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sábado 01 de noviembre de 2014 
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 LA VERDADERA INFLUENCIA DE LA LUNA SOBRE LA VIDA EN LA TIERRA

 

Por Alberto Martos Rubio*
Alberto.Martos.Rubio@esa.int


Imagen superior: "Influencia" (infografía Silvia Smith).

Es bastante elocuente que la mayor parte de los augures que vaticinan desgracias como consecuencia del advenimiento de algún eclipse, fallan en anticipar las consecuencias funestas que suelen seguirse por desgracia, debido a causas que tienen explicación física. Ilustraremos este aserto con algunos ejemplos, para luego indagar tales razones.

El 11 de Agosto de 1999 unos veinte millones de turistas, entre los que abundaban astrónomos profesionales, aficionados, personas con inquietudes intelectuales y otras simplemente curiosas, abarrotábamos todos los recursos hoteleros del Norte de Francia. Otros tantos lo hacían en Alemania y no se cuantos más en Austria, Rumania, Hungría, Bulgaria, Turquía, la India, Pakistán e, incluso Irán. El cuartel general de la Agencia Europea del Espacio, establecido en Noyons, 40 km al Norte de París, estaba tan repleto de observadores, que yo me tuve que contentar con observar el fenómeno desde el camping de Salency, una pequeña localidad unos 4 km al Este de Noyons. Para disgusto de quienes nos quedamos en Europa occidental, el eclipse no se alcanzó a contemplar en toda su integridad, o no se pudo contemplar en absoluto. Desde Noyons nos perdimos el final del fenómeno. Mucha mejor suerte tuvieron aquellos a quienes sus recursos o su tiempo, les permitieron desplazarse lo suficiente para observar desde lugares de reconocida bonanza climática. De todos modos, el ambiente que se respiraba por todas partes era tan cautivador, que todos hacíamos votos para ir a observar el próximo eclipse ocurriera donde ocurriera.

Seis días más tarde, el 17 de Agosto, un tremendo terremoto (de magnitud 7,4) sacudía Turquía destruyendo la ciudad de Izmir, causando cuatro mil víctimas.

El 8 de Enero de 2001, varios miembros de la Agrupación Astronómica Madrileña hacíamos los últimos cálculos para observar el eclipse de Luna del día siguiente. Por desgracia, el mal tiempo impidió a casi toda España contemplar el eclipse. Sólo desde Canarias, Almería y algunos puntos de Murcia pudieron observarlo.

Cuatro días más tarde, el 13 de Enero, ocurría un gigantesco terremoto en El Salvador, de magnitud 7,6, que destruyó ciudades enteras (70.000 casas) y originó 704 muertos y 4.055 heridos.

Unos quince días después, el 24 de Enero, el grupo de especialistas en la Luna de la Agrupación Astronómica Madrileña y algunos compañeros de la Estación Espacial de Villafranca, nos preparábamos para observar una Neomenia (Luna joven) de 29 horas. Otra vez nos lo impidió el tiempo.

Tres días más tarde, el 27 de Enero, un terrible terremoto de magnitud 7,9 asolaba el estado de Gujarati, en la India occidental, produciendo cien mil muertos.

El 22 de Julio de 2002 un terremoto de magnitud 6,5 mató a 250 personas en Irán y dejó sin vivienda a otras 25.000. El 90% del territorio fue afectado por el seísmo.

Dos días más tarde, el 24 de Julio, aconteció un eclipse parcial de Luna.

El 25 de Septiembre de 2003 otro terrible terremoto de magnitud 8,3 afectó a la isla de Hokkaido, en Japón. Afortunadamente, dadas las excelentes condiciones antisísmicas de las construcciones japonesas, sólo hubo que lamentar 245 heridos. Pero en esta ocasión no aconteció eclipse de Sol o de Luna, alguno. ¿No habría conexión lunar esta vez?

Ya en 2004, el 23 de Octubre un terremoto de magnitud 6,6 sacudió la isla de Honsu, en Japón, produciendo 33 víctimas mortales, 2.900 heridos y destruyendo 395 edificios y dañando a otros 3.473.

El 28 de Octubre sucedió un eclipse de Luna. En Madrid, las perspectivas de observarlo eran escasas porque aquel otoño resultó ser muy húmedo. Desde los primeros días llovió y llovió para solaz de labradores y compañías hidroeléctricas. Increíblemente, el cielo se descubrió media hora antes de comenzar el eclipse y la Luna permaneció visible justamente hasta el final del eclipse.

Sin embargo, el gran terremoto de magnitud 9 que provocó el tsunami del 26 de Diciembre de 2004, que arrasó el SE Asia causando la muerte a 280.000 personas, no estuvo ligado a eclipse alguno.

También, el 3 de Octubre de 2005 ocurrió el esperado y deseado eclipse anular de Sol que cruzaría la Península Ibérica de NO a SE, pasando por encima de Madrid. Situados en un camping, un grupo de astrónomos aficionados habíamos desplegado toda nuestra parafernalia para registrar la formación del anillo solar y producir un video. A los cinco días un terremoto destruía toda una región de Pakistán, causando cien mil víctimas.

Por último en 2006, cuando los expedicionarios a Libia para contemplar el eclipse total de Sol del 29 de Marzo, admirábamos la exótica ciudad berebere de Gadamesh, otro terrible seísmo de magnitud 6,1 privaba de la vida a 66 inocentes y hería a otros 1450 en Borujerd (Irán), dejando sin casa a 45000 personas de 330 pueblos (Wikipedia).

