Buscar en este sitio
 
Astronomía desde el Hemisferio Sur para todos
INICIO
CONTACTESE
lunes 25 de septiembre de 2017 
Secciones
Servicios
 
Taller
 
Multimedia
 
Consejos
Herramientas
Eventos
Archivos
 
Ayuda
 
 
 >> NOTAS
 DOS HISTORIAS DE ECLIPSES: “De la Ciencia a las historias negras”

 

DOS HISTORIAS DE ECLIPSES: “De la Ciencia a las historias negras”


Por Alberto Martos Rubio*
Alberto.Martos.Rubio@esa.int

 

Imagen superior: "Devorando el Sol" (pastel Silvia Smith)

Introducción a la historia reciente

La Historia demuestra que casi siempre que ha acontecido un eclipse, fuera de Sol o de Luna, los astrólogos han aprovechado el evento para echar las campanas al vuelo, prediciendo alguna catástrofe para la Humanidad. Luego, una vez obtenido el provecho del augurio a costa de los crédulos, han guardado silencio cuando sus pronósticos no se han cumplido. Pero solamente han permanecido callados hasta que los astrónomos han predicho el advenimiento de otro fenómeno astronómico (p. e., la aparición de un cometa), para volver a la carga como verdaderos pájaros de mal agüero.

Recuerdo muy bien el caso del cometa Kohoutek (1973f), porque tuvo lugar en 1973, cuando volaba el ingenio norteamericano llamado Skylab. Yo trabajaba entonces en la Estación Espacial para Vuelos Tripulados que poseía NASA en Fresnedillas, cerca de Madrid. La Estación Apolo, así llamada porque pertenecía a la red MSFN (Manned Space Flight Network), que junto con otras dos Estaciones gemelas, una en Goldstone (California) y otra en Honeysuckle Creek (Australia), componía la red de estaciones de alcance lunar que debía vigilar los vuelos del Proyecto Apolo a la Luna, con sus antenas con platos de 26 m. Además de estas tres “estaciones lunares”, la red MSFN contaba con un par de docenas de “Estaciones para Órbita Terrestre”, cuyo cometido era el seguimiento de estos vehículos durante su vuelo orbital alrededor de la Tierra, con sus antenas con plato de 9 m.

 

 


Imagen superior: dibujos del astronauta científico Edward G. Gibson de los cambios de aspecto del cometa Kohoutek a su paso por el perihelio el 28 de Diciembre (el día de los Inocentes) de 1974 (Credit photo NASA).

 



Imagen superior: astronauta científico Edward G. Gibson, autor de los esquemas del cometa Kohoutek, trabajando en el pupitre de mando del observatorio solar (Credit photo NASA).

Pero en 1973 el Proyecto Apolo ya había concluido, acuchillado por la Administración Johnson. Los 21 vuelos a la Luna proyectados en un principio habían sido rebajados a 17, el último de los cuales fue el Apolo 17, el único en el que viajó un científico (el geólogo Harrison Schmitt), y ahora volaba el laboratorio Skylab, portando un equipo de 4 telescopios para observar el Sol en todos los rangos del espectro electromagnético: el Apollo Telescope Mount (ATM). Pues bien, todo este arsenal astronómico estaba listo en Diciembre para observar el paso rasante por el perihelio de un cometa descubierto por el astrónomo Lubos Kohoutek ese mismo año. Era la primera vez que se iba a poder observar el paso por el perihelio de un cometa rasante, es decir uno de los que pasan a corta distancia del Sol, como había sido el Ikeya-Seki en 1965.

Los astronautas de Skylab vigilaron a Kohoutek durante su paso por el perihelio, detectando la formación de la anticola (un fenómeno normal debido al efecto de “velocidad cero” con respecto al Sol, que se produce allí). La coma iba envuelta en una nube de hidrógeno atómico de radio tres veces mayor que el de la Tierra. El 28 de Diciembre (¡qué casualidad!) fue observado justamente después de pasar por el perihelio, cuando se hallaba a 120 millones de kilómetros de la Tierra, acercándose a 400.000 Km/h. La coma de Kohoutek medía entonces 96.000 Km de diámetro (8 veces la Tierra), de lo que se esperaba que desarrollara una cola de 160 millones de kilómetros, con la que barrería nuestro planeta. Cálculos apriorísticos predecían que visto desde ella brillaría con magnitud -6 y que la cola cubriría un tercio del horizonte.


Imagen superior: el laboratorio espacial SkyLab (tullido, porque le falta un panel solar que se le arrancó durante el despliegue en órbita) orbitando la Tierra. El ATM es el módulo que parece llevar la hélice de un helicóptero. Realmente son paneles solares que suministran energía eléctrica al observatorio solar (Credit photo NASA).

Al conocer esta noticia, astrólogos de todo el mundo se desgañitaron a vaticinar el fin de la vida. Kohoutek era un monstruo bíblico que devoraría la Tierra. Un tal Moisés-David inundaba Madrid de panfletos en los que aseguraba haber “computado” la orientación de la cola durante el paso por el perihelio y el punto de convergencia recaía en un signo zodiacal funesto. No cabía duda de las calamidades que aguardaban al género humano. Desgraciadamente, nadie corrigió aquél estulto urdidor de patrañas enseñándole que, de haber calculado realmente tal orientación, el punto habría tenido que ser el propio Sol, ya que desde tiempos de Séneca se sabe de los cometas que "comae radios solis effugiunt" (“las cabelleras huyen de los rayos del Sol”, pues cometa significa “estrella con cabellera”, la cola).

