astrónomos tenían ganas de jugar, por una sola persona.


Imagen superior, las cúpulas de los Magallanes. Para ver la imagen de mayor tamaño cliquear en la misma.

Entrar a esa cúpula fue indescriptible, de hecho ni siquiera era una cúpula ya que los Magallanes estaban en un edificio construido con paneles de mucho más rápido enfriamiento y con compuertas que dejaban al descubierto al aparato, el aire circulaba libremente y hasta algunas persianas podían abrirse para que las instalaciones tuvieran la misma temperatura que el exterior.

Terminada nuestra visita fuimos convidados a tomar un café en la cocina junto a Oscar Duhalde y Javier, allí charlamos más relajados inclusive de cosas domésticas que cada uno soñaba podrían ser mejor. Nos despedimos previa compra de un gorrito sabiendo que nuestro viaje, pasara lo que pasara de aquí en más, estaba justificado con creces.

El lunes lo dedicamos a conocer un poco más a fondo la ciudad que nos estaba sirviendo de base para nuestro recorrido por los observatorios. Resulta que La Serena es una ciudad colonial, fundada en 1577 que aún mantiene por norma de la comuna sus fachadas intactas y los colores amarillo pastel, blanco y rojo colonial como única forma de vestir los muros exteriores de sus construcciones. El estilo es inconfundible y uno no deja de maravillarse a cada paso.

El viaje era bastante diferente a lo que habíamos previsto meses atrás pero por ahora era aún mejor, solo nuestras dificultades económicas nos impedían quedarnos toda una semana para conocer Cerro Tololo cuya visita la teníamos programada para el sábado siguiente. Mis tratativas vía Internet antes del viaje para adelantar la visita habían resultado infructuosas como así también las llamadas telefónicas del personal del ente de turismo de La Serena. Si bien sabíamos de un grupo de norteamericanos que estaban ese lunes en Tololo gracias a un amigo que trabajaba allí nuestros contactos no eran tan buenos y no pudimos conseguir salvo la explicación que únicamente los sábados se puede conocer al conocido complejo.

Aunque estaba nublado, a la noche nos trasladamos a Vicuña donde nos esperaba Gonzalo, uno de los guías del Observatorio Comunal Mamalluca que abrió sus puertas exclusivamente para nosotros. Allí nos mostró Gonzalo su trabajo y compartimos experiencias adquiridas en las visitas a ese sitio turístico y en el trabajo que hacemos en divulgación en el Centro de Estudios Astronómicos. La charla fue un podés enseñar esto de tal manera y nosotros lo hacemos aquí o allá de tal otra. Vimos sus telescopios y nos fuimos con el cuarto observatorio de nuestro viaje en nuestra memoria y en nuestras cámaras de fotos.

El viaje de vuelta fue bastante agotador, La Serena – Santiago de Chile nos dio unas horas en la capital de ese país para acercarnos al Planetario de la Universidad de Santiago donde pudimos ver una muestra admirable de maquetería relacionada a la historia de la astronomía y la astronáutica. Santiago – Mendoza y Mendoza – San Juan para llegar urgente a tomar contacto con la agencia que nos llevaría al CASLEO.

En el viaje hice la cuenta que tengo la suerte de conocer hasta el momento 18 observatorios desde los más grandes como los que me topé en este viaje hasta otros de emprendimientos divulgativos más modestos. Ningún otro tiene un acceso tan hermoso desde su encanto natural como el Complejo Astronómico El Leoncito, una alameda interminable con vegetación variada en cada uno de sus lados, laderas de montañas de diferentes colores y valles surcados por el río San Juan hacen del viaje un sueño digno de vivir más allá del premio que nos espera al final. El CASLEO por supuesto, tuvo un condimento especial, el saber que era nuestro y el pensar, por ejemplo, en Olga Pintado, mi queridísima amiga trabajando allí algunas semanas antes. En el camino recordé el documental “Los cielos de Argentina” donde se muestra la construcción y el funcionamiento de ese centro de investigación y repasé algunos de los hitos que alguna vez me contaron se lograron allí.

Dos imágenes del CASLEO, en la segunda, Lilia Caminos, Seba y Jorge Musso. Para ver las imágenes de mayor tamaño, cliquear en las mismas.

Cecilia, nuestra guía, nos mostró las instalaciones abierta a nuestras preguntas y sorprendida que quisiéramos comprarnos todo en el stand de venta: buzos, tazas, llaveros, calcomanías, era nuestra última parada, la mejor manera de terminar un viaje soñado por mucho tiempo, fueron 7500 kilómetros desde que salimos de Mar del Plata hasta la vuelta pero en cada tramo nos esperaba una parte de esta ciencia que amamos y una historia para ser compartida con amigos a la vuelta. La sabiduría popular cuando quiere expresar que un objetivo inalcanzable se ha logrado usa la frase de “tocar el cielo con las manos”, mientras escribo esta nota cierro mis ojos, recuerdo todo lo vivido y esta frase se convierte en la mejor manera para describir la travesía.


(*) Sebastián Musso es fundador del Centro de Estudios Astronómicos de Mar del Plata, Argentina.

Periodista Científico.
Miembro de la Agrupación Cielo Sur.

 

 

 
 
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