Y dos meses lunares más tarde, el 27 de Mayo, otro terremoto de magnitud 6,3 mataba a más de 6000 personas en Java y dejaba heridas a 36.000 más, destruyendo 136.000 viviendas y dejando sin techo a 1,5 millones de personas. Pero esta desgraciada isla se vería sacudida por otro tremendo terremoto de magnitud 7,7, que dejó 660 muertos, 330 desaparecidos y 51.500 desplazados (Wikipedia).

Uno no puede dejar de preguntarse, ¿existe alguna correlación entre los eclipses de Sol y de Luna y los terremotos? Y si se da tal correlación, ¿en virtud de qué fenómeno natural se produce? Pero al mismo tiempo, uno se da cuenta de que pisa un terreno resbaladizo, por cuanto admitir la relación causa-efecto entre eclipses y terremotos, sin acertar a explicar el mecanismo que las vincula, no es sino aceptar un planteamiento puramente astrológico, un albur que no deseamos correr.

Por otra parte, los mismos sucesos que he descrito revelan el acaecimiento de seísmos no relacionados con eclipses, como el del 25 de Septiembre de 2003 (en Hokkaido) y el que originó el terrible tsunami del 26 de Diciembre de 2004. ¿Cómo encajar ambas evidencias en un mismo marco fenomenológico?

Desde luego, a uno no le cabe duda de que la influencia lunar que mejor se manifiesta sobre la Tierra es la que origina las mareas, o sea, la gravedad. Dicho fenómeno, que está producido por doble partida, tanto por la Luna como por el Sol, bien que las mareas que origina este último sean dos veces menos vivas que las que levanta la Luna, consiste en la deformación del globo terrestre dos veces diarias, una bajo el paso del astro (la Luna o el Sol) por el meridiano del lugar (realmente 12 minutos más tarde) y otra unas doce horas después, al pasar dicho astro por el meridiano de los antípodas (con los mismos doce minutos de retraso). Aunque la marea afecta a toda la masa del globo terrestre, tanto la sólida, como la líquida y como la gaseosa, es más perceptible sobre la masa líquida, principalmente en los océanos. Un caso particular de la masa líquida a considerar es la masa viscosa.

Las mareas originadas sobre los puntos antípodas se denominan antimareas y se explican mediante la diferencia de atracción gravitatoria entre el punto sublunar y su antípoda y el subsolar y el suyo. Como esta diferencia (el diámetro de la Tierra) es muy pequeña en comparación con las distancias Tierra-Luna y Tierra-Sol, resulta que la altura que alcanza el agua en los casos de marea son muy parecidas a las que alcanza en los casos de antimarea.

Por otra parte, el retardo de 12 minutos se debe a la resistencia derivada de la fricción mecánica que sufren las aguas al elevarse y equivale a un arco de 3 grados en la rotación de la Tierra. Es decir, que tanto la Luna como el Sol, producen sendas perturbaciones dobles sobre puntos de la Tierra situados unos 3 grados al Oeste de los puntos sublunar y subsolar, respectivamente, y sobre los puntos de la Tierra situados 3 grados al Oeste de los antípodas de los mismos, respectivamente. Y como la Tierra está en rotación, los cuatro puntos se desplazan por la superficie completando un ciclo al día, a lo largo del cual las aguas alcanzan sus alturas máxima y mínima. Son, respectivamente, los momentos de pleamar y de bajamar.

La velocidad con que se propaga la onda de la marea lunar por la superficie terrestre es la diferencia entre la velocidad de giro de la Tierra (una revolución por día sidéreo) y la velocidad de translación de la Luna (una revolución por mes), lo que da como resultado 24 horas y 50 minutos. En el caso de la marea solar, la velocidad es la de rotación de la Tierra menos la de su translación (un año), esto es 24 horas y 4 minutos.

FIGURA II


Como muestra la Figura II, la fuerza de atracción gravitatoria de la Luna (en negro) origina el alzamiento de la masa de agua situada 3 grados al Oeste del punto sublunar (A). Como esta fuerza es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que separa al punto considerado del centro de la Luna, en el centro de la Tierra (punto O) es menor que en el punto sublunar y menor aún en el punto antípoda (B). En los puntos desviados del eje Tierra-Luna, la fuerza atractiva se manifiesta oblicuamente dando lugar a una corriente de marea (en rojo) que tiende a acumular el agua en el punto sublunar. En los puntos situados a 90 grados del sublunar, la corriente de marea es nula porque ambas fuerzas antagonistas se hallan alineadas. Por tanto, en ellos se produce la bajamar.

El resultado de todas estas fuerzas se puede obtener restándole a cada una el vector FO, o sea, la fuerza gravitatoria en el centro de la Tierra. Así, componiendo todas ellas con el vector –FO (en verde) se obtiene como resultantes la fuerza que origina la corriente de marea y de antimarea (ambas en rojo). Y se descubre que en el hemisferio antípoda la corriente de marea cambia de sentido y se convierte en corriente de antimarea que tiende a acumular el agua en el punto antilunar (B), dando lugar a la antimarea.

El mecanismo de las mareas solares es idéntico, salvo en que la intensidad del tirón gravitatorio es menor y, en consecuencia, la altura que alcanza el agua en la pleamar es algo menos de la mitad de la que provoca la marea lunar. Pero el desfase de 12 minutos (o 3 grados en el movimiento de rotación de la Tierra) se mantiene.

