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Crónica sobre el tránsito de Venus desde Setúbal, Portugal

Por Alberto Martos Rubio*

Para ver serie de fotos tomadas cliquear aquí>>

Para todos los aficionados a la astronomía, Venus es un planeta “soso”. Es soso en el sentido de que su visión no ofrece, salvo por la fase que presenta, que exaltó a Galileo allá por el siglo XVII, detalles fascinantes ni de su intrigante superficie, como Marte, ni de su asombrosa atmósfera, como Júpiter, ni posee anillos que lo engalanen, como Saturno, ni satélites que le cortejen, como ambos planetas gigantes. Si para Galileo el descubrimiento de que Venus muestra fases semejantes a las de la Luna, constituyó el espaldarazo trascendental del copernicanismo y la derrota del geocentrismo bíblico, para el astrónomo aficionado del siglo XXI las fases de Venus encierran escaso misterio. Galileo no se atrevió a proclamar este descubrimiento a los cuatro vientos por miedo a la represión inquisitorial, sino que hubo de valerse de un anagrama para comunicárselo a Kepler, sin atraerse las iras del santo tribunal:

Cynthiae figuras aemulator mater amorum.
“La Madre del Amor [Venus] copia las apariencias de Cintia [la Luna]”

Una traducción más libre y, por tanto menos fiel, pero más ajustada al acervo clásico, sería:
“La Madre del Amor se atavía con los mismos ropajes que Cintia”

Los astrónomos aficionados no solemos demostrar demasiado interés por el aspecto de la faz de la Madre del Amor. Durante los casi 300 días que el lucero de la tarde (el Vésperos helénico) brilla en el horizonte Oeste, no recibe mayor atención por nuestra parte que algún vistazo ocasional, mientras uno espera que las tinieblas se adueñen del cielo para comenzar su programa de observaciones. Y como la elevación del planeta sobre el horizonte es generalmente baja, su turbulento aspecto suele ser decepcionante.

Sin embargo, en la ocasión del día 8 de Junio de este año, docenas de millares de astrónomos aficionados y profesionales de todo el mundo, nos hemos levantado de la cama condenadamente pronto para ver pasar al planeta soso por delante del Sol, o sea, precisamente cuando está a contraluz y nos da la espalda. Rememorando al premio Nóbel de Química Harold Urey, hubiera sido lícito que uno se preguntara: si Venus no es interesante visto por delante, ¿porqué es tan interesante visto por detrás?

La respuesta a esta pregunta nos devuelve al entorno de la Historia de la Ciencia. No es el tenebroso aspecto de Venus, inmerso en el resplandor solar, lo interesante en este caso, sino su posición relativa sobre el disco solar para dos observadores terrestres. La razón es que la diferencia de posición sobre dicho disco, llamada paralaje, al ser visto el planeta desde dos observatorios situados en puntos distantes de la Tierra, resulta ser la clave para determinar la distancia de la Tierra al Sol, o sea, la medida que llamamos Unidad Astronómica.

La importancia de la determinación de la Unidad Astronómica deviene de que constituye el primer peldaño de la escala cósmica, sobre el que están ensamblados todos los demás. Hasta su medición, en el Sistema Solar solamente se podía conocer los tamaños relativos de las órbitas de los planetas merced a la 3ª Ley de Kepler. Así, los astrónomos sabían que el semieje mayor de la órbita de Venus (o sea, la distancia de Venus al Sol) es 0,72 veces la distancia de la Tierra al Sol y que el semieje mayor de la órbita de Marte (o la distancia Marte-Sol) es 1,52 veces la distancia Tierra-Sol. Pero, ¿cuánto medía cada semieje? La medida de la paralaje de Venus resolvió la incógnita: la Unidad Astronómica vale 149,6 millones de km, la distancia media de Venus al Sol es de 108,2 millones de km y la de Marte al Sol de 227,9 millones de km. Etc.

Pero la escala cósmica va más allá del Sistema Solar, ya que la distancia a las estrellas cercanas se mide también mediante su paralaje. Es decir, por la variación aparente de su posición cuando la Tierra se halla en puntos diametralmente opuestos de su órbita, o sea, en función de la Unidad Astronómica. Así sabemos que la distancia a la estrella Próxima Centauri es de 4,2 años-luz. Y la de Sirio de 8,8 años-luz. Etc.

Para terminar, sobre este primer escalón de la escala cósmica, que es la Unidad Astronómica, se ha forjado todo un entramado de dimensiones y distancias, galácticas e intergalácticas, recurriendo a métodos diferentes, como el de las estimaciones del brillo absoluto (magnitud absoluta), el de las cefeidas variables, etc. El resultado de estas mediciones ha sido el conocimiento de distancias intergalácticas, como la que nos separa de la Gran Nube de Magallanes, que es de 179.000 años-luz, o de la Pequeña Nube de Magallanes, que es de 210.000 años-luz, o de la gran galaxia de Andrómeda, que es de 2.200.000 años-luz. Etc.

Como corolario, podemos resumir que si no hubiéramos sido capaces de determinar el valor de la Unidad Astronómica, solamente estaríamos en condiciones de conocer la proporción de los tamaños de los objetos del Universo y sólo podríamos establecer sus distancias relativas, esto es, sin alcanzar en ningún caso a concretar dimensiones absolutas. Por esta razón era en su tiempo tan importante la observación del tránsito de Venus (o de Mercurio).