NASA había desplegado todo un arsenal de medios para estudiar el tránsito del cometa más importante, después de Halley en lo que iba de siglo. La sonda interplanetaria Mariner X, a la sazón rumbo a Venus, se encontraba en excelente posición para retratar al cometa desde una perspectiva insólita (desde “detrás” del Sol), apta para producir el efecto estereográfico con las tomas que hicieran los astronautas del Skylab. Pero para desilusión de todos los astrónomos y rabieta de los astrólogos, el 5 de Enero de 1974 la sonda Mariner X encontró un Kohoutek 50 veces más débil de lo esperado. Tan depauperado estaba, que cuando pasó junto a la Tierra fue invisible a simple vista. ¿Qué le había ocurrido al “monstruo que iba a devorar la Tierra”? Que para decepción de unos y otros, había sucumbido bajo el tirón desmembrador de la marea solar. En efecto, su perihelio quedaba a tan corta distancia del Sol (0,14 U.A., frente a las 0,587 U.A. a que cruzaría Halley), que no pudo resistir el esfuerzo diferencial de la fuerza de marea y se desvaneció. Los astrónomos explicaron el caso y reconocieron haber sobrevalorado la cohesión material del cometa. Pero de los astrólogos no se volvió a oír nada.

Los eclipses han sido también campo abonado para la astrología. Dejando a aparte los que describí en la “Historia de las Constelaciones”, voy a relatar aquí dos casos que están relacionados como el eclipse anular de 2005. Surgieron durante el estudio que hice de los ciclos de repetición de los eclipses, como los saros, exeligmos e inex, tratando de averiguar cuánto tiempo había transcurrido desde que sucedió otro eclipse parecido en España.

Historia de dos eclipses

Recapacitemos que para que se produzca un eclipse de Sol son precisas dos condiciones: que la fase de la Luna sea el Novilunio y que ésta se halle cerca de uno de sus nodos. Por otra parte, la clase de eclipse, anular o total, depende de una tercera condición: que la distancia de la Luna al perigeo se corta (como hemos visto en la figura I). Ahora, como las fases de la Luna se repiten cada 29,53 días (período sinódico), la Luna pasa por un mismo nodo cada 27,21 días (período draconítico) y por el perigeo cada 27,55 días (período anomalístico) se podría pensar que los eclipses se deben repetir siguiendo un ciclo cuyo período fuera múltiplo de los tres períodos sinódico, draconítico y anomalístico.

Pero las cosas son más complicadas debido a las perturbaciones gravitatorias a que someten a la Luna sus hermanos mayores, la Tierra y el Sol. Como resultado de tales perturbaciones, los elementos orbitales de la Luna son osculantes, o sea, que sus magnitudes experimentan oscilaciones de una revolución a otra. Además, los nodos sufren un movimiento de precesión, que se traduce en que la línea imaginaria que los une (la línea de nodos) gira retrógradamente (en sentido opuesto al del movimiento de translación de la Luna) con un período de 18,61 años y el eje de la órbita (y con él el perigeo) gira en sentido directo con un período de 8,85 años. Debido a ello, los ciclos de eclipses se reproducen con un período que comprende un número entero de ciclos de los tres períodos (sinódico, draconítico y anomalístico) y que, a su vez, abarca ciclos completos de precesión del nodo y del perigeo.

Este ciclo es el saros, que vale 18,03 años trópicos (de 365,2422 días), o 6585,32 días (18 años, 10 días y casi 8 horas) y fue descubierto por los astrólogos babilonios (quienes lo llamaron sar, palabra que los astrónomos griegos nos han transmitido como saros). Puede llamarnos la atención el hecho de que la longitud del ciclo compuesto, el saros, sea inferior a la del período de precesión del perigeo (18,61 años), que es uno de los ciclos imbricados en él, pero esto se explica teniendo en cuenta que el movimiento de la línea de nodos es retrógrado, por lo que el nodo “sale al encuentro”, o “precede” a la Luna y ello acorta la longitud del ciclo compuesto. Lo mismo pasa con el año trópico terrestre, que es ligeramente más corto que el año sidéreo, porque aquí también el equinoccio (el nodo terrestre) “sale al encuentro” de la Tierra, o la “precede”, debido a que su movimiento de revolución también es retrógrado. Por ello, Hípparjos (Hiparco), su descubridor, lo llamó “precesión” (de preceder).

Aunque los eclipses de Sol y de Luna se reproducen en condiciones muy similares cada vez que transcurre un saros, ello no quiere decir que los de Sol sean visibles desde una misma localidad terrestre. La razón es que si bien la Tierra y la Luna guardan las mismas posiciones orbitales con respecto al Sol, la rotación de la Tierra está adelantada casi 8 horas (unos 115º) con respecto al eclipse ocurrido 18 años antes. Estas 8 horas, junto con los 10 días enteros, son los decimales (0,03) del número de años que contiene un saros (18,03) y dan lugar a que dos eclipses de Sol pertenecientes a saros correlativos, tengan muy pocas probabilidades de ser vistos desde una misma localidad, porque no quede siquiera dentro de la zona de parcialidad del segundo eclipse. Esta posibilidad es mejor para los eclipses de Luna, ya que su zona de visibilidad abarca más de medio hemisferio terrestre.

