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miércoles 20 de septiembre de 2017 
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 REFLEXIONES DE UN NARIZOTAS EN CHINA

 

 


Por: Alberto Martos Rubio*


Imagen superior: En la ciudad de Jiayuguan, grupo de estudiantes con sus telescopios montados en motocicletas invitan a los transeúntes a observar. (Imagen cortesía de Jaime Zamorano).

La impresión general que me ha causado China es buena y mejor aún la de su gente. Se trata de un país en estado de crecimiento económico desbordado, que da lugar a muchas desigualdades, sobre todo por su tremenda extensión. Se da la curiosísima paradoja de ver un país gobernado por un régimen comunista, que se ha lanzado de cabeza al consumismo capitalista. He visto en Beijing (Pekín) almacenes de informática que nada tienen que envidiar a los que pueda haber en Occidente, incluyendo los mismos EE. UU. Y cadenas comerciales francesas que venden exactamente lo mismo y al mismo precio que en España. Y sin embargo los salarios son muy inferiores. Pero claro, existen otros comercios con menos oferta y calidad, en los que se ven artículos muy baratos. Por ejemplo, pude comprar un reloj japonés analógico y digital (ideal para cronometrar los contactos del eclipse) que marcaba 10 € (15 $) por ¡4 € (6 $)! Y se puede comer (siempre que uno aguante el picante) por ¡1,5 o 2 €!

Pero los chinos son lo mejor. No se me olvidará la gentileza de un grupo de estudiantes con quienes tropecé en una plaza de la ciudad de Jiayuguan (en la Mongolia Interior, o sea una región autónoma de China que hace frontera con Mongolia exterior). Se las habían apañado para montar tres telescopios (uno de 50 cm de diámetro) ¡sobre motocicletas!, con los que apuntaban a Júpiter e invitaban a todos los transeúntes a mirar por los oculares. Yo me había separado del grupo de españoles y estaba contemplando una pancarta en la que se exponían motivos del programa espacial chino, principalmente del vehículo lunar Chang-e, cuando se me acercó una chiquita de unos 18 años, con muchas ganas de practicar sus conocimientos del idioma inglés. Pero era muy difícil entendernos, probablemente porque, como pasa en España, la mayoría de los profesores no son nativos, sino del país y la pronunciación es irreconocible. Así, la mitad con señas y la otra mitad con palabras, nos presentamos el uno al otro como aficionados a la astronomía. ¡Qué placer, dar con personas afines en un país tan lejano!

-¿De dónde vienes?
- De España, ¿sabes dónde está España?
- Sí, en Europa.
- Eso es, más al Oeste de Rusia, de Polonia, de Francia ...
- Sí, y separada de África por el estrecho de Gibraltar.
- ¡Magnífico!

Con el alborozo de habernos entendido, se acercaron otros estudiantes (principalmente chicas) y pronto me vi rodeado de una veintena de chinitas amabilísimas que trataban de poner su granito de arena en la conversación. Entre todas me llevaron a otra pancarta donde se mostraban datos del eclipse que ocurriría seis días más tarde y me preguntaron si pensaba observarlo. Cuando les dije que sí, celebraron entre ellas un pequeño conciliábulo en chino, como resultado del cual mi primera interlocutora se acercó con ojos brillantes y me dijo

-Te invitamos a que vengas a nuestro colegio a observar el eclipse con nosotros.

¿Qué contestar a tamaña muestra de hospitalidad con el extranjero a quien creían solitario en su país? Empleando mis más corteses ademanes les expliqué que no estaba solo, sino que pertenecía a un grupo de 84 españoles que había venido conmigo a la observación. Cuando la chinita más locuaz tradujo mi respuesta al grupo de estudiantes, cada vez más interesados en la conversación astronómica, volvieron a celebrar otro conciliábulo en el que se intercambiaban estentóreas opiniones cuyo significado no me podía imaginar en aquel momento. Pero enseguida lo averigüe cuando mi interlocutora se dirigió a mí con una sonrisa verdaderamente encantadora y me dijo:

-Pues os invitamos a ti y a los otros españoles a que vengáis a nuestro colegio a observarlo con nosotros.