La relevancia de esta medida nos permite entender los esfuerzos que llevaron a cabo los exploradores de los siglos XVII y XVIII, en pos de la medición de la Unidad Astronómica. La idea de aprovechar el tránsito de un planeta interior para determinar la longitud de esta vara de medir cósmica, se debe también a Kepler, quien predijo la primera oportunidad para ello durante el tránsito de Venus que ocurriría el 7 de Diciembre de 1631. Desgraciadamente, la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) impidió a los astrónomos europeos aprovechar este evento y el mismo Kepler, quien a la sazón trataba de ganarse la vida como astrólogo del general bohemio Albrecht von Wallenstein, fue víctima de los avatares militares de su mecenas y murió de fatiga en 1630 y sin cobrar sus honorarios (más de 11.800 florines).

Como los tránsitos de Venus ocurren en parejas separadas 8 años, cada 105 ó 121 años, el segundo tránsito de este par tuvo lugar en 1639 y fue observado por el astrónomo británico Jeremiah Horrocks, a quien cabe la gloria de haber descubierto esta eventualidad, desconocida para Kepler. La suya fue una de las observaciones que podríamos tildar de tranquilas, bien que fatigosas, de este fenómeno, toda vez que Venus recorrió una cuerda próxima al diámetro solar, por lo que el tránsito duró más de 8 horas.

Desde otro punto de vista, se puede calificar de fructífera y desinteresada la observación del tránsito de Mercurio de 1677, efectuada por Edmond Halley desde la isla de Santa Helena. Fructífera porque este joven astrónomo (tenía a la sazón 21 años) discurrió entonces un nuevo método de medida de la paralaje basado en la diferencia de tiempos, más bien que de posiciones, que vieran dos observadores desde observatorios diferentes. La distinta duración del tránsito identificaría cuerdas diferentes sobre el disco solar que permitirían averiguar la paralaje. Desinteresada, porque Halley sabía que no viviría para ver el próximo tránsito de Venus (en 1761), como no viviría para ver el retorno de “su cometa” (en 1758). Y, sin embargo, esto no le desanimó a convocar a los astrónomos venideros de todo el mundo a la observación del tránsito de Venus desde los cuatro confines de la Tierra y ¡aún tuvo arrestos para sufragarle al tacañazo de Isaac Newton la publicación de sus Principia en 1688!

A la llamada del desaparecido Halley para observar el tránsito de 1761, acudieron como un solo hombre astrónomos británicos y franceses. Para asegurar las máximas paralajes, los ingleses Mason y Dixon se desplazaron a Sudáfrica, el también británico Wales a Canadá y los franceses d’Auteroche a Siberia y el tozudo Le Gentil a una posesión francesa en la India, llamada Pondicherry.

Tozudo y desgraciado porque, habiendo sido advertido al arribar al Cabo de Buena Esperanza del estallido de la guerra entre Francia e Inglaterra, no se arredró sino que por el contrario, se empeñó en continuar su viaje a la India y embarcó para isla Mauricio (entonces isla de Francia). Allí descubrió que no había barco alguno que se atreviera a navegar hasta Pondicherry, por lo que hubo de esperar en esa isla a algún buque de guerra que quisiera transportarle a su destino arrostrando los peligros que fueran. Y en esa larga espera contrajo la disentería. Esta adversidad, que hubiera desanimado a cualquier otra persona que no fuera Le Gentil, casi no llegó a amilanarle y así, cuando por fin arribó a isla Mauricio la fragata Sylphide, solicitó de su comandante ser transladado a la India. Pero entonces se le advirtió que en aquellas fechas el monzón que afectaba a la costa de Coromandel dificultaría enormemente la travesía. Tampoco esto arredró a nuestro astrónomo, que ni corto ni perezoso trasladó sus bártulos a bordo. Durante cinco semanas, el monzón sopló en dirección contraria y Le Gentil vio con resignada impotencia como se acercaba el día del tránsito, sin que se divisara tierra por alguna parte. Finalmente, el 6 de Junio, cuando se encontraba a 6° de latitud Sur y 87° E, observó el tránsito ¡desde la fragata! Para su desgracia, los balances del buque imposibilitaron cualquier clase de medida y su observación careció de valor científico.

Si el lector que haya llegado hasta aquí cree que Le Gentil retornó a Francia con la orejas gachas, se equivoca por completo. Nuestro astrónomo optó por aguardar ocho años a que se produjera el segundo tránsito, antes de regresar a Francia. Pero concibió una idea audaz: en vez de observar desde la India, donde la elevación del Sol al primer contacto iba a ser baja, se transladaría a las islas Filipinas. Como no había comunicaciones entre Pondicherry y Manila, optó por regresar a isla Mauricio, donde tuvo la suerte (por una vez) de encontrar un buque de guerra español, el navío de línea de 64 cañones “Buen Consejo”. Admitido a bordo por el comandante, Juan Caseins, Le Gentil zarpó para Manila, con la promesa de determinar la longitud geográfica de esta ciudad. Sin embargo, su estancia en aquella capital no fue placentera, pues aunque halló excelente acogida entre algunos intelectuales, sobre todo los de origen sudamericano, el gobernador español, José Raón, que había realizado trabajos en Portobelo y Panamá cuando era brigadier de los Ejércitos Reales, se sentía celoso de que un extranjero viniera a determinar las coordenadas geográficas de Manila y se mostraba hostil y despótico con el francés. Le Gentil rogó al comandante Caseins que en su próximo viaje a España le procurara un salvoconducto real (de Carlos III) y aunque éste se lo prometió, mientras tanto optó por volver a Pondicherry, esta vez en un barco portugués. La mala fortuna volvió a cebarse con Le Gentil, pues el día del transito llegó antes que el salvoconducto. Y aunque el tiempo había sido bueno en Pondicherry durante los días previos, el día del tránsito ... se nubló y no se vio desde ese enclave. Cuando ya no servía para nada llegó la carta de recomendación de Carlos III y entonces, Le Gentil se enteró de que el tránsito había sido perfectamente visible desde Manila.