Como esta fracción que incordia (0,32 días) está muy cercana a 1/3 de día, resulta evidente que se puede conseguir un ciclo de visibilidad para un mismo lugar, agrupando los saros de tres en tres. Este ciclo es el exeligmos, también descubierto por los astrólogos babilonios e importado a nuestra cultura por los griegos. Un exeligmos contiene pues 3 x 18,03 años, o sea, 54,09 años (o 54 años, 1 mes y 0,96 días) y garantiza de forma mucho mejor la visibilidad del segundo eclipse a un ciudadano longevo.

Pero se pueden formar ciclos más largos reuniendo más saros o mitades de ellos. Así, por ejemplo, el inex es un ciclo de un saros y medio, o 28,945 años trópicos (28 años, 11 meses y 10,95 días), cuyos eclipses se repiten sobre diferente nodo, una vez en el ascendente y la siguiente en el descendente. Al cabo de un inex la rotación de la Tierra casi coincide, pero la declinación de la Luna favorece al hemisferio opuesto a aquél que resultó favorecido en el ciclo anterior.

De la Ciencia a las historias negras

Siguiendo este proceder con el eclipse del año 2005 (ver Nuestra Observación), descubrí que está emparentado con el que ocurrió en 1900 mediante seis saros (105 años), aunque este eclipse anterior fue total y no anular. Así se explica que el eclipse de 1900 pertenezca al saros 126, en el que hace el número 12, mientras que, como hemos visto, el eclipse de 2005 (ir a Cómo se produce un eclipse anular) pertenece al saros 134 y hace el número 4. Pero ambos ocurrieron ¡en lunes! El Mapa III muestra la trayectoria de la totalidad, cuyo trazado se puede comparar con el de la anularidad que habíamos visto en el Mapa I (cálculo con el programa Eclipse Complete).

 

MAPA III

Sin embargo, no conseguí averiguar aportaciones astrológicas que mencionar sobre este evento. Lo más importante que he conseguido hallar ha sido que fue aprovechado por el insigne astrónomo francés Camille Flammarion (a quien la astronomía debe un gigantesco esfuerzo divulgador) para transladarse a España al objeto de observarlo en condiciones de buen tiempo garantizado. Se desplazó a la “pintoresca” (así la describe) localidad de Elche (Alicante) desde donde lo observó instalado en una “casa de campo cedida por el hospitalario alcalde” para narrarlo en su eximia Astronomie Populaire (de la que existe una edición en castellano editada por Montaner y Simón S.A., 1963). Aunque Elche, situada a la orilla del Mediterráneo, pudiera haber presentado dificultades de observación debidas a la bruma matinal, la hora de inicio del fenómeno (14:58) ocurría después del mediodía, cuando el Sol ya estaba en el hemisferio Oeste. Hoy podemos comprobar la rectitud de sus cálculos sobre la trayectoria de la totalidad, reproduciéndolos con nuestros medios. Los Mapa IVa y Mapa IVb (de contraste a elegir) nos muestran que Elche se hallaba exactamente en el centro de dicha trayectoria.

 

MAPA IVa (MAPA IVb para impresión>>)

Salta a la vista que la anchura de la sombra fue escasa (71 Km en Elche), por lo que la totalidad duró poco (1m 16s). La razón era que la Luna no estaba cerca del perigeo. El Diagrama VIII indica que la totalidad sucedió a las 16:13:12 T.U. y que, congruentemente, el tamaño angular del disco lunar era apenas superior al del disco solar. Los datos del eclipse para Elche están en la fila superior de la Tabla XV.

 

DIAGRAMA VIII

 

TABLA XV

Por la originalidad y el interés de su experimento sobre la coloración dominante de la cromosfera solar, doy paso al propio Flammarion (edición de Montaner y Simón S.A., págs. 149 y 150):

15:57. “La luz se debilita considerablemente y su palidez es a la vez extraña y siniestra. El paisaje toma una coloración plomiza y el mar parece más bien negro. Esta disminución de la claridad no tiene ningún parecido con la que observamos cada día al ponerse el Sol. Asume un tinte angustioso al que uno se acostumbra; con todo y saber que el fenómeno es un hecho natural, no deja de notarse una sensación opresiva. Se siente la proximidad inminente de un espectáculo extraordinario”.

En ese momento examinamos los efectos de los últimos rayos solares en los siete colores del espectro. Para estudiar el tono de la luz del eclipse había preparado siete grandes cartones pintados con cada uno de los colores del espectro: violeta, índigo, azul, verde, amarillo, naranja y rojo, así como la misma serie en telas de seda. Estos colores se colocaron en la terraza, a nuestros pies. Vimos desaparecer sucesiva y completamente los cuatro primeros colores: violeta, índigo, azul y verde, los cuales se volvieron sucesivamente negros en el orden descrito”.