Naturalmente que, como la Luna gira alrededor de la Tierra doce veces más rápidamente que la Tierra alrededor del Sol (un mes frente a un año), las pleamares que origina la Luna se desplazan por la superficie terrestre con respecto a las pleamares que origina el Sol, de modo que cuando coinciden en las sicigias (el Novilunio y el Plenilunio), el efecto aumenta (mareas vivas) y cuando se hallan en cuadratura (en los Cuartos Creciente y Menguante) las pleamares provocadas por uno de estos astros tienden a compensarse con las bajamares producidas por el otro (mareas muertas). De este modo, el número total de mareas que se producen diariamente son dos de origen combinado, o mareas lunisolares.

También la posición relativa de la Luna, la Tierra y el Sol influye sobre la altura que puede alcanzar una marea. Dado que la Tierra es achatada, la mayor altura coincide con los pasos de la Luna y el Sol por el plano ecuatorial, circunstancia que favorece a los equinoccios de primavera y otoño.

Ahora bien, la altura a que se pueden elevar las aguas bajo el efecto del tirón gravitatorio combinado de la Luna y del Sol, depende además de la extensión oceánica en el sentido de la rotación terrestre. Cuanto más ancha en el sentido de los paralelos es la extensión de las aguas, mayor es la altura que pueden alcanzar por el gran aporte de líquido que suministra la corriente de marea, o marea horizontal. Por ello, donde la anchura del Océano Atlántico Norte es máxima, en el Canal de la Mancha (que separa Francia de Inglaterra), la pleamar alcanza sus cotas máximas de hasta 14 metros con respecto a la bajamar durante las sicigias.

Conviene advertir que la altura que alcanza la pleamar depende también de la forma de la costa y de la plataforma continental. Ello explica que las mareas puedan ser muy diferentes en lugares que se hallan en posiciones geográficas parecidas. En costa francesa son célebres las mareas equinocciales que aíslan del continente a la abadía del Mont Saint Michel (foto 33), al cubrir el istmo de acceso. Una leyenda popular afirma que el ascenso de las aguas es tan rápido, que ni un caballo al galope logra atravesar dicho istmo.

Foto 33. Le Mont Saint Michel

Cuando ocurre un eclipse de Sol o de Luna, además de la sicigia se da la circunstancia de que los tres astros se alinean, lo que favorece la altura de la marea porque el tirón gravitatorio combinado de la Luna y el Sol se hace máximo (es la suma de ambos). Si el eclipse de Sol es total (o sea, si la Luna no está muy lejos del perigeo), entonces la altura de la pleamar en el Mont San Michel puede llegar a ser de 15 metros. Tanta es la masa de agua que se encrespa que se ha montado una central maremotriz en esa zona.

Sin embargo, en otras épocas del año, durante la bajamar no se alcanza a ver el agua. Resulta pues, que las variaciones de la distancia Tierra-Luna, sea por alejamiento y acercamiento, o por alineamiento y desalineamiento, influyen considerablemente sobre la altura que puede llegar a alcanzar la marea. Por tanto, además de las sicigias, también son importantes los pasos de la Luna por el perigeo para predecir la altura de la pleamar.

En resumen, se puede establecer que la curva de variación de la altura de la pleamar presenta los 10 picos que detallamos en el Cuadro II:


CUADRO II
Factores astronómicos que influyen en la altura que alcanza la pleamar.

Sobre qué fenómeno ejerce mayor influencia, si el alineamiento o el acercamiento, no se puede establecer un criterio fijo por cuanto dependen respectivamente de la relación entre las distancias de la Luna al nodo y al perigeo, en cada caso particular. Pero por lo general, el acercamiento ejerce influencia más notable porque el efecto de la gravedad varía con el cuadrado de la distancia, mientras que el alineamiento simplemente introduce un coeficiente trigonométrico a la suma de la atracción lunar y de la atracción solar (cuyo efecto es la mitad).

Ahora que hemos planteado el efecto del tirón gravitatorio que ejercen la Luna y el Sol sobre la masa líquida de la Tierra, es menester que nos ocupemos del efecto sobre los restantes componentes de nuestro planeta. Entre ellos, el caso de la masa gaseosa, la atmósfera, es el más sencillo, por su parecido con el de la masa líquida. La atmósfera terrestre sigue un patrón de deformación parecido al que hemos descrito para los océanos, bien que siguiendo una pauta mucho más destacada, sobre todo la capa externa, o exosfera.


En efecto, la exosfera es la región de intercambio entre la atmósfera terrestre y el espacio interplanetario. Los gases rarificados que la componen se hallan en equilibrio cinético, es decir que la velocidad media a que se mueven sus moléculas es ligeramente inferior a la velocidad de escape de la Tierra a la altura de esta capa. De este modo permanecen adheridos al planeta, si bien las moléculas térmicamente más energéticas pueden desarrollar velocidades iguales o ligeramente superiores a la de escape y abandonar el entorno terrestre cuando dichas velocidades comportan una componente radial hacia fuera. Tales moléculas constituyen la materia que aporta la Tierra al medio interplanetario, cuya densidad está lejos de ser nula debido a esta fuga. A cambio, la Tierra recibe otros átomos y moléculas que se hallan diseminadas por dicho espacio, sometidos a las leyes de Kepler, así como radiaciones de alta frecuencia y partículas que viajan a velocidades relativistas, cuya interacción con los átomos y moléculas de la exosfera los ioniza, convirtiéndolos en un plasma frío. De este modo, es el campo magnético terrestre, más bien que la gravedad, el vínculo que determina sus trayectorias alrededor de la Tierra.