La mala suerte de Guillaume le Gentil no concluye con el fallo de la observación. Cuando regresó a Francia, tras haber naufragado junto al cabo de Buena Esperanza, la Academia de Ciencias francesa le había dado por muerto y otorgado su sitio a otro científico, su administrador le había llevado a la ruina, su hacienda había sido robada repetidas veces y sus “herederos” se habían repartido la “herencia”. De todos modos, tanta mala fortuna había de concluir alguna vez, por lo que no es de extrañar que la Academia de Ciencias le creara un puesto especial, que contrajera matrimonio con una dama acaudalada y que llegara a formar parte de la nobleza. Y también tuvo la suerte de morir el 22 de Octubre de 1792, justamente antes de que estallara la revolución francesa y Robespierre proclamara aquello de ... “en los tiempos que corren es una vergüenza llegar a viejo”.

El tránsito de Venus de 1769 fue observado por el Capitán James Cook y el astrónomo Charles Green desde Tahití. Aunque su observación se llevó a cabo con toda pulcritud, el fenómeno de la gota negra impidió obtener tiempos exactos para determinar la cuerda sobre el disco solar. Y eso mismo ocurriría en las observaciones efectuadas en el siglo XIX, mucho menos apasionantes por haber sido efectuadas desde observatorios fijos. Por otra parte, las únicas cuitas que atormentaron a Cook, toda vez que había conseguido de los franceses un armisticio personal en la guerra que sostenían Francia e Inglaterra, fueron las de impedir que sus marinos, le desguazaran el Endeavour para obtener clavos metálicos con los que comprar los favores de las nativas. Pese a tanta placidez, durante el viaje de retorno Green y la mitad de la tripulación murieron víctimas de la disentería. De este modo demostraba funestamente el Universo su animadversión a revelar sus secretos.

* * *

Nuestra observación del 8 de Junio de 2004.

Quienquiera que haya tenido la paciencia de leer los párrafos anteriores, no albergará la menor duda de que observar el tránsito de Venus por el disco solar, aunque sea en el siglo XXI, cuando ya se ha determinado el valor de la Unidad Astronómica por procedimientos de alta tecnología muy diferentes a los de naturaleza óptica, es revivir una experiencia de interés histórico (que no científico) considerable, resucitando toda la carga nostálgica de la Astronomía dieciochesca, la que se practicaba con el ojo pegado al ocular del telescopio.

A esta llamada de la aventura romántica heredada de Halley, respondimos en todo el mundo docenas de miles de astrónomos aficionados y de profesionales sensibles a lo sentimental. Entre estos últimos, mis tres compañeros de la Estación Espacial de Villafranca, Fernando Rodríguez, José Vicente Perea y Ricardo Pérez, y quien escribe este relato, Alberto Martos, en la categoría de los aficionados. Sobre nuestros hombros sentíamos gravitar con todo su peso una bravata lanzada al resto de la plantilla de aquella Estación Espacial: nos las apañaríamos para transmitir a Villafranca, vía teléfono móvil (que aportó generosamente Leo Metcalf, Director de Apoyo Científico del Proyecto XMM), las fotografías del tránsito de Venus, tomadas al telescopio, para que desde allí se retransmitieran al centro que la Agencia Espacial Europea (ESA) posee en Holanda (ESTEC) y allá lo subieran a alguna página Web de ESA, de modo que todos pudieran seguir el evento en tiempo real desde su puesto de trabajo. Y no solamente los empleados de la Agencia, sino todo aquél que se conectara a tal página.

Esta propuesta, que en principio parece más lúdica que heroica, puesto que el lugar de la observación podría haber sido el terreno de la propia Estación Espacial de Villafranca (y entonces no hubiera hecho falta el teléfono móvil), fue convirtiéndose en pesadilla a medida que se acercaba el día del tránsito y el tiempo, por entonces soleado, amenazaba con la llegada de una borrasca colosal por el SE ¡precisamente el martes, día 8! Y los enclaves alternativos que habíamos buscado hacia el Este de la península (hacia el Meridiano 0º) y a buena altura (1400 m), para observar el primer contacto con el Sol a 7º de elevación y cielos limpios, resultaban menos favorecidos aún en los pronósticos. El síndrome de Le Gentil comenzaba a hacer mella en nuestro ánimo y el temor al ridículo ante la plantilla cosmopolita de la Agencia picaba nuestra honrilla patriotera.