Los otros tres se debilitaron considerablemente al llegar el obscurecimiento, pero siguieron siendo visibles”.

Señalemos que en un estado normal de cosas, es decir, por las tardes, ocurre lo contrario: el violeta queda visible más tarde que el rojo”.

Esta experiencia demuestra que la última luz emitida por un Sol eclipsado pertenece a las radiaciones amarillas y rojas. Tal es, por consiguiente, la coloración dominante de la atmósfera solar”.

Para encontrar otro eclipse emparentado con el eclipse que nos ocupa, del que se conocieran chismes astrológicos fue preciso que me remontara 29 saros, al año 1478. Fue merced a una colaboración con el Planetario de Madrid, como conocí la leyenda que rodea el advenimiento de este fenómeno, que recorrió la ciudad de Salamanca, la más célebre de las urbes españolas de aquella época por su Universidad, en la que trabajaban astrónomos eminentes, como el hispano-judío Abraham ben Zacut, o Zagut (Zacuto en para los hispano parlantes), autor de un Almanach Perpetuum.

El cálculo de este eclipse encierra para nosotros una dificultad más, ya que al haber acontecido antes de 1582, la fecha oficial, el miércoles 29 de Julio, pertenece al calendario juliano y no al gregoriano. No obstante, el programa Eclipse Complete acepta las fechas en ambos calendarios, si bien entrega siempre los resultados en el calendario gregoriano, aunque tal fecha corresponda, como en este caso, al calendario juliano. Así, al entregarnos los resultados para este eclipse, que hemos incluido en la fila inferior de la Tabla XV, nos cercioramos de que esa fecha hubiera correspondido en el calendario gregoriano (si hubiera estado en uso, aunque entonces no hubiera podido llamarse gregoriano), al 7 de Agosto. Es decir, que la fecha juliana llevaba 9 días de atraso y no se corregiría hasta que lo hiciera el Papa Gregorio XIII, en 1582, cuando dicho retraso era ya de 10 días, al contabilizar otro bisiexto en demasía (el del año1500).

El eclipse de 1478 fue también total y no anular, como el de 2005, pero el recorrido de la totalidad guarda un parecido tan grande con el anterior, que proclama a voz en cuello su consanguinidad. El Mapa V muestra la trayectoria de la totalidad por Norteamérica (entonces ignota para los europeos), el Atlántico, la Península Ibérica, el Mediterráneo, el Norte de África, el Mar Rojo y Arabia.

 

MAPA V

Pero si el mapa global de la trayectoria de la totalidad parece hermano del mismo mapa para el eclipse del 28 de Mayo de 1900, el mapa de la trayectoria de la totalidad por la Península parece hermano gemelo del mismo mapa del eclipse de 2005, con la salvedad de que este último ha sido anular. Los Mapa VIa y Mapa VIb, a elegir según contraste, prueban este aserto.

 

MAPA VIa (para impresión mapa VIb>>)

La semejanza entre estas trayectorias y las que representan los Mapa IIa y Mapa IIb, respectivamente, es asombrosa. Sólo la anchura de la totalidad, que aquí supera los 200 Km, delata que se trata de un eclipse distinto. El Diagrama IX indica el aspecto del eclipse en el máximo para Salamanca.

 

DIAGRAMA IX

Precisamente por el astrónomo hispanojudío Abraham ben Zacut (1450-1515), profesor de astrología (entonces la astrología y la astronomía eran una misma ciencia) en la Universidad de Salamanca, sabemos que el acaecimiento de este eclipse había sido predicho por otro astrónomo, el lusojudío Judah ben Verga (fl. 1455-1480), que trabajaba en Lisboa y era autor de unas Tablas Astronómicas ajustadas al meridiano de esa ciudad. Por tanto, era esperado, sobre todo por las personalidades cultivadas de esa ciudad.

Sin embargo, no todas las personas cultivadas de esa Universidad parecían ser cultas. Tenemos el ejemplo de otro profesor salmantino, Juan de Saldaya, quien describe el fenómeno en los siguientes términos: “Aconteció un horrible eclipse en el que se vieron todas las estrellas y del que se seguirán, entre otros grandes males, muertes de pontífices y de príncipes”.

¿Porqué vaticinaba este astrólogo desgracias precisamente al Papa y al príncipe? Este relato compone la segunda historia de eclipses que me proponía narrar. En el caso del Papa, la razón bien pudo ser la epidemia de peste que brotó en Italia precisamente en ese año de 1478, una plaga que ya había causado innumerables víctimas en 1464. ¿Iba a ser el Papa una de ellas?