El efecto de la marea sobre este plasma es debilitar cíclicamente el campo gravitatorio terrestre, siguiendo las pautas que hemos recopilado en el Cuadro II. En virtud de este debilitamiento, el equilibrio dinámico que reinaba en la exosfera se modifica de modo que partículas menos energéticas consiguen ahora remontar el gradiente gravitatorio. En consecuencia, la exosfera se expande en dirección hacia el astro atractor y más átomos y moléculas logran escapar al espacio. Pero como el agente determinante para los iones es el campo magnético, la corriente de fuga es menos importante de lo que sería si la Tierra careciera de dicho campo. Por tanto, el efecto de la marea sobre la masa gaseosa es intensificar moderadamente el desgaseamiento de la exosfera.

Más sorprendente es el efecto de las mareas sobre la masa sólida de la Tierra, es decir, sobre la tierra firme. Por las mismas razones que hemos expuesto para la envoltura acuosa, el cuerpo rocoso de la Tierra está sometido a perturbaciones mecánicas de expansión en la cara sublunar y contracción en la cara opuesta. El efecto equivale a una onda vibrante de baja frecuencia que se propaga por la superficie a una velocidad que es la diferencia entre la velocidad de giro de la Tierra (una revolución por día sidéreo) y la velocidad de translación del astro considerado (un mes para la Luna y un año para el Sol). Como antes, el efecto combinado de ambas perturbaciones es una marea doble lunisolar de período medio 24 horas y 50 minutos.

Al ser menos elástica la masa rocosa, la amplitud de la deformación es mucho menor que en la masa líquida. Desgraciadamente, esta deformación no se puede medir directamente, ya que al hallarse el observador sobre la superficie que se deforma, carece de referencias. De la misma forma, un marino en alta mar no puede medir directamente la altura de la marea, ya que tampoco dispone de indicaciones. Pero se puede averiguar experimentalmente. Y esto es lo que hizo el físico A. Michelson a principios del siglo XX (además del experimento de la constancia de la velocidad de la luz). El resultado de su experimento (un micro-océano de 150 m de extensión) fue que la marea sobre la tierra firme es el 31% del efecto combinado. Es decir, que en una marea de 75 cm, como las que se dan en mar abierto (aquí seguimos a George Gamow, en su “Un Planeta llamado Tierra”), la marea sobre la tierra firme es de ¡33 cm! Y este alzamiento de suelo es tan imperceptible para el observador como la elevación de 75 cm del nivel del mar para el nauta. Y ni que decir tiene que ni uno ni otro pueden percibir que la deformación total ha sido de 108 cm.


Dos perturbaciones de 33 cm de amplitud recorriendo la superficie terrestre con un período de 24 horas y 50 minutos (equivalente a que cualquier punto de la Tierra recibe una onda cada 12 horas y 25 minutos) no pueden dejar de tener importancia sobre el equilibrio isostático de nuestro planeta. Para analizarlo, debemos acudir al modelo terrestre que nos enseña la tectónica de placas.

Según este modelo (figura III), la Tierra es un planeta estratificado, formado por tres capas principales: la corteza, el manto y el núcleo. La corteza ocupa una extensión irregular, pues alcanza hasta unos 70 Km bajo los continentes y sólo entre 3 y 10 Km bajo el suelo oceánico. Se la considera dividida en corteza continental, formada por rocas graníticas ligeras en las que abundan los silicatos de aluminio (SiAl) y corteza oceánica, compuesta por rocas basálticas densas, ricas en silicatos de magnesio (SiMa). Gracias a esta diferencia la corteza continental (densidad 2,8 g/cm3) flota sobre la corteza oceánica (densidad 3,3 g/cm3). La corteza continental se extiende por el 45% de la superficie terrestre, ya que incluye las plataformas continentales, y se alza un promedio de 125 Km por encima del nivel del mar. La corteza oceánica queda bajo el nivel del mar, formando el suelo de las cuencas oceánicas, a profundidades que van de 2.500 a 6.500 m, excepto bajo las fosas tectónicas donde es mayor.


Figura III.- Sección del modelo tectónico terrestre.

Por debajo de la corteza se extiende una región de 2.800 Km de espesor llamada manto terrestre, en el que la elevada temperatura, debida a la presencia de materiales radiactivos, funde las rocas transformándolas en magma (o lava fundida). La diferencia de temperatura que existe entre la región inferior y la región superior del manto da lugar a corrientes de convección en el magma, que asciende caliente y desciende frío. Las corrientes de convección forman bucles a gran escala, o celdas convectivas, y a pequeña escala bucles mucho menores. Unos y otros bucles se detectan merced a las anomalías gravitatorias que se producen en la superficie, sobre las ramas ascendente y descendente de las celdas convectivas. A veces a través del manto emergen chorros de magma candente, llamados penachos, que forman focos de calor bajo la corteza y eventualmente pueden llegar a perforarla y aflorar en la superficie formando volcanes en la corteza continental y las dorsales meso-oceánicas en la corteza oceánica.

El núcleo terrestre se extiende desde 2.900 Km de profundidad hasta el centro de la Tierra (6.370 Km) y consta de una parte interna (el núcleo interno) sólida y rígida, que mide 1.200 Km de radio y puede estar constituido por hierro y azufre, y una parte externa (el núcleo externo) líquida que ocupa el resto del volumen y puede estar formada por hierro y níquel (NiFe). Las corrientes de convección en el material férrico del núcleo externo originan el campo magnético terrestre. De las medidas de la velocidad de las ondas sísmicas se deduce que la presión en el centro de la Tierra es de entre 1,3 y 1,5 millones de atmósferas, que la densidad es de entre 9 y 12 g/cm3 y que la temperatura puede estar entre los 4.000 y los 5.000° C. Esta temperatura tan elevada constituye la fuente de energía que alimenta el mecanismo tectónico.