Las pruebas efectuadas la semana anterior a la del tránsito demostraron que una única serie de imágenes tomadas con una cámara Web (la legendaria Tou Cam Pro de Philips), no conseguía contagiar al internauta la emoción del acontecimiento por la estrechez de su campo, que sólo mostraba un diminuto sector del disco solar. Lo normal era que quien lo viera se preguntara ¿qué cosa es esa? Por tanto, sería preciso enviar dos clases de imágenes, la de ángulo estrecho y una fotografía de ángulo ancho en la que se viera todo el disco solar y no diera lugar a dudas sobre la naturaleza de lo que se transmitía. Pero ésta solamente podría ser tomada con una cámara digital con óptica intercambiable, la Canon Eos 300 D, acoplada a un telescopio. Por tanto, harían falta dos telescopios, un reflector de 20 cm para la cámara Web y un refractor de 15 cm para la cámara Canon, ambos con sus monturas ecuatoriales y provistos de todos sus accesorios para la observación del Sol, así como de guías fotográficos.

A partir de entonces las pruebas de transmisión de ficheros gráficos consumieron todo el tiempo libre de los dos especialistas en informática. Se elaboraron scripts en lenguaje Linux para el manejo de los ficheros que proporcionaban los programas de manejo de ambas cámaras. Las pruebas demostraron que un único ordenador portátil que transmitiera una pareja imagen-foto cada 5 minutos y que archivara una foto cada 30 segundos, como era nuestra intención, no resistía las 6 horas del tránsito sin bloquearse eventualmente. Por tanto, hubo que disponer de dos ordenadores, uno con los programas de control de ambas cámaras y el script para manejo de los ficheros de fotos e imágenes (jpg) y otro con el programa de control del teléfono móvil. La experiencia vendría a demostrar el acierto de haber elegido esta configuración doble.

El día escogido para la partida del Equipo 1 de la expedición (dos personas), pues al Equipo 2 (las otras dos) le tocaba trabajar ese mismo día, el domingo 6 de Junio, aún no había sido posible ensayar la comunicación desde los telescopios hasta ESTEC, una prueba que en el argot de la Agencia recibe el nombre de end-to-end (de cabo a rabo). Sin embargo, era imperativo partir en busca de un buen observatorio con tiempo suficiente para instalar la Estación Astronómica y efectuar desde ella una observación del Sol el día anterior (el lunes, día 7), para conocer bien el acimut e identificar el limbo por donde entraría Venus.

Al material citado anteriormente, telescopios, monturas, accesorios, ordenadores portátiles y teléfono móvil, hubo que añadir una cámara convencional provista de un teleobjetivo de 900 mm (3x300), para efectuar las tomas dobles necesarias para conocer la orientación del Sol en las medidas paralácticas, unos prismáticos de 20x70 para poder observar el tránsito mientras los telescopios estuvieran ocupados, un receptor GPS para averiguar las coordenadas del punto de observación, gafas para eclipses y algunos otros bártulos necesarios para una expedición de cuatro días. Afortunadamente disponíamos de una caravana capaz de albergar toda esta parafernalia y seguir siendo habitable, que convertimos en observatorio volante con alojamiento para cuatro astrónomos. En el último momento se unió a la expedición un colega de la Agrupación Astronómica de Madrid, Francisco de Paula, aportando su cámara de video y sus dos telescopios Schmidt-Cassegrain.

2004-06-06. El Equipo 1 listo para largar amarras, levar anclas y zarpar. Para ver la foto de mayor tamaño cliquear en la misma.

El observatorio volante “zarpó” de Madrid hacia las 11:00 de la mañana del domingo, día 6, rumbo SSO, en demanda de mejores cielos que los pronosticados para el centro de España. El primer puerto de recalada se había fijado en la ciudad de Mérida (la Emerita Augusta natal del general hispanorromano Máximo Décimo, de la película Gladiator). Previamente, se habían cursado instrucciones de encuentro en Trujillo a Francisco de Paula, que, sin caravana acuestas, navegaba mucho más rápidamente desde otro origen y en otro vehículo. A partir del encuentro sería el matalote de popa. Por el camino hicieron su aparición los primeros heraldos del frente nuboso que se aproximaba: los cirros. El lapso de espera en Trujillo se aprovechó para degustar migas con torreznos, especialidad de los artífices culinarios de aquella localidad. Tras los postres, convertidos en dos los vehículos y en tres los ocupantes, el observatorio volante reanudó su singladura rumbo SSO, cruzando los dedos para que las nubes que se veían por el Este no llegaran hasta Mérida.

La arribada a esta ciudad se realizó sin novedad e inmediatamente se procedió al reconocimiento del camping. El navegante obtuvo las coordenadas del lugar mediante el GPS y el piloto las introdujo en el programa Guide, obteniendo que el acimut solar al orto era 245°. Rápidamente se echó un bote al agua y una tripulación de desembarco irrumpió en el recinto brújula en mano, en busca de un punto adecuado para establecer la Estación Mérida, ante el estupor de los campistas que hacían cola frente el mostrador de recepción para abonar su tarifa y volver a casa. El resultado del reconocimiento fue decepcionante: ningún asentamiento del camping reunía condiciones para la observación del acimut ENE. Si se deseaba ver el Sol al amanecer, era preciso transladarse a un camping de montaña. Echando mano de la Guía de Campings de España, descubrimos uno no muy lejano, en la provincia de Sevilla. Pero el pronóstico ... ¿otra vez el síndrome de Le Gentil?

