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lunes 25 de septiembre de 2017 
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 PASION DE MULTITUDES

 

 


Imagen: Cuento "Pasión de multitudes "(Infografía Silvia Smith).

PASION DE MULTITUDES (cuento)

 

Autor: Alejandro Dinamarca
Para comunicarse con el autor: aldinamarca@gmail.com

Su Blog: Senzatinta

 

Tengo que reconocerlo: el coro es mi vida. Y no digo esto desde la aspiración de algún vuelo poético de barrio, o desde algún lugar común del lenguaje popular, no: el coro es realmente mi vida. Vivo pensando en el coro, sigo domingo a domingo los conciertos por la radio —porque soy de los de antes, de los que nos gustaba escuchar los conciertos por Radio Nacional, o por el S.O.D.R.E. de Montevideo—, aunque a veces prendo la tele porque me gusta ver las túnicas, los movimientos del director y todas esas cosas, pero le bajo el sonido y pongo la transmisión de Radio Nacional, no hay nada mejor.

Cuenta mi vieja que el día que nací, mi viejo me enfundó en una tuniquita del glorioso Coro de la Dante Alighieri, —súper fanático mi viejo—. En casa todos seguimos al de la Dante. Bueh, todos, lo que se dice todos, no: Marisa, mi hermana menor sigue al del Instituto Goethe. Por contrariar nomás, de puro rebelde. Pero igual, las mujeres no entienden nada de coros. Ellas se enganchan nomás para los concursos internacionales, allí sí se ponen a hablar como si fueran López Puccio: que esa frase está mal respirada, que el tenor de la punta no empasta bien, que Bazzoli ya no puede cantar ni de barítono, y todas esas idioteces. Después termina el concurso y se olvidan de todo. Eso sí, si llegamos a ganar la dorada, salen a la calle a los bocinazos tres días seguidos, después sí se olvidan.

Mi pasión empezó desde chiquito. Ya a los dos años mi viejo me regaló el primer diapasón y todos se quedaron asombrados cuando canté a media lengua el Panis Angélicus. Le había dado al 440 justito, y demostré que tenía fibra.

Después vino la época de los amigos, de cantar en la vereda, o en el baldío de la esquina. No había diapasón que nos durara, y en esa época costaban un ojo de la cara. Casi siempre terminábamos haciendo uno con algún fierro templado que le mangueábamos a Don Rolo, el de la metalúrgica. El gordo Pepi, que era el hijo del capataz, siempre traía uno reluciente, pero donde se cabreaba el gordo, se iba con el diapasón y se nos terminaba el canto. Por eso siempre había que tratarlo bien.

Yo soñaba con entrar en el Coro Nacional, nunca quise otra cosa. Pero parece que cantar no era lo mío. No sé si me faltaron cuerdas o convicción, pero en todos los coros grandes en que audité no pasé de los ensayos.

El que sí llegó a cantar en el Nacional —y concursar en un Internacional— fue Miguelito, mi amigo del alma. Igual, es como si hubiera sido yo el que estaba en las gradas, porque con Miguelito siempre fuimos como hermanos, somos una sola cosa. Yo mismo lo acompañé a probarse en el Exaudi, cuando aquel tipo que no me acuerdo cómo se llamaba lo escuchó en un concierto a beneficio, y le puso el ojo. Después fue subir y subir. Todo el país gritaba su nombre. Increíble, Miguelito. Todavía me acuerdo cuando le ganamos la final a los Finlandeses. ¡Qué Sibelius ni Sibelius!: le desenfundamos un Ginastera que se quedaron de una pieza. Y Miguelito hizo el solo, ¡quién lo iba a parar!
Ahora han pasado muchos años, claro. Somos veteranos. Miguelito se puso un conservatorio y ahí prepara el semillero de la Dante.

Yo, como siempre: oficina toda la semana y el domingo al Teatro, con los muchachos. Y si no podemos ir, nos juntamos en casa con el de 29 pulgadas y pedimos suyi y mineral de la buena; natural, para que no irrite.

Esto es la vida. Yo no puedo entender a esos maricones que no les gusta el coro, y prefieren quedarse toda la tarde mirando un partido de fútbol o las carreras de Chevrolet y de Ford. Pero, como decía mi viejo —y esto sí, bien de sabiduría popular—, sobre gustos no hay nada escrito.

 

 
 
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