Ocupaba entonces el solio pontificio Sixto IV (Francesco della Rovere, 1471-1484), una figura cuya conducta en la Historia resulta tremendamente controvertida. Para las Artes y las Ciencias se comportó como un auténtico mecenas, pues trajo a Roma a su maestro de filosofía, Johannes Argyropoulos (1410-1490), al gramático judeo alemán Johannes Reuchlin (1455-1522), experto en lenguas bíblicas (griego y hebreo) y quien llegaría a ser autor (en 1506) de una Gramática Hebrea que pondría esta lengua, hasta entonces ignorada, al alcance de los exegetas europeos para que pudieran interpretar el sentido del discurso bíblico en los juicios contra las herejías (también escribió sobre la Kabbala, De Arte Cabbalistica, pero esto es otra historia), y al astrónomo Johannes Regiomontanus (1436-1476, ignoro si sentía alguna predilección especial por los Juanes). En lo tocante al reino de las Artes, se rodeó de arquitectos y artistas, como el arquitecto Giovanni dei Dolci y los pintores Alessandro di Mariano Filipepi, mejor conocido por su pseudónimo Botticelli, el maestro de Raffaello Sanzio (Rafael), Pietro Perugino (1450-1523) y su otro discípulo Bernardino Pinturicchio (1454-1513), Domenico Guirlandaio (1449-1494), maestro de Michelangelo Buonarotti (Miguel Ángel) y otros. Respaldado por este elenco, acometió la obra de construir una Capilla que, en su honor, lleva el nombre de Sixtina y que maravilla a todos los visitantes del Vaticano. A la muerte de Sixto, la bóveda de la misma, que había quedado sin decorar, fue acabada por el irritable Michelangelo Buonarotti, quien terminó la obra en 1512, y quien celoso de que nadie viera su trabajo antes de que estuviera terminado, dio prueba de su genio al expulsar de la Capilla al propio Papa Giulio II (1550-1555), mientras trabajaba.

Imagen superior: En la capilla Sixtina la famosa pintura de Miguel Angel "El Juicio Final".(Imagen bajo licencia GFDL).

Frente a este palmarés artístico, Sixto IV tiene en su contra el nepotismo, la simonía y la política materialista. Inclinado a la pompa y los oropeles, fue el suyo un pontificado que rivalizó con los antiguos emperadores romanos en cuanto a despilfarro atañe. Para lograr el enriquecimiento de su familia recurrió al nepotismo, nombrando cardenales a ocho de sus sobrinos, alguno de los cuales todavía se hacía pis en la cama cuando recibió el birrete cardenalicio. Y para sufragar los enormes gastos que le deparaba la lujosa vida de sus allegados, se valió de la simonía, decretando que con dinero (pagado al Sacrum Negotium) se podía redimir almas del Purgatorio. Así se entiende que en 1480, cuando los turcos tomaban y destruían Otranto mientras el papa despilfarraba sus riquezas con sus familiares, la ciudadanía pontificia pensaba que “los verdaderos jenízaros son los sobrinos del Papa”.

Pero lo peor fue la injerencia política a que la defensa ciega de su familia le condujo. Tras la muerte de Pietro Riario, su sobrino preferido que falleció a los 28 años (sospechadamente debido a excesos mundanos), trató de conseguir para Girolamo, hermano de Pietro, la Señoría de Imola, una ciudad sede episcopal, situada estratégicamente cerca de Florencia (y que finalmente sería incorporada a los Estados Pontificios por Cesare Borgia). La razón era que Girolamo estaba casado con Catharina Sforza (duquesa de Milán), y ésta conspiraba para derrocar a la familia Medici, regente de Florencia, quizá siguiendo el ejemplo de su padre, el condottiero Francesco Sforza, que había derrocado a la familia Visconti y se había nombrado a sí mismo Duce de Milán. Con ello Catharina olvidaba el pacto que su padre había subscrito con el duque Cosimo di Medici, a quien le había costado una fortuna el armisticio con Francesco, a quien además había nombrado Condottiero de Firenze. Pero por otra parte, como los Medici eran los banqueros administradores de las finanzas papales, Lorenzo di Medici (“el Magnífico”), al conocer las sospechosas intenciones del pontífice, trató de influir en los banqueros de Roma para que no le prestaran a Sixto los 40.000 florines que necesitaba para arrendarle el cargo al duque de Milán, mas éstos, que eran sus contrincantes mercantiles, revelaron al Papa la pretensión del “Magnífico” y Sixto, rabioso, retiró a los Medici la administración de las finanzas pontificias en favor de los banqueros romanos y nombró obispo de Pisa a Salviati, miembro de una familia rival de los Medici.

El resultado fue la guerra civil entre los Estados Pontificios, Nápoles (entonces perteneciente a la corona de Aragón) y Siena, contra Florencia, Venecia y Milán. Consecuente con la consigna de que “en la guerra y en el amor todo está permitido”, Sixto no dudó en sumarse al intento de asesinato de Lorenzo en la catedral de Florencia, el 26 de Abril de 1478, perpetrado por Salviatti durante la celebración de la Misa de Pascua (cuando Lorenzo y su hermano Giuliano se arrodillaban antes de la consagración). Lorenzo logró salvarse del ataque refugiándose en la sacristía, pero Giuliano murió apuñalado ante el altar. Afortunadamente la multitud apoyó a los Medici y Salviatti acabó colgado de una ventana del Palazzo Vechio vistiendo todavía su suntuoso atuendo episcopal. Finalmente, a falta de otros medio de extorsión y en vista de que los florentinos se negaban a entregarle a Lorenzo, Sixto recurrió a la estratagema de excomulgar a Florencia, pero sin resultado.