Haciendo sonar la sirena que anunciaba la partida, levamos anclas de Mérida y navegamos rumbo ESE, hacia un lugar denominado El Ronquillo, donde se encontraba el camping de montaña “Sierra Brava”. Por el camino vimos formarse más y más nubes de evolución diurna, que hacían presagiar a los más optimistas que la visión del tránsito de Venus estaba tan comprometida como la de Mercurio del año anterior, que ninguno de los expedicionarios habíamos conseguido observar. Por fin arribamos al camping “Sierra Brava”, que afortunadamente se halla lejos de la población. Al tratar de repetir allí la operación de reconocimiento, la tripulación de desembarco fue interceptada por el servicio de vigilancia, que adustamente le increpó por no haberse registrado previamente. Unas cuantas explicaciones técnicas y la muestra del material astronómico estibado en la caravana, bastaron para convencer a los guardianes de nuestra buena intención y trocar su hosco semblante en otro más amigable.

Tras obtener el permiso para el reconocimiento, toda la tripulación procedimos a explorar el camping, que al ser de montaña, estaba aterrazado. Brújula en mano dimos con una terraza desocupada que, asomada a una ladera, ofrecía unas condiciones excelentes para la observación del acimut solar (ahora 240º), pero el camino de entrada estaba tan en pendiente, que si el acceso con la caravana era peligroso, la salida sería imposible. En este punto, los empleados del camping, que ya se habían convencido de nuestras buenas intenciones, intervinieron ofreciéndonos un “remolcador” (un vehículo todo-terreno) para retirarla cuando quisiéramos. Dicho y hecho, atracamos en aquel varadero de tan buenas perspectivas.

Era ya tarde cuando terminamos de asentar la caravana, por lo que decidimos posponer la instalación de los telescopios para después de la cena (que no deseábamos perdernos después de un día tan ajetreado). Así, mientras tanto se haría de noche y podríamos orientar las monturas a la Estrella Polar. ¡Incautos! Al anochecer no se veía una sola estrella en todo el cielo. ¿Le Gentil? Pero no nos desanimamos (lo mismo que él) y orientamos los telescopios con la brújula bajo la ingenua esperanza de retocar la orientación al día siguiente, mientras seguíamos al Sol naciente. ¡Infelices! El lunes, día 7, amaneció tan nublado que fue imposible ver el Sol. ¿Y ahora, qué? ¿Íbamos a correr la suerte de Le Gentil?

Ávidamente consultamos en Internet el pronóstico del tiempo (www.theyr.net). Una tremenda borrasca iba a cubrir todo el centro de la península y sus aledaños se extenderían hasta enlazar con otra que se iba a formar sobre el Estrecho de Gibraltar. Sarcásticamente, Galicia, la región más verde de España (ahora 800 km al Norte de nuestra posición), quedaría libre de nubes. Y también la costa occidental de Portugal. Un Consejo de Guerra celebrado con toda rapidez para decidir hacia dónde ir, dejó claro que había dos opiniones contrapuestas: una hacia el Este (Murcia) y otra hacia el Sur de Portugal. Para dirimir la cuestión civilizadamente, el Consejo se transformó en plebiscito democrático: dos votos hacia Portugal contra uno hacia Murcia. Pero antes había que desmontar los telescopios, volver a embarcar toda la “Estación Sevilla” en la caravana y solicitar el “remolcador” para sacarla a la carretera.

Hacia las 10:30 de la mañana re-emprendíamos la navegación rumbo al SSO, o sea, hacia el Cabo de San Vicente. Una llamada telefónica del Equipo 2 nos informó que habían salido esa madrugada de Madrid rumbo a Mérida, donde aguardarían nuevas instrucciones para saber hacia dónde dirigirse. A la llegada a la frontera de Portugal, en Ayamonte, averiguamos que debido al campeonato europeo de fútbol, se habían arbitrado medidas de seguridad que nos podrían producir algún retraso. Mientras comíamos en dicha ciudad, volvimos a consultar el pronóstico del tiempo: ¡las nubes cubrirían incluso el Sur de Portugal! La sombra de Le Gentil se palpaba ominosamente en el aire de aquel comedor. Los postres transcurrieron entre lamentaciones por no haber tomado el camino de Murcia (cuyo pronóstico era igual de adverso) y el sombrío recuerdo de la fallida observación del tránsito de Mercurio el año anterior.

La única región cuyo pronóstico había sido siempre satisfactorio era la de Lisboa. Pero en Ayamonte nos encontrábamos a unos 400 km de distancia, o sea, a unas 5 horas debido a la caravana y a que debíamos circular por carreteras estrechas hasta alcanzar la autopista A2, lo que significaba que llegaríamos a Lisboa demasiado tarde para buscar un buen observatorio, acampar y montar los telescopios, pues ¡el tránsito era a la madrugada del día siguiente!

Era preciso tomar una decisión crucial y ésta se basó en el conocimiento de que la ciudad de Setúbal (ver mapa) no se asoma al Atlántico, sino al estuario del río Sado que queda al Sur y que al SO, frente al complejo turístico Troia, existe un camping desde donde el horizonte NE está libre porque da a dicho estuario. Dicho y hecho, llamamos al Equipo 2 y los dirigimos a Setúbal.

Mapa del sitio de Setúbal donde se desarrolló la actividad. Para ver la imagen de mayor tamaño cliquear en la misma.