Tectónicamente es más conveniente considerar la estructura exterior de la Tierra formada por la litosfera, o la capa fría y rígida de rocas más externa, que alcanza un espesor unos 100 Km (de 5 a 7 Km bajo el océano) y la astenosfera, o la capa caliente y plástica que yace bajo ella. La litosfera comprende entonces la corteza y la parte superior del manto, mientras que la astenosfera se reduce una la región de éste donde las rocas están parcialmente fundidas.

Debido a la emersión de chorros de magma caliente que la perforan, la litosfera se halla fragmentada en placas rígidas que flotan sobre el material fluido de la astenosfera. Una placa consiste en un fragmento de la delgada y densa corteza oceánica (SiMa), sobre la que puede ir cabalgando, o no, un fragmento de la ligera y gruesa corteza continental (SiAl). El tamaño de estas placas es igual al de la celda de convección que se haya situada bajo ellas.

Figura IV. Movimientos tectónicos.

La corteza oceánica se origina en las dorsales meso-oceánicas, o cordilleras submarinas por donde emerge el magma del manto que la produce y desaparece en las fosas de subducción, donde dicha corteza fría y densa se hunde en el manto. El sistema de dorsales corre por el centro de las cuencas oceánicas circundando el globo bajo el mar y alcanza una longitud de 59.000 Km.

Impulsadas por las corrientes de convección del manto (figura IV), las placas tectónicas se mueven horizontalmente unas con respecto a otras, a razón de unos 20 mm por año. Este movimiento fabrica y destruye la corteza oceánica y recicla la corteza continental, mediante el proceso que denominamos tectónica de placas. La corteza continental no se destruye, sino que crece en las zonas volcánicas de los bordes de las placas. Cuando dos placas se acercan y una de ellas se sumerge por debajo de la otra según un proceso llamado subducción, en estos bordes se destruye corteza oceánica, porque la placa que se sumerge en la astenosfera es siempre la oceánica, ya que la corteza continental flota sobre ella y no sufre subducción.

La figura V muestra una placa oceánica en subducción bajo una placa continental. Este movimiento encuentra fuerte resistencia por fricción entre los bordes de ambas placas, de modo que se traban. Pero como el crecimiento de la corteza oceánica en la falla de ensanche de la dorsal meso-oceánica, empuja a la placa oceánica a continuar la subducción en la astenosfera, se produce acumulación de tensión tectónica en la zona de trabamiento y se eleva la temperatura, con lo que los materiales volátiles de esta región se funden y ascienden a la superficie produciendo vulcanismo.


Figura V. Fenómeno de subducción de la placa oceánica bajo otra continental.

Cuando la tensión tectónica acumulada en la zona de fricción sobrepasa la resistencia que opone el rozamiento entre ambas placas, se produce un resbalón y la placa oceánica se desliza un trecho haciendo vibrar a la placa continental. Este resbalón se manifiesta en la superficie como un terremoto, que puede venir acompañado de la aparición de fallas en la zona de juntura entre las placas.

¿Cómo afecta a este modelo dinámico el fenómeno de las mareas lunisolares? Evidentemente, cuando la tensión tectónica acumulada en el borde de las placas es alta y está próxima a la ruptura, la onda de marea sobre la tierra firme, que produce una elevación media de 34 cm, alivia la presión en la zona de trabazón y puede contribuir a adelantar el resbalón (o sea, el terremoto) que, de todos modos, habría acabado por ocurrir más pronto o más tarde.

Si en estas circunstancias tiene lugar una sicigia o un eclipse, entonces la marea lunisolar alcanza uno de sus máximos, con lo que el esfuerzo que efectúa para destrabar las placas es mayor. Sin embargo, si no existe acumulación de tensión tectónica entre las placas, la marea lunisolar por sí sola no alcanza a producir seísmo alguno. Ahora bien, comoquiera que el efecto de la marea sobre la placa en subducción es acumulativo y se repite cada 12 horas y 25 minutos, no es necesario que el seísmo coincida con la pleamar, sino que el tirón gravitatorio puede alcanzar intensidad suficiente para vencer la fricción y destrabar las placas, durante un intervalo discreto anterior o posterior a la sicigia.

Si este razonamiento es acertado, entonces deberíamos ser capaces de encontrar una relación, no sólo entre los terremotos y los eclipses, sino entre los terremotos y cada uno de los diez puntos de marea máxima que hemos establecido en el Cuadro II. Pero por atractiva que pueda parecer esta idea, desgraciadamente son tantos los seísmos que se producen a diario en la Tierra (millares) y que registran los observatorios sismológicos de todo el mundo, que uno puede demostrar todo lo que quiera echando mano de ellos. Siempre es posible encontrar un seísmo en cualquier fecha y a cualquier hora, que se acomode a la tesis de trabajo que uno trate de exponer. Por tanto, es preciso proceder con circunspección, si se desea ser creído.

Nosotros hemos optado por filtrar tanta abundancia de datos escogiendo para la estadística solamente los seísmos más fuertes que se hayan registrados en cada año. Aunque pueda parecer que así se pierde gran evidencia, porque acaso hayamos descartado movimientos de tierra de baja intensidad originados por la Luna, si aceptamos que la marea lunisolar únicamente puede desatar terremotos en los puntos donde se haya acumulado fuerte tensión tectónica, entonces cabe esperar que los seísmos subsiguientes revistan cierta importancia, por lo que creemos no perder información relevante con este filtro. De todos modos, con el fin de disponer de datos menos sesgados hemos ampliado el registro de evidencias a cuarenta años, para lo que hemos fijado el comienzo en 1966.