En cuestiones de política internacional, Sixto IV presionó a los reyes de los estados europeos para que instituyeran el Tribunal de la Inquisición en sus reinos. En la España tricultural de aquella época, aquello acarrearía una desgracia irreversible. La Bula Papal fue concedida a los Reyes Católicos precisamente en 1478 (¡vaya año!) y éstos, que otras veces habían mostrado firmeza ante los requerimientos pontificios en asuntos geopolíticos, acataron sin rechistar la implantación de este artero organismo de represión intelectual, cuyo modus operandi era de una eficacia contundente, pues, además de ser sus veredictos inapelables, no precisaba testificación documental para incoar sus expedientes contra los supuestos herejes, sino que bastaba con una simple acusación, sin pruebas, de un delator anónimo, para levantar un atestado judicial secreto en el que no se contemplaba el derecho a Habeas Corpus para el detenido (a ser oído por el juez antes de la detención). Y el cuerpo del delito podía estar constituido por la simple sospecha de que el delatado era proclive a lo “novedoso”. Por ello hoy es lícito atribuir a los Reyes Católicos el estigma de haber sembrado el germen de la decadencia intelectual de España, al plegarse a esta exigencia pontificia amparadora de la Sancta Ignorantia.

Este es el poco recomendable curriculum del personaje que ocupaba el solio pontificio cuando se produjo el eclipse en Salamanca y este es el contexto en el que creo que es preciso enjuiciar la proclama de Juan de Saldaya. El Tribunal de la Inquisición resultará nefasto para los profesionales de la Universidad, acostumbrados a trabajar con documentos de procedencia no cristiana (griega a través de traducciones árabes). Un censor eclesiástico situado detrás de cada profesor de aquella Universidad, para comprobar si hay anatema en aquello que enseña al alumnado, era una amenaza potencialmente letal para dicho docente. Letal en el amplio sentido de la palabra, porque las medidas coercitivas que el Santo Tribunal pondría en práctica con ánimo disuasorio, podían ocasionar la muerte del “hereje”. Por esta razón, yo creo ver en dicha proclama más un deseo que un vaticinio para el autor de aquella medida, auspiciado por la plaga de peste que se había desatado en Italia ese mismo año.

Sin embargo, para aceptar este criterio es preciso explicar porqué incluyó Saldaya al Príncipe entre las posibles víctimas de la influencia fatídica del eclipse, entendiendo por tal Príncipe a Fernando II de Aragón y V de Castilla, “el Católico” (quien era conocido por este título, como parece que prueba Maquiavelo en su obra titulada así precisamente, en la que le examinó ética y moralmente). La explicación más lógica es que Saldaya fuera partidario de Juana la Beltraneja, quizá la verdadera heredera de la Corona de Castilla que ahora ostentaba Isabel “la Católica”. Aunque carezco de documentos que prueben esta suposición, me baso en que el principal apoyo que encontró en España esta heredera destituida, procedía del reino de León, al que pertenece la ciudad de Salamanca. Pero, si al Papa le acechaba la peste, ¿qué clase de mal podía amenazar a Fernando, en un momento en que Castilla y Aragón se habían aliado? Para entender esta eventualidad conviene analizar otros aspectos del pontificado de Sixto IV.

En su actuación pastoral, Sixto IV fue sagaz al intuir el avispero que acechaba a los misterios Marianos de la doctrina cristiana, cuyo origen extrabíblico (ni la Trinidad, ni la naturaleza de Cristo, ni la concepción inmaculada de María, ni su posterior virginidad, están consignados con “claridad absoluta” en las Sagradas Escrituras, sino que son interpretaciones a posteriori de los Padres de la Iglesia) daba pie a disparidad de criterios. Así, extirpadas en los quirófanos conciliares las herejías sobre la naturaleza de Cristo (las cristológicas) aparecidas durante la Alta Edad Media, surgían en la Baja interpretaciones distintas de la condición de María (las herejías Marianas), que terminarían en la Edad Moderna con las 95 Tesis luteranas. ¿Nació María libre del Pecado Original? ¿Conservó la virginidad durante toda su vida, o solamente hasta la concepción de Cristo? ¿Qué pintaba entonces la figura de San José, el Padre Putativo de Cristo, en aquel berenjenal inextricable?

El asunto de la amnistía del Pecado Original a María había sido ya declarado Dogma de Fe en el Concilio Ecuménico de Laodicea, en el año 363, pero la ambigüedad axiomática del texto bíblico seguía dejando resquicios para que los exegetas discreparan sobre la materia, habiéndose formado dos facciones, los maculistas, que sostenían la versión literal expuesta por San Alberto Magno de que “en Adán todos pecaron”, bien que la Virgen fue purificada al resultar escogida como Madre de Cristo, y los inmaculistas, que eximían a María ya desde su concepción por Santa Ana. En 1476 la disputa estaba enconada en la propia Roma, entre el dominico Vincenzo Bandelli (maculista) y el franciscano Francesco de Brescia. Sixto saltó al ruedo dogmático dispuesto a agarrar al toro maculista por los cuernos, instituyendo la festividad de San José, el 19 de Marzo y la de la Inmaculada Concepción, el 8 de Diciembre, nueve meses antes de la fiesta de la Natividad, que es el 8 de Septiembre.