El paso de la frontera fue rápido, una vez que aseguramos a los aduaneros que en la caravana no viajaban inmigrantes. No obstante el retraso se produjo cuando, buscando el enlace de la autopista antes de entrar en la ciudad de Albufeira, recibimos una llamada de Villafranca: en ESTEC quieren hacer la prueba de transmisión de imágenes end-to-end y nos piden que enviemos alguna precisamente ahora, para subirla a la página Science & Technology de la Agencia. El copiloto, deja de copilotar y se dispone a transmitir algunas imágenes. Debido a la marcha, el enlace telefónico es muy variable, pero desde Villafranca, Jorge Fauste (el promotor de la idea de transmitir las imágenes del tránsito en tiempo real) insiste en hacer la transmisión, preocupado por la falta de la prueba final. Al perder al copiloto, ahora convertido en paparacho, perdemos el rumbo y comenzamos a dar vueltas por los alrededores hasta entrar irremediablemente en Albufeira con la caravana. Finalmente, tras una hora de callejeo y búsqueda que vuelve loco al navegante del matalote, encontramos la autopista y arrumbamos hacia el Norte. Son las 16:30 (hora de Portugal) y nos hallamos a 350 km de Setúbal, pero el cielo está despejado, ¿será posible?

Poco más tarde recibimos una llamada del Equipo 2. Han llegado al camping de Outao, en Setúbal, y desde la puerta divisan una nube de bruma sobre la ciudad, que afecta al horizonte NE del camping. Sin desfallecer lo más mínimo y valiéndonos de la Guía de Campings, les dirigimos a explorar otro situado más al Oeste, en la ciudad de Sesimbra. Sin más incidentes, hacia las 20:30 (hora de Portugal) atracábamos en el camping de Outao, donde no se veía una sola nube y solicitábamos permiso para practicar el reconocimiento de horizontes que ya hemos descrito. A nosotros no nos parecía tan preocupante la bruma que veíamos. Tomamos las coordenadas y hallamos el acimut: 240°. El Equipo 2 llama: el camping de Sesimbra es precioso y tienen buena visibilidad, salvo ... por una estribación montañosa que tapa el NE. Les pedimos que vuelvan a Setúbal.

La exploración del camping arroja un resultado increíble: el mejor lugar para observar es la cancha de balón-cesto. El segundo punto ventajoso sería junto al restaurante. Nos reunimos eufóricamente con el Equipo 2, que acaba de llegar, y solicitamos permiso para acampar en la cancha. Tras breves consultas se nos concede, pero resulta que la toma de corriente está fuera del alcance de nuestro rollo de cable de 25 m. Sin que nadie se lo pidiera, trabajadores portugueses encantadores aparecen en escena con otro rollo de cable más largo, con lo que se solucionan nuestras cuitas.

La “Estación Setúbal”. Para ver la foto de mayor tamaño cliquear en la misma.

Acampamos, nivelamos la caravana con el gato hidráulico y a las 23:00 (hora de Portugal), nos vamos a cenar al restaurante. Pero, aunque está abierto hasta las 24:00, cierra la cocina a las 22:00. Hay que cenar bocadillos. Tras el desencanto, nos dedicamos a montar los telescopios y a ponerlos en estación. La visión de la Estrella Polar nos anima más que nada.

2004-06-08 01:00. Puesta en estación de los telescopios. Para ver la imagen de mayor tamaño cliquear en la foto.

Mientras trabajamos, hacia las 00:35 T.U. sale la Luna (en Cuarto Menguante), como una señal favorable para nuestros anhelos. Perdemos algunos minutos en retratarla. Finalmente, hacia las 01:15 T.U., terminamos la tarea y nos vamos a la cama, sin tiempo para probar el seguimiento. El despertador se fija a las 04:30 T.U. (brrrr).

2004-06-08 00:35. Orto lunar en Setúbal. Para ver la imagen de mayor tamaño cliquear en la misma.

Cuando suena el despertador, nos levantamos como un solo hombre. Ya ha comenzado el alba y la Luna se encuentra alta, hacia el SE. Tras una breve ablución y sin probar bocado, nos dirigimos a los telescopios. Hay que instalar los filtros, los oculares (en los guías) y conectar los motores. El GPS indica que la salida del Sol será a las 05:11 T.U.

Mientras pasa el tiempo, preparamos los puestos de observación con sillas, mesas, pantalla y corriente para los ordenadores, etc. Advertimos la casualidad de que el tipo de la cámara Canon Eos coincida con el nombre griego de la Aurora de rosados dedos (Éos Rhododáktylos), que al enrojecer el horizonte nos marca el punto por dónde va a salir el Sol.

La Aurora de rosados dedos (Éos Rhododáktylos). Para ver la imagen de mayor tamaño, cliquear en la misma.

A las 05:11 no se ve ni rastro del Sol. Alguien maldice y protesta por creer hallarse en el lugar equivocado. Otro prefiere hablar de las galletas Chiquilín, que ahora tenemos tiempo de devorar y otros ponderan la buena posición de Portugal para establecer diferencias paralácticas máximas.

A las 05:15 aparece entre la bruma que ensucia el horizonte, el borde superior del limbo solar. ¡¡Ahí está el Sol!! Inmediatamente se apuntan los telescopios y comienza la secuencia de trabajo. Mientras, indiferente a toda nuestra obsesión rayana en la paranoya, un pescador transita con su barca, intrigado por nuestra actividad, nuestros aparatos y, sobre todo, nuestros gritos de entusiasmo, no siempre ceñidos al dictamen de las buenas formas. En nuestro interior, deseamos que no nos entendiera.