Un segundo factor aleatorio que es preciso establecer con cautela es el que se deriva de adoptar el criterio para juzgar hasta cuántos días de retraso o adelanto con respecto a la sicigia, al eclipse, o al perigeo, se puede atribuir la causa de un terremoto a la marea lunisolar sobre la tierra firme. Evidentemente, las fases de la Luna se suceden con una frecuencia suficientemente alta para que siempre haya un plenilunio o un novilunio al que imputar el origen. Así lo hemos aplicado al principio de este apartado, donde hemos atribuido a ciertos eclipses la paternidad de seísmos ocurridos hasta 6 días más tarde. En adelante y para reducir la ambigüedad, aún a costa de renunciar a vincular los eclipses citados con los terremotos subsiguientes, hemos reducido la “ventana de asignación” de seísmos a efemérides a unos pocos días. En general hemos adoptado el criterio de que dicha ventana de asignación abarque un rango de entre -5 y +5 días.

Por último, la base de datos que nos ha parecido conveniente consultar, dentro de las que pueden ofrecer tan largo registro de eventos, es la del Servicio Geológico de los EE.UU. (el United States Geology Survey, o USGS) y con ella hemos construido la Tabla XVI, en la que los datos en negrita corresponden a los sucesos que confirman nuestra predicción. En tales casos, la relación se da entre factores en negrita situados en la misma fila.

La descripción del contenido de la Tabla XVI es como sigue:

La columna 1 indica el año.
La columna 2, las estaciones de nodos de tal año (las fechas en que la Luna pasa por los nodos), que en algunos casos son tres.
La columna 3, la fecha de los terremotos de mayor intensidad a partir de la magnitud 7 en la escala de Richter. Cuando un año (como 1967) no registra eventos de esta categoría, entonces hemos tomado como límite la magnitud inmediatamente inferior (la 6). Cuando hay demasiados de este rango (como en 1996), entonces hemos puesto el límite más alto para facilitar la selección.
La columna 4, la magnitud del terremoto en cuestión.
La columna 5, la fase de la Luna, siendo en el Novilunio y en el Plenilunio. Para codificar la influencia de la sicigia hemos adoptado un criterio riguroso según el cual el valor de la fase debe cumplir la condición de estar comprendido entre 0,00 y 0,09 en el caso del Novilunio y entre 0,90 y 1,00 en el caso del Plenilunio.
La columna 6, la edad de la Lunación. Este dato es interesante porque es lineal, al contrario de la fase, que consiste en una función sinusoidal. Para no entrar en conflicto con la columna anterior, no hemos codificado la influencia de este dato y solamente lo exponemos como referencia.
La columna 7, los eclipses ocurridos en el año en cuestión, de Sol (S) y de Luna (L).
La columna 8, los pasos de la Luna por el perigeo, en la ocasión más cercana a cada uno de los eclipses de la columna 3.
Y la columna 8, el intervalo transcurrido entre el paso de la Luna por el perigeo y el seísmo, siendo positivo cuando el terremoto sucede al paso y negativo cuando lo precede.

El resultado que arroja la exploración de la Tabla XVI es elocuente. A pesar de los criterios restrictivos que hemos aplicado, un 72% de los 155 terremotos listados, o sea 112, están relacionados directamente con las efemérides lunares del Cuadro II.

Veamos a continuación algunos casos en que nuestra hipótesis está favorecida:

Cuatro de los cinco mayores terremotos que se registraron en 1978 tuvieron lugar cuando la fase de la Luna era Novilunio o Plenilunio . Dos de ellos, coincidieron con sendos eclipses de Luna, uno de los cuales ocurrió dos días después del perigeo. Y el quinto seísmo a los cuatro días del perigeo.

Los seis mayores terremotos que sacudieron la tierra firme en 1994 y 1995, ocurrieron durante sicigias. Además, en uno coincidió el paso de la Luna por el perigeo y en otro un eclipse de Luna.

En 2001, cuatro de los cinco terremotos mayores coincidieron con las sicigias, en dos de las cuales hubo sendos eclipses de Sol y de Luna y dos de los seísmos, junto con el quinto, con el paso de la Luna por el perigeo.

En 2004, cinco de los seis terremotos más violentos estuvieron sincronizados con las efemérides lunares, cuatro con las sicigias y uno de ellos, junto con el sexto, con el paso de la Luna por el perigeo.

Tabla XVI>>

En esta relación se puede incluir una erupción histórica, la del Vesubio del año 79 d. n. E., que arrasó las ciudades romanas de Pompeia (Pompeya) y Herculaneum (Herculano) y que nos ha sido registrada por el naturalista Plinius “el Viejo”.

La Tabla XVII muestra que en la fecha juliana del 24 de Agosto (que corresponde al 13 de Agosto en el calendario gregoriano), la fase de lunar era próxima al novilunio (le faltaba un día y medio) y la Luna se hallaba exactamente en el perigeo, cumpliéndose con ello dos de las condiciones más importantes del Cuadro II.

Pero la hipótesis que defendemos de la influencia de las efemérides lunares sobre la producción de terremotos en la Tierra, también se sostiene incluso si cambiamos el criterio de selección de estos fenómenos. Si en vez de elegir los cinco o seis mayores de cada año, optamos por considerar los mayores que se hayan producido durante un plazo determinado de tiempo determinado, por ejemplo, durante el siglo XX, vemos en la Tabla XVIII, que contiene los últimos diez mayores terremotos ocurridos desde 1900, que la tasa de cumplimiento de dicha ley es del 80%.