Se cerraba así un anatema que venía coleando desde varios siglos atrás, sobre si María era realmente la Madre de Dios (Theotókos) o solamente la Madre de Cristo (Jristotókos), como había propuesto en el siglo V el patriarca Nestorio de Bizancio (para quien la naturaleza de Cristo no era divina), siendo condenado en el Concilio de Éfeso (431). También en el Concilio de Calcedonia (451), San León I “el Magno” se había pronunciado del modo siguiente:

“Si alguien no confiesa que hay dos nacimientos de Dios Verbo, uno del Padre, antes de los siglos, sin tiempo e incorporalmente; otro en los últimos días, cuando Él mismo bajó de los cielos y se encarnó de la santa gloriosa madre de Dios y siempre Virgen María, y nació de ella; ese tal sea anatema”.

De todos modos, el asunto de la Inmaculada Concepción de María no fue establecido como dogma de fe de la Doctrina Católica hasta el 8 de Diciembre de 1854, cuando el Papa Pío IX (1846-1878) expuso que:

“La bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de Pecado Original en el primer instante de su concepción”.

Pero quedaba pendiente el tema de la virginidad de María, cuyo enunciado (“siempre Virgen”) hemos subrayado en el párrafo de San León I “el Magno”. La postura general de los Padres de la Iglesia era que una vez concebida libre de la lacra original, María se había conservado “pura” al haber consagrado su virginidad a Dios. Y el papel de San José era el garante de dicha virginidad. Así, dos siglos después del Concilio de Calcedonia, el Papa Martín I (649-655) proclamaba en el Concilio de Letrán (649) la Virginidad Perpetua de María, mediante la fórmula:

“Antes del parto, en el parto y después del parto”. Y seguía aquella historia de que el Verbo salió del útero “puro” como el rayo de Sol por el cristal, sin romperlo ni mancharlo.

De este modo, María sería “inmaculada” no ya desde su concepción, sino durante toda su vida al no haber “conocido varón” (a San José se le conocería a partir de entonces como “el casto”). Ante esta postura de los padres de la Iglesia uno no puede dejar de preguntarse, ¿a qué tanto empeño en cifrar el grado de pureza en la ausencia de contacto carnal? ¿Por qué es más “pura” una mujer que consagra a Dios su cuerpo estéril, que otra que le consagra los hijos concebidos según las normas establecidas por Dios para la preservación de la Naturaleza? ¿Simplemente porque aquélla “no ha conocido varón”? ¿Por qué la Iglesia distingue a una sola madre “pura” entre la tizne que mancilla a todas las restantes madres de la Humanidad, incapaces de concebir sin recurrir al coito? ¿Es propio de mujer concebir sin perder la virginidad? ¿Es propio de madre parir y continuar siendo virgen?

Realmente, al ensalzar en la Virgen aquello que la hace no-mujer, los adalides eclesiásticos cristianos no hacían sino revelar la falta de conocimiento sobre los asuntos de la Naturaleza que siempre les había caracterizado, quizá debido a su postura de espaldas a lo humano, que arraiga del misticismo medieval. Las ideas pacatas sobre que “lo carnal mancha” revelan una enorme falta de reflexión sobre el origen de todos los “puros”. ¿No se deduce que para que haya individuos “puros” (que no procreen), es preciso que previamente hayan existido “impuros” (que procreen, como San Joaquín y Santa Ana)? Entonces, si la pureza arraiga de la impureza, ¿es acertada tal idea de “pureza”? Voy a tratar de demostrar que esta idea de la “pureza” pudo haber ejercido cierta influencia en los acontecimientos que envuelven la Guerra de Granada, de cuyo desarrollo fue contemporáneo Juan de Saldaya.

A mediados de 1478, Fernando II de Aragón y V de Castilla (Fernando el Católico) envió a su embajador plenipotenciario, Juan Vera (Comendador de Santiago), a la corte del recién coronado amir Muley Ibn Hassan (Mulhacén para los cronistas castellanos), de la Dinastía Nazarí (o Nazrí) en Garnatha al-Yahud (Granada) para establecer el tributo de 1000 doblones de oro y 1600 cristianos liberados, o esclavos musulmanes en su defecto. Era el mismo precio de la paz que el Reino de Granada venía satisfaciendo a los reyes de Castilla y cuya renegociación había solicitado a Fernando el nuevo amir musulmán meses antes. Ibn Hassan recibió a la comitiva castellana con toda prosopopeya y esplendor en el palacio de al-Hambr (la Alhambra) pero, al conocer la inflexibilidad de las demandas del Rey Católico, les respondió orgullosa y desafiantemente:

“Decid a vuestros Soberanos que los reyes de Garnatha que pagaban tributo a la corona de Castilla, ya murieron. Nuestra Casa de la Moneda no se ocupa ahora de acuñar dinero, sino que en su lugar fabrica hojas de alfanje y puntas de lanza con que combatir a nuestros enemigos”.

