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Astronomía desde el Hemisferio Sur para todos
miércoles 28 de febrero de 2024 

Tiempo de lectura: 5:31 min.

Tragedias espaciales

por Antonio Sánchez Ibarra, Área de Astronomía - Universidad de Sonora (México)

 

Imagen: NASA

En este 2007 en que se cumplirá el primer medio siglo de exploración espacial, la semana que va del 27 de enero al 1 de febrero, trae tristes recuerdos para todos aquellos que participaron y actualmente participan en la agencia espacial americana NASA.

Este 27 de enero se cumplieron 40 años de la primera tragedia espacial del programa espacial americano. Estando dándose por inicio el programa Apolo para ir a la Luna de acuerdo a la promesa que había hecho el Presidente John F. Kennedy y concluidos los programas Mercurio y Géminis para aprender a maniobrar en el espacio, tres astronautas se preparaban para probar la nueva nave con capacidad para tres tripulantes.

Virgil I. Grissom, astronauta veterano de la primera generación, Edward White, primer americano en hacer una caminata espacial, y Roger Chafee, astronauta novato, llegaron a la plataforma donde se ubicaba el primer cohete Saturno I con la cápsula Apolo compuesta de dos módulos: el de comando y el de servicio.

Su objetivo esa mañana era el realizar uno más de los cientos de ensayos previos que se efectúan para el correcto cumplimiento del objetivo de la misión. Enfundados en sus trajes se introdujeron a la estrecha cápsula e iniciaron sus actividades, no sin antes tener problemas de comunicación con el centro de control.

Repentinamente, la voz de uno de los astronautas gritó "fuego", alertando al centro de control y los técnicos que se encontraban en la plataforma de lanzamiento, quienes de inmediato intentaron abrir la escotilla de la nave.

Desafortunadamente, bastaron sólo 17 segundos para que, en una atmósfera de oxígeno puro en el interior de la nave, los tres astronautas perecieran por asfixia además de sufrir varias quemaduras. La escotilla finalmente fue abierta mostrando la tragedia.

Esto obligó a modificar el módulo de comando con una atmósfera de oxígeno y nitrógeno, materiales no flamables y recubiertos especiales en todos los sistemas de cableado.

Serían 19 años y un día después, el 28 de enero de 1986, cuando sobrevendría la segunda tragedia espacial. Esa mañana inusualmente fría en el puerto espacial Kennedy, los directores de vuelo de los trasbordadores espaciales se aprestaban, bajo una fuerte presión gubernamental por cumplir con los calendarios de vuelo de las naves, a lanzar el trasbordador Challenger con siete tripulantes a bordo.

La tripulación estaba compuesta por el comandante Francis Scobee, el piloto Michael J. Smith y los especialistas de misión Judith A. Rednik (segunda mujer americana en el espacio), Greg Jarvis, Ronald McNair y Elison Onizuka.

El séptimo tripulante era muy especial, la maestra Christa McAuliffe. Era el primer civil que volaría en un trasbordador con el objetivo de dar clases desde el espacio sobre las condiciones de vida en la microgravedad.

Con los ojos atentos de millones de niños en Estados Unidos que seguían la transmisión especial de televisión, se inició el lanzamiento dentro de los procedimientos tradicionales. Sin embargo, a los 73 segundos y en pleno vuelo, sobrevino un gigantesco estallido que destruyó la nave en un espectáculo traumático.

La investigación posterior reveló que el haber lanzado el trasbordador con tales condiciones climáticas, favoreció para que uno de los anillos de unión en uno de los cohetes boosters de combustible sólido, se contrajera produciéndose una fuga que afectó directamente al tanque central de combustible hasta que finalmente explotó.

Tal situación provocó que los trasbordadores permanecieran sin volar más de dos años y muchas modificaciones en los mismos.

Diecisiete años y cuatro días después, el 1 de febrero de 2003, sobrevendría la tercer y última tragedia.

Ese día, después de exitosos quince días en órbita de la Tierra realizando múltiples experimentos científicos, la tripulación formada por el comandante Rick D. Husband, el piloto William C. McCool, el comandante de carga Michael P. Anderson y los especialistas de misión David M. Brown, Kalpana Chawla, Laurel Salton y el primer astronauta israelita Ilan Ramon, se aprestaban a retornar a la Tierra en el trasbordador espacial Columbia, el primero de la flota.

Transcurría el procedimiento normal en el centro de control de Houston y el centro espacial Kennedy donde ocurriría el aterrizaje. Repentinamente, los controladores de vuelo indicaron problemas en el tren de aterrizaje y comenzaron a notar perdida de datos de los sensores del ala izquierda. Cerca de las 7 de la mañana, la comunicación con los astronautas se interrumpió por completo. El aterrizaje, marcado a las 7:19, nunca ocurrió.

En cambio, noticieros y aficionados con sus cámaras comenzaron a ver surcar por el cielo no el punto brillante usual, sino muchos en una clara indicación de que el trasbordador Columbia se había despedazado. Un poco después, miles de fragmentos, incluyendo los cuerpos de los astronautas, cayeron en una línea de varias decenas de kilómetros sobre Texas y Loussiana.

Tal trágico suceso de inmediato fue asociado con la alerta que habían emitido varios ingenieros que, revisando los videos del lanzamiento habían detectado el desprendimiento de material aislante y el golpe que había producido en el ala izquierda de la nave. La advertencia, lamentablemente había sido desestimada.

La comisión que investigó la tragedia, después de manejar múltiples hipótesis, terminó autorizando un experimento donde un trozo de tal material fue disparado contra el ala de un trasbordador a la misma distancia y velocidad que había ocurrido durante el vuelo.

El resultado fue rotundo: Un boquete de más de un metro de longitud en el ala permitió concluir que lo mismo había sucedido con Columbia. Al estar ingresando en la atmósfera a su retorno, con la temperatura de 1700 grados centígrados que se genera por la fricción, el calor había comenzado por destruir el ala y finalmente descontrolar el trasbordador hacia su destrucción, en minutos que deben haber sido agónicos para los astronautas que se percataron de lo que ocurría.

De esa forma, 27 y 28 de enero y 1 de febrero de cada año, marcan las peores tragedias del programa espacial de Estados Unidos.

 

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