Tabla XVIII>>

Nos queda finalmente por considerar el efecto de la marea lunisolar sobre la masa viscosa de la Tierra, es decir, sobre el magma que compone el manto. La viscosidad de este magma depende de la temperatura, de modo que es tanto más fluido cuanto más cerca se halla del centro de la Tierra, o sea, en el manto inferior. Ahora bien, como hemos visto, el efecto de las mareas tiene origen diferencial, es decir que se produce por la diferencia de atracción gravitatoria sobre la masa de los elementos del hemisferio vuelto hacia la Luna y la masa de los elementos del hemisferio opuesto. Entonces, como el magma más fluido es el que ocupa menor volumen, es de esperar que las mareas que experimenta sean menores, porque la diferencia de distancias a la Luna entre puntos diametralmente opuestos del manto inferior, es menor que en la superficie de la Tierra.

Sin embargo, nosotros esperamos demostrar que, si bien es más pequeño, este fenómeno es ostensible, siendo su manifestación más clara las erupciones volcánicas. En efecto, hemos visto que tales erupciones se producen en los puntos de la superficie en que se suman las corrientes de convección de dos celdas del manto, formando un penacho que acaba por perforar la corteza y aflorar en la superficie, depositándose de manera más o menos violenta en forma de lava. Pero algunos de estos afloramientos se producen en las dorsales meso-oceánicas, o sea, en puntos invisibles para nosotros, que no nos permiten establecer estadísticas. Otros penachos afloran debajo de los continentes produciendo “focos de calor” (hot points) que sí son reconocibles porque se manifiestan mediante volcanes y seísmos.

Tal es el caso de los valles de fractura (rift valleys), como el que está escindiendo África desde el Mar Rojo hasta Mozambique, a lo largo de Etiopía, Uganda, Kenia y Tanzania. Los lagos Tanganika y Malawi (antes Niasa), cuyas profundidades rebasan los 1400 y 700 m, respectivamente, son en realidad fosas tectónicas que marcan su curso y su termómetro de actividad es una cadena de 20 volcanes, actualmente extintos, que se extiende de Este a Oeste, entre los que destacan el gigantesco Kilimandjaro, cuyo enorme cono de tres bocas formado por coladas superpuestas alcanza los 5.895 m de altura, el Kirinyaga (5.199 m) con otras tres bocas, Elgon (4321 m) también de chimenea múltiple y Ngorongoro (2400 m) llamado el “cráter de la Luna”.

Otro valle de fractura es el lago Baikal (el más profundo del mundo con 1600 m de profundidad), en Siberia, que realmente es una fosa tectónica de 636 km de longitud rodeada de restos de volcanes extintos, que se encuentra en expansión, como revelan los continuos terremotos que se producen en la zona y que acabará eventualmente por convertirse en un océano, escindiendo el continente asiático.

La explicación de este fenómeno es que los continentes no son estructuras permanentes de la Tierra, sino masas dispersas y aisladas en un planeta cubierto principalmente de agua. La tectónica de placas explica que las corrientes de convección del manto terrestre arrastran a las placas de corteza oceánica, sobre las que flotan los continentes, de modo que éstos derivan anualmente unos 20 cm por la superficie terrestre.

Por tanto, el aspecto que muestran hoy los continentes no es el misma que tuvieron en el pasado, sino que su distribución sobre la Tierra ha variado. Por otra parte todos los continentes se han ensamblado en un único supercontinente, o masa de todas las tierras, cada 500 millones de años. La última vez que esto ocurrió fue hace unos 225 millones de años, en el Triásico, cuando se terminó de ensamblar el supercontinente llamado Pangea, que estaba rodeado por el superocéano Panthalassa y por el mar de Tethys.

Pero Pangea no fue el primero de tales supercontinentes, sino que conforme al ciclo de ensamblaje y disgregación, hace 700 millones de años existió otro supercontinente. En efecto, de acuerdo con la información de que se dispone hoy, un supercontinente dura ensamblado 80 millones de años. Transcurrido este plazo, el calor que se acumula bajo la enorme masa de corteza continental, que es mala conductora, produce el abombamiento y rasgadura de la placa, formando un valle de fractura, o rift valley, como los que hemos señalado en África y Asia.

El calor acumulado bajo el supercontinente escapa por la sutura, originando un foco caliente bajo ella, al tiempo que los fragmentos de corteza se separan por efecto de las corrientes de convección y el magma que aflora en la superficie forma una dorsal. Se abre así una cuenca oceánica que se ensanchará disgregando el supercontinente en 40 millones de años.

El magma emergido se enfría en contacto con el agua y se hunde formando las laderas de la dorsal, mientras las inversiones del campo magnético terrestre imprimen su huella en el magma que se solidifica, permitiéndonos conocer su evolución. La convección aleja de la dorsal las zonas recién depositadas, que ganan en densidad a medida que se enfrían.

Al cabo de 160 millones de años el magma de la corteza oceánica lejana, que linda con los continentes, se enfría haciéndose más denso que el manto subyacente y se hunde en él, formando una fosa de subducción en la que desaparece. Con ello termina la expansión y comienza la contracción del océano, porque la fosa de subducción empieza a acercarse a la dorsal a medida que la corteza oceánica se va enfriando y subduciendo bajo la continental (que sigue renovándose).

En otros 160 millones de años los continentes se aproximan y vuelven a ensamblarse completando el ciclo. El último de estos ciclos empezó hace 180 millones de años, o sea, al final del Triásico, cuando Pangea comenzó a escindirse en dos continentes, Laurasia de Gondwana, por un valle de fractura (la fosa de Tethys) que se extendía desde Gibraltar hasta Borneo. Se abrieron los océanos Atlántico e Índico y la placa subcontinental de la India se separó de Gondwana, comenzando a derivar hacia el Norte. En su deriva cruzó sobre el foco de calor que derramó el basalto que forma la meseta del Decán, hasta que en el Oligoceno, hace 35 millones de años, colisionó con la placa continental de Asia y bajo efecto del choque comenzó a alzarse el Himalaya (que todavía está elevándose al ritmo de 1 metro por siglo, en el caso del Everest).