Las crónicas de la época añaden que si bien el trato que había recibido la embajada castellana hasta entonces había sido extremadamente cortés, a su salida, cuando los caballeros cristianos contemplaban la famosa fuente de los leones, fueron importunados por algunos miembros de la familia Banu as-Sarrah (los Abencerrajes, familia principal de los musulmanes afincados en la península, cuya estirpe se remontaba a las primeras invasiones, es decir que después de siete siglos, se trataba de españoles de religión musulmana). Parece ser que el lance, que había comenzado como una infantil disputa acerca de los dogmas religiosos que sostienen ambos credos, terminó en altercado cuando se abordó precisamente el misterio de la virginidad de María.

Los castellanos no fueron capaces de “explicar” a los Banu as-Sarrah que aquella aparente sinrazón era un misterio orquestado nada menos que por la Santísima Trinidad, es decir que era un misterio substentado sobre otro misterio más impenetrable aún. Y como los musulmanes tomaran a burla tanto enredo dogmático, los cristianos se sintieron ofendidos en lo más recóndito de sus creencias, por lo que, a falta de mejores argumentos con que respaldar su doctrina, de Vera propinó un golpe con la espada envainada al burlón Ibn as-Sarrah (Abencerraje), lo que dio lugar a que los ánimos se caldearan. Sólo la hospitalidad árabe impidió que el agua de la fuente se enrojeciera y la comitiva castellana pudo franquear la Puerta de Elvira sin más contratiempos, pero el fantasma de la guerra había sido resucitado.


Imágenes superiores: Parte superior de lo que queda de la famosa Puerta Elvira. A la derecha, Fuente de los Leones en el interior de la Alhambra. (fotos Silvia Smith).

Fernando e Isabel (los Reyes Católicos) recibieron la noticia de la insurrección nazrí en Medina del Campo. Aunque le hubiese complacido la idea de contestar a Ibn Hassan en su mismo tono, Fernando hubo de contentarse con pronunciar la célebre frase:

“Yo arrancaré uno a uno los granos de esa Granada ...”

y luego callar. La razón era que en aquel año de 1478, la guerra civil entre Castilla y León, que había estallado tres años antes y en la que estaba implicado Portugal, pasaba por un episodio decisivo. En efecto, a la muerte del Rey anterior de Castilla (Enrique IV “el Impotente”), en 1462, el trono debía haberle correspondido a su hija Juana. Sin embargo, los nobles castellanos habían rechazado la candidatura de esta princesa alegando que su padre no había sido verdaderamente el rey estéril, sino su valido Beltrán de la Cueva. Por tanto, esta Juana no era una Trastamara (la estirpe real castellana), sino que era Juana la Beltraneja, una mujer de la nobleza, no de sangre real.

Pero, mira por donde, la madre de esta princesa tachada de bastarda, era hija del Rey de Portugal Alfonso V, quien viendo en las razones del rechazo un ultraje a su nombre, inmediatamente tomó partido por su nieta y decidió sostenerla apoyando militarmente al partido leonés que la proclamaba Reina de Castilla. Y si bien esta alianza había obtenido algunas victorias iniciales tomando las ciudades de Toro y Zamora y había coronado en Plasencia a Juana, fue derrotada en Toro por los castellanos. Refugiado en Portugal, Alfonso V trató de ganarse a Luis XI de Francia para su causa, quien finalmente se había decidido a atacar a Fernando en Vizcaya, sitiando la ciudad fronteriza de Fuenterrabía. Y aunque en 1478 el peligro de invasión había sido conjurado, la situación era muy delicada para Fernando, con enemigos al Norte (Luis XI), al Oeste (Alfonso V) y al Sur (Ibn Hassan).

Por tanto, el deseo de Juan de Saldaya, como leonés, podría muy bien haber sido que Fernando perdiera la guerra con Portugal y Alfonso V y los leoneses restauraran a Juana la Beltraneja en el trono de Castilla. Pero Saldaya se equivocó rotundamente, tanto en el caso de Sixto IV, como en el de Fernando “el Católico”. Sixto no contrajo la peste y vivió los suficientes años para excomulgar a toda Florencia en aquella guerra civil entre los Estados Pontificios, a la que ya me he referido. Y Fernando, tras fracasar el intento de invasión de Luis XI, firmó la Paz de Alcaçovas con Alfonso V y expulsó a Boabdil (Abu Abdalla, hijo de Muley Hassan) de Granada, en Enero de 1492. El horóscopo del salmantino, si alguna vez hizo alguno, estaba completamente equivocado. Además, no acertó a predecir la verdadera calamidad que le acaecería a España, cuando detrás de los Reyes Católicos entrara en Granada el cardenal Ximénez de Cisneros y lo primero que hiciera fuera mandar quemar las bibliotecas que quedaban en el reino nazarí. Millares de libros, no ya de sufíes, sino de filósofos, poetas, médicos, naturalistas, matemáticos, astrónomos, etc., arderían en la plaza de Bib Rambla, ante la mirada complacida de los conquistadores, pues aquellos manuscritos eran obra del demonio.

*Alberto Martos Rubio, escritor, Ingeniero Técnico de la Estación de Seguimiento de Satélites de ESA, en Villafranca (Madrid). Ha publicado la obra en 6 volúmenes Historia de Las Constelaciones editada por Equipo Sirius S.A. Madrid, España. Une a esto, sus vastos conocimientos astronómicos.

 

 
 
arriba