2004-06-06 05:18. Orto solar en Setúbal. Faltan 3 minutos ... Para ver la imagen de mayor tamaño cliquear en la misma.

La espesa bruma que cubre el horizonte hace que nuestros filtros de mylar resulten demasiado opacos. No se ve el Sol por ninguno de los telescopios ni por los prismáticos. Es preciso retirar un filtro y elegimos el del refractor, por estar atornillado el del reflector.

A las 05:18 es visible todo el limbo solar, que aparece muy achatado y enrojecido por la atmósfera terrestre, sobre todo por la zona menos elevada. Escrutamos el ángulo de posición 350, pero está demasiado obscuro para descubrir si ha ocurrido ya el primer contacto. Como las predicciones lo fijan a las 05:20:15, pensamos que estamos a tiempo de registrar este evento, aunque habrá que tratar las fotos con un procesador de imágenes para descubrir el mordisquito.

A las 05:19:16 comienza la secuencia frenética de fotografías de campo ancho. Se toman ocho fotos con intervalo de 30 segundos:

05:19:16
05:20:18
05:20:48
05:21:18
05:21:48
05:22:18
05:22:48
05:23:18

Pero solamente se transmiten a Villafranca la primera y la tercera. ¿Habremos pillado el primer contacto? No lo pillamos porque el primer contacto era el precio a pagar por habernos desplazado hacia el Oeste.

 

Imágenes superiores: Transmitidas 05:19:16 y 05:20:48. Para ver las fotos de mayor tamaño, cliquear en las mismas.

A las 05:23:18 el Sol se ha ido elevando paulatinamente y su luz resulta ya tan brillante que las fotos salen demasiado claras. Se decide volver a colocar el filtro de mylar. ¡Rayos!, ahora no se ve el Sol. En los cuatro minutos que van entre las 05:23:48 y las 05:27:18, las 8 fotografías salen completamente negras. De ellas, sólo transmitimos la de las 05:25:48.


Imágenes que se obtuvieron a las 05:23:18 y luego pudieron ser recuperadas trabajadas digitalmente. Para ver las fotos de mayor tamaño, cliquear en las mismas.

Hasta las 05:27:48 no conseguimos ver el Sol a través del mylar. Pero se trata de una visión muy deficiente que consiste en un globo rojo extremadamente tenue, en el que no se puede localizar la presencia de Venus. Para obtener fotos aprovechables habrán de transcurrir todavía dos minutos, a las 05:29:48. La primera que transmitimos fue la de las 05:30:48, pero toda esta serie salió desenfocada y hubo de ser corregida por medios informáticos (ajustando el contraste).

 

Imágenes superiores: Transmitidas 05:30:48 y 05:31:18. Para ver las fotos de mayor tamaño, cliquear en las mismas.

Mientras, la cámara Web no ha conseguido ver el Sol y las tres primeras imágenes que envía están completamente negras:

05:19:11
05:20:49
05:26:06

A las 05:31:30 conseguimos ver el resplandor del Sol con esta cámara, pero lo perdimos y no lo recuperaríamos hasta las 05:47:28, de modo que las imágenes de las 05:36:49 y de las 05:42:06 volvieron a ser negras..

Entre tanto, la manipulación de la cámara Canon para ajustar el tiempo de exposición y el foco, da lugar a que el Sol se desvíe del centro de la fotografía en las tomadas a las 05:31:48 y a las 05:34:19 (precisamente por el punto donde se halla Venus). Afortunadamente, a partir de las 05:31:18 se ve claramente que Venus no ha llegado aún al segundo contacto.

A las 05:39:49 se produce el segundo contacto, que solamente captamos con la cámara de campo ancho. Desgraciadamente, el programa transmitió la foto tomada un minuto más tarde, a las 05:40:49.

 

Imágenes superiores: Segundo contacto 05:39:49. A la derecha, el segundo contacto "maquillado”. Para ver la imagen de mayor tamaño, cliquear la foto de la derecha.

La cámara Web seguía sin conseguir el foco. Una vez localizado el Sol, en la imagen de las 05:47:28, se realizó un barrido hacia el limbo, que se detectó en la de las 05:52:47. Con el foco aún perdido, se realizó otro barrido al ángulo de posición de Venus, como registra la imagen de las 05:58:05. Finalmente se consiguió el enfoque a las 06:03:23.

A partir de ese momento, ambas cámaras funcionaron según la secuencia programada. La Canon cada 30 segundos y la Web cada 5 minutos. A las 06:20 retocamos el enfoque de la cámara Canon a instancias de Bruno Altieri (nuestro enlace humano en Villafranca), que llama desde esa Estación Espacial. El foco ahora es perfecto. La primera foto con el enfoque retocado se transmitió a las 06:24:49. Su pareja de campo estrecho era la de las 06:24:40.

 

Imagen izquierda: Transmitida 06:24:49 (gran angular). Imagen derecha: Transmitida 06:24:40 (ángulo estrecho). Para ver las imágenes de mayor tamaño cliquear en las mismas.