A cerca del efecto de las mareas lunisolares sobre los focos de calor que subyacen a la corteza oceánica no poseemos datos que podamos aportar como pruebas. Y en cuanto al que atañe a los focos de calor que subyacen a las corteza continental, su única manifestación está consignada indirectamente en las tablas de seísmos que hemos presentado más arriba, pues tanto los volcanes extintos que rodean el valle de fractura africano, como al lago Baikal, carecen de actividad desde tiempos históricos.

Sin embargo, esto no quiere decir que no dispongamos de evidencias volcánicas asociadas a las fases lunares, porque los volcanes que surgen en los bordes entre la placa oceánica y la continental, los que originan los materiales volátiles de la placa que se subduce, sí nos permiten establecer estadísticas entre sus erupciones y las fases lunares (vulcanismo inducido por subducción). Pero como en el caso de los terremotos, los eventos eruptivos son abrumadores y permiten “adaptar” su incidencia a la casuística que se desee. Por ello, hemos tomado como norma general citar las erupciones iniciales tras un período de inactividad más o menos largo y advertimos al lector que en este caso nos hemos conformado con registrar únicamente las pruebas que favorecen nuestra hipótesis, sabiendo que justifican solamente el 1% de las evidencias disponibles.

Hemos comenzado la estadística por el mayor volcán que existe en Europa, el Etna (foto 34), como acreditan sus 3350 m de altura, consignando las erupciones iniciales ocurridas durante un período de 10 años (Tabla XIX). Seguidamente hemos recurrido a otro volcán siciliano, el Stromboli (en las islas Lípari), de 900 m de altitud, cuyas emisiones, aún siendo perennes, son menos frecuentes que las de su hermano mayor. Y, por último, hemos incluido unos pocos casos del gran Kilauea (Hawaii), de 1.277 m, el monte St. Helens (EE. UU.), de 2.549 m, y el Pinatubo (islas Filipinas), que tuvo una vez 1.745 m, pero que después de la erupción del 15 de Junio de 1991 se ha quedado en 1.600 m.

Foto 34

El volcán Stromboli, situado en el archipiélago de las islas Lípari (o Eolias, al NO de Sicilia), se halla en un estado de erupción intermitente con intensidad moderada desde hace 2000 años. Se le ha llamado “El Faro del Mediterráneo”.

El volcán Mauna Loa pasa por ser el más alto del mundo y no por sus 4.170 m sobre el nivel del mar, sino por los otros 5.000 m que se yergue sobre la fosa de las Marianas.

El volcán Kilauea, junto con su vecino más viejo Mauna Loa, componen la pareja de volcanes más grandes del mundo. A ellos habría que añadir el volcán submarino Loihi, con el que ambos comparten la cámara magmática, bien que cada uno dispone de su propia chimenea. Kilauea es el volcán más activo del mundo y su última fase de actividad comenzó en 1924. La última erupción se inició en 1983 y todavía hoy (2006) está en curso, sin que exista indicio alguno de cuándo va a terminar ni de cuánto va a durar.

El Monte St. Helens era un volcán inactivo desde 1857, que recuperó su actividad el 20 de Marzo de 1980, cuando la edad de la lunación era de 3 días y se empezó a detectar temblores de tierra de intensidad moderada. El 25, la actividad aumentó a 47 temblores de magnitud 3, que produjeron fisuras en la cima y dos días después, el 27, cuando la edad de la lunación era de 10 días, sucedió la primera explosión, cuya magnitud fue pequeña. La explosión más devastadora tuvo lugar el 18 de Mayo, como resultado de una intrusión reciente de magma, ¡cuando la edad de la lunación era de 4 días y hacía 6 del paso por el perigeo!

El volcán Pinatubo (1600 m) pertenece a una cadena arqueada de volcanes que se conoce como el Arco Volcánico de Luzón. Este arco corre paralelo a la costa Oeste de la isla y corresponde a la zona de subducción de la fosa de Manila. La erupción del 15 de Junio ocurrió después de 460 años de inactividad. Los primeros síntomas de actividad surgieron el 2 de Abril, 3 días después de que la Luna pasara por su fase de plenilunio. Pero la explosión más violenta, la más energética de todas las ocurridas en lo que iba de siglo (mayor que la del Monte Saint Helens) comenzó exactamente con el novilunio del 12 de Junio y 1 día antes de que ésta llegara al perigeo.

Como en el caso de los terremotos, hemos indicado la correspondencia entre las erupciones volcánicas y las fases lunares por medio de letra negrita.

TABLA XIX>>

La relación entre los fenómenos tectónico y astronómico también se cumple cuando se reducen las evidencias a las cuatro mayores erupciones que causaron el 70% de todas las víctimas que ha habido en el mundo desde el siglo XIX. La Tabla XX muestra el resultado:

Con estas evidencias cerramos este ciclo de “la verdadera influencia de la luna sobre la vida en la tierra”, con la esperanza de haber despertado el interés del lector sobre la fenomenología de base científica, no auspiciada por “razones paranormales”.

*Alberto Martos Rubio, escritor, Ingeniero Técnico de la Estación de Seguimiento de Satélites de ESA, en Villafranca (Madrid).


 
 
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