¿Qué hacer ante tan nueva muestra de hospitalidad? ¿Qué decirle a aquellas maravillosas criaturas? ¿Podría yo ser tan descortés como para decirles que desde Jiayuguan el eclipse no sería total, que había que ir más al Norte y que por esa causa rechazaba su gentil ofrecimiento? ¿Es que no valía nada la amistad internacional e intergeneracional que acabábamos de trabar, saltando por encima de todos los obstáculos lingüísticos y culturales? Con un nudo en la garganta me excusé alegando que traía una invitación del Gobierno chino para observar el eclipse desde Yiwu, donde se nos estaba esperando. Y realmente era así. La tarjeta de inmigración precisaba dónde estaríamos cada día de nuestra estancia en suelo chino y esta documentación en poder de las autoridades hubiera hecho imposible cualquier alteración.

Finalmente pasamos a hablar de las gafas necesarias para la observación del Sol. Me enseñaron unas curiosas gafas con montura de concha, que les había facilitado la dirección del colegio. Pero esas gafas ... ¿a ver ...? Sí, eran adecuadas. Al mirar a las potentes farolas de la plaza no se veía absolutamente nada. Las autoridades sabían lo que hacían.

Imagen superior: Foto de la pancarta con motivos del programa espacial chino que acompañaba a los jóvenes que invitaban a observar por los telescopios. Para ver la imagen de mayor tamaño, cliquear en la misma: (Foto Alberto Martos Rubio).

Algún tiempo después me di cuenta de que el resto de mis compañeros habían seguido su camino sin reparar en que me dejaban atrás. Como no estaba seguro del camino de vuelta, le enseñé a mi nueva amiga una tarjeta del hotel (el hotel se llamaba Chang Cheng, que significa "La Gran Muralla") y le pedí que me indicara la dirección para regresar, pero ellas no conocían la situación de los hoteles de su ciudad, porque no la necesitaban. En esto, una dama que había permanecido callada todo el tiempo, intervino en la conversación con un inglés excelente y me dijo:

-Yo sé donde está ese hotel. Yo te llevaré allí.

Era una profesora de inglés del colegio, que probablemente velaba por el bienestar de aquellas encantadoras chiquillas, de quienes me separé pensando que hubiera sido muy bonito habernos visto todos en el campo de observación de Yiwu, contemplando el más sorprendente y sobrecogedor fenómeno de la naturaleza.

Y esto no es todo, antes de que se hiciera de noche tuvimos ocasión de presenciar un baile popular que realizaban las señoras mayores de la ciudad. Cuando nos incorporamos al corro de espectadores, algunas bailarinas se acercaron con curiosidad a nosotros (Jiayuguan no es una ciudad turística y es raro ver extranjeros de otra raza) y sacaron a bailar a quienes les pareció. Entre ellas, a una señora de 84 años que viajaba con nosotros, nuestra admirada e indesanimable Pilar (ver foto), quien no rechazó incorporarse a la danza.


Imagen superior: Confraternización entre etnias durante baile popular en las calles de Jiayuguan, momento en que la señora Pilar es invitada a integrarse al mismo por las señoras mayores danzantes. Para ver la imagen de mayor tamaño cliquear en la misma (Imagen Alberto Martos Rubio).

Luego hicimos amistad con los niños, para quienes éramos unos "narizotas" (para nosotros los chinos son chatos y para ellos nosotros somos narizotas). Como se puede ver en la segunda foto, son niños de raza mongola, no chinos mandarines, pero tanto ellos como sus padres, nos miraban con amabilidad y cortesía reflejada en los gestos de las manos.


Imagen superior: Los niños, con los cuales hicimos amistad, ellos sonrientes nos ven y nos reconocen como "Narizotas". Para ver la imagen de mayor tamaño cliquear en la misma (Imagen Alberto Martos Rubio).

Y ahora, cuando lo recuerdo, me parece una vivencia digna de dar a conocer en exaltación de la amistad natural entre todos los pueblos que abarrotan este planeta azul.

*Alberto Martos Rubio, escritor, trabajó siendo Ingeniero Técnico de la Estación de Seguimiento de Satélites de ESA, en Villafranca (Madrid).
Ha publicado la obra en 6 volúmenes Historia de Las Constelaciones editada por Equipo Sirius S.A. Madrid, España. Une a esto, sus vastos conocimientos astronómicos.



 
 
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