Aproximadamente a las 08:32 se bloqueó el programa de la cámara Web, pero no lo advertimos hasta pasados 4 minutos, al ver que no enviaba la imagen correspondiente a las 08:35:18. Por no interferir el hasta entonces buen funcionamiento, esperamos hasta ver si transmitía la siguiente imagen, o sea, hasta las 08:40:44. Como tampoco la transmitió, fue necesario reiniciar dicho programa. La siguiente imagen, a las 08:49:41, mostró que Venus se había salido del campo durante los 17 minutos que había durado el bloqueo del programa. Lo recapturamos mediante el guía fotográfico del reflector, de modo que la imagen de las 08:55:13 fue normal. El intervalo perdido fue de 20 minutos, o sea, de 4 imágenes.

Durante los ratos en que todo marchaba bien disponíamos de tiempo para observar el tránsito mediante prismáticos y gafas especiales para eclipses. Cuando la elevación del Sol hizo incómodos los prismáticos, recurrimos al método de proyección.

Venus sobre el Sol, al alcance de la mano. Para ver la imagen de mayor tamaño cliquear en la misma.

Vista del tránsito por proyección. Para ver la imagen de mayor tamaño cliquear en la misma.

Mientras tanto, la cámara Canon había seguido su tarea de tomar una foto cada 30 segundos. Sin embargo, la atención dedicada a la cámara Web repercutió sobre las fotos de las 08:32:51 y 08:33:21, en las que el Sol amenaza con salirse del campo. Afortunadamente lo advertimos a tiempo y pudimos corregir la deriva en declinación antes de la foto de las 08:33:51, en la que vuelve a estar centrado con el guía fotográfico del refractor. Por tanto, cuando un minuto más tarde, a las 08:34:51, se transmitió la siguiente foto a Villafranca, el error ya había sido subsanado.


Mientras todo va bien. Para ver la imagen de mayor tamaño cliquear en la misma.

El siguiente percance tuvo lugar a las 09:17, momento en el que se introdujo una sobrecorrección que sacó al Sol ligeramente fuera del campo en las fotos de las 09:18:21 y 09:18:51. Ninguna de ellas fue transmitida, ya que quedaban fuera del intervalo de 5 minutos (entre las 09:16:51 y las 09:22:22).

La última incidencia aconteció casi exactamente al ir a ocurrir el tercer contacto (¿Le Gentil?). A las 11:05 la transferencia falló:
ftp failure
y la imagen de las 11:05:17 se perdió.

La toma y transmisión de imágenes y fotos por medio de dos PCs. Para ver la imagen de mayor tamaño cliquear en la misma.

El uso de dos ordenadores, uno para la toma de fotos e imágenes y otro para el manejo de las comunicaciones, resultó una ventaja crucial, ya que las fotos de la cámara Canon no se transmitían, pero se seguían tomando. Sin embargo, las imágenes de la cámara Web que no se almacenaban, porque su programa únicamente las transmitía, aunque se tomaban, se iban a perder al no haber comunicaciones. La rápida intervención de los expertos en comunicaciones permitió salvar la imagen del tercer contacto, a las 11:06:26.

 

Izquierda: El tercer contacto en gran angular. Derecha: El tercer contacto en campo estrecho. Para ver la imagen de mayor tamaño cliquear en la misma.

A partir de ese momento fue necesario modificar el script para que las imágenes de la cámara Web se almacenaran en el disco duro, mientras se reiniciaba el ordenador de comunicaciones. De este modo, solamente se perdió la de las 11:11:56, ya que las restantes se almacenaron a partir de las 11:18:26 y así se pudo rescatar la salida del Venus del limbo solar.

Modificación del script en tiempo real. Para ver la imagen de mayor tamaño cliquear en la misma.

Una repercusión menor de este incidente fue que la foto de la cámara Canon correspondiente a las 11:20:23 quedó ligeramente descentrada, pero con Venus visible escapando del limbo.

El cuarto contacto tuvo lugar a las 11:25:22 y fue recogido por la cámara Canon un segundo más tarde, a las 11:05:23. La última imagen de la cámara Web fue tomada dos minutos antes, a las 11:23:10, cuando Venus ya casi no se veía en el disco solar.

Entre tanto, compañeros de Villafranca (Bosco Olabarri) nos comunican con alborozo que la transmisión de fotografías e imágenes ha sido buena y que en ESTEC, las han transladado a la página principal (Home) de la Agencia. ¡Qué maravilla!

El regreso a Madrid se realizó sin incidentes, salvo que al llegar, se nos notificó que el tiempo había sido bastante bueno y el tránsito se había visto bien desde casi toda España. Por tanto, los 2000 km que íbamos a recorrer eran innecesarios. ¡¡Le Gentil!!


Imagen superior: El grupo de izquierda a derecha, Fernando Rodríguez, José Vicente Perea, Ricardo Pérez y Alberto Martos. Para ver la foto de mayor tamaño cliquear en la misma.

Las fotografías personales que se pueden ver en esta nota, fueron tomadas principalmente por José Vicente Perea, habiendo intervenido Fernando Rodriguez, Rosa María del Rincón y Alberto Martos.

*Alberto Martos Rubio, escritor, Ingeniero Técnico de la Estación de Seguimiento de Satélites de ESA, en Villafranca (Madrid). Ha publicado la obra en 6 volúmenes Historia de Las Constelaciones editada por Equipo Sirius S.A. Madrid, España. Une a esto, sus vastos conocimientos astronómicos.

 

 